Meditaciones sobre la intimidad

Meditaciones sobre la intimidad

Mi soledad, la sencilla gloria del silencio que ocupa una habitación cualquiera, donde estoy yo y nadie más, donde permanezco quieta. Allí, sin siquiera buscarme, me doy cuenta de lo difícil que es cerrar los ojos y evitar este íntimo encuentro. Luego paso mis manos por mi piel y ella habla sola. Siento como se eriza ante recuerdos, así como mi pulso marcha incesante bajo el manto de mi cuerpo. Soy yo “aquella”, nadie más, y es en este espacio anónimo donde me define la soledad.

Son personas profundas aquellas que se han acostumbrado a aceptar estos momentos donde el ego desaparece y somos libres de escucharnos, observarnos, actuar en la quietud del anonimato y encontrarnos con una imagen ajena a la persona que conocemos y que cargamos como si fuese nuestro propio nombre, pues este siempre termina siendo amalgama de adjetivos y categorías que facilitan la definición: soy mujer, soy lesbiana, soy soltera, soy bogotana. Cuando me presento ante cualquiera entrego mis adjetivos y dejo que ellos hablen por mí. Soy mujer, y en esa palabra se encierran mil otras: soy pasiva, soy delicada, soy romántica, soy débil. Soy bogotana y ahí están mis costumbres, mis gustos, mi cultura y mi mal genio. En mi sexualidad hay quienes ven promiscuidad, masculinidad, subversión y anomalía. Cargo con mis adjetivos, uno sobre otro, cuando converso, cuando me expreso y, en cualquier momento del día, cuando interactúo de cualquier manera con cualquier persona.

Sin embargo, hay momentos en los que he quedado completamente sola y es ahí cuando tengo que buscarme en compañía, entonces he podido entender el peso de amalgama con el que cargo. En la vida pública soy ese grupo de adjetivos porque se me compara como un objeto contra el medio. Cuando estoy sola no hay un medio y no soy objeto.  Es allí donde veo lo difícil que es definirme.

Puedo describir, entonces, tres maneras que he tenido para encontrarme: la primera es cuando nuestro cuerpo habla y estamos a merced de su voz. La intimidad física nos da cuenta de nuestros propios límites, de nuestra existencia corporal.

Dejando de lado la idea errada de que somos una dualidad en constante lucha entre alma y cuerpo, podríamos entretener la idea de que somos la complicidad de muchas cosas que nos arman y desarman todo el tiempo, entre ellas, un cuerpo que siente y que nos enseña constantemente sobre quienes somos en realidad. Él nos habla sobre cosas que nos duelen, sobre cosas que nos dan placer. En él están siempre las primeras respuestas sobre todas las preguntas y temblamos ante las ideas. Nuestra piel se eriza, nuestras manos sudan, nuestras pupilas se dilatan. El profundo vacío que sentimos en el estómago, el calor de nuestras orejas, allí se esconden las respuestas de las preguntas que quizá ni siquiera se nos ocurre formular. Es grata, dulce-amarga y profundamente desconcertante la sorpresa que sentimos a veces cuando nos damos cuenta de que nuestro cuerpo, incapaz de decir mentiras, nos delata por completo.

En segundo lugar, está la intimidad que he sentido en el anonimato más corriente. Cuando me siento a tomar un café, por ejemplo. Apago mi celular, levanto la mirada y entiendo, aunque sea solo por un momento, que soy un objeto completamente olvidado en el espacio, y que de mí nadie espera, nadie busca, soy una mujer sin rostro. Allí estoy sola; entonces, me encuentro. Cuando me levanto en una ciudad extraña, cuando camino sola por mi casa en la mitad de la noche o apenas en la madrugada y ni siquiera las luces más débiles de la calle pueden definir mi forma o las intenciones que tengo. No tengo ninguna, y eso me gusta, porque entonces estoy en compañía de mí misma. En esos momentos es cuando puedo entablar una conversación tranquila, muda y, así, especular con la persona que tan poco he llegado a conocer en los 21 años que llevo viviendo con ella. Me doy cuenta, de lo mucho o poco que me siento a gusto con su presencia. Encuentro paciencia, sus gustos, sus complejos y hasta quizá pueda enamorarme de ella o la vea insoportable por ese cuarto de hora. Quizás incluso intente evitarla cuando me sienta sola, porque se nos hace terrible y difícil afrontar la idea de que no sabemos bien quiénes somos en realidad.

Por último, hay un tipo de intimidad que me causa un placer culposo, al igual que a otras personas, lo sé.

Un placer casi voyerista, gestor de varias corrientes de expresión en el arte contemporáneo; me explico: si vemos la historia del arte desde la comunicación, podríamos darnos cuenta que desde el romanticismo occidental hemos buscado tener conversaciones mucho más cercanas con nosotros mismos. Comenzamos a describirnos como colectivo y luego en sociedad. Pasó la revolución francesa -los derechos humanos- y comenzamos a hablar a los otros sobre nuestras experiencias y lo entretenida que es la condición humana. Luego del postmodernismo -acribillando sin remedio la verdadera historia del arte- puedo contar con cierto grado de seguridad que hemos llegado al momento en el que no le hablamos a los demás sobre nuestra condición, sobre nuestras emociones íntimas y pensamientos individuales, sino que nos hablamos a nosotros mismos. Hay una rama creciente del arte que sostiene conversaciones contra un espejo y nosotros disfrutamos cada vez más el voyerismo de verlos hablarse en intimidad.

En ese diálogo, en esa charla frente al espejo, están las verdades que no vemos. Están nuestros miedos y la culpa que no sentimos. Están las ganas y el amor que guardamos de nosotros mismos y la oportunidad de conocer a la persona en la que vivimos. Quizá allí encontremos todo.

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sobre el autor

Manuela E. Aguirre

Bogotá - 1997. Compositora y escritora colombiana, veintiún años. Rola de nacimiento, escribe cuentos y poemas cuando se aburre de cantar. Publicó su primer cuento en la cuarta edición de ciencia ficción Mirabilia, y desde entonces se dedica a la crítica musical, la columna y la reseña. Actualmente termina sus estudios musicales y literarios en la Pontificia Universidad Javeriana.

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