Giraud (Cartas a través del Tiempo II)

Giraud (Cartas a través del Tiempo II)

París, Los primeros copos de nieve del invierno de 1791.

Jean-Michel Giraud, un extraño individuo aunque aceptado por la burguesía dada su gran fortuna, está sentado frente a su gran mesa de madera observando una carta.

En la sala de su casa bebe vino y mira al infinito, como cuando los globos oculares entran en coma o se voltean hacia el cerebro sin hacerlo, adivinando futuros e invocando pasados. Frente a él existe un plato de carne de ternera que lleva días.

Un reloj de pared cuyo cuadro forma en la parte superior la imagen de una gárgola.

Suda un poco. Es un hombre grande y fuerte, aunque delgado y de temible rostro; un rostro que refleja sueños que no viajan de boca en boca, horrores de palabra en palabra; sueños acerca de rastros de vidas arrebatadas y miedo en muchas pupilas dilatadas. M. Giraud fue aquello que se imprimió en la córnea aterrada de muchos durante muchas miradas perdidas o altaneras, sin discriminación, justo antes de que respiraran por última vez y no abandonaran nunca este mundo.

Ahora cuesta trabajo describir lo que se gesta en sus infiernos: una sucia podredumbre como la luz tenue de un amanecer que sube desde sus piernas hacia su esófago, acelerando su atestado corazón y llegando al cerebro en forma de su cabeza rodando por un puentecillo de madera hasta caer en una cesta.

Una multitud aclama, grita, aplaude y baila por largos instantes.

Sabe que nunca debió aceptar esos terrenos en Alsacia.

Grandes charcos de vísceras y ríos de sangre empañan su memoria; el terror en los ojos claros de un joven de Normandía antes de que él mismo jale del gatillo con el cañón en su boca con su propia mano, obligado por ‘La Bestia’ por supuesto, nombre que se le dio tras sus siniestras aventuras escondidas tras el velo de una justificada revolución que cambiaría sin saberlo al mundo. Y es que si alguien se pone un cañón en la boca y jala del gatillo voluntariamente, está sin lugar a dudas motivado por el temor de la clase de muerte que recibirá de no hacerlo: la muerte dada por La Bestia.

La Bestia, un extraño individuo aunque aceptado por la burguesía dada su gran fortuna está sentado frente a su gran mesa de madera observando una carta, esta vez abierta y con una gota de vino en ella; como un libro leído. No se puede confiar en algo escrito que esté limpio; una carta, un libro, un boletín, debe estar sucio y arrugado, de lo contrario nunca ha sido leído y tal vez no sea humano, y La Bestia lo sabe:

“Cher M. Giraud:
Usted ha sido una parte imprescindible en la destrucción reconstrucción de un sistema que ha estado a punto de asesinar por completo a nuestra madre patria; un pilar que definitivamente, sobre las cabezas de las cobardes dagas burguesas sostendrá la nueva Francia, una Francia para todos y no para unos pocos. Lamento no informarle en persona que su pilar deberá ser escondido, y si bien como filósofo la verdad es el mejor lugar para esconderse, usted será una mentira que contará la verdad. Hemos interceptado la carta que ha enviado a la nobleza aceptando ser un pequeño emperador de Alsacia a cambio de lo que sabe de nosotros, y tras muchas lunas y muchas lluvias hemos decidido tomar esto como una traición. Al igual que Jean Chastelle y el supuesto monstruo que azotó Gévaudan, al igual que el mismo Jesucristo quien supuestamente bajo de su cruz y perdonó todos nuestros pecados, usted tendrá su estatua y su gloria…
Sólo que dicha gloria la verá por unos segundos desde una cesta.
Cordialement, Denis Diderot.
Vive La France! Vive la liberté!

Una vez que la consciencia se da cuenta de que ha llegado el final definitivo, aquel sin salida de ningún tipo: esa vertiginosa calle cerrada que existe y que aferradamente el hombre trata de disfrazar montando en escena la existencia de un Dios, sólo aquí brota la verdadera muerte, aquella que nace en vida, aquella que La Bestia vierte como vino en la copa que es su corazón siempre vacío.

A Giraud le gustan los lujos, no sólo aquellos que trae la fortuna, los lujos que trae la guerra: la crueldad, la muerte, el olor a pólvora, el caos; la mirada de terror de una víctima, la sangre, el poder.

Con poder puedes hacer la sangre correr…

Giraud había accedido a apoyar la revolución y por eso había escrito una extensa carta al gran Diderot:

“Cher M. Diderot:

Gran filósofo y supuesto burgués ilustrado, usted se encuentra en la estratósfera de la revolución y el cambio; en una infructífera cúpula, y yo, en cambio, pertenezco a las tinieblas dei mismo. Ambos sabemos que no hay civilización limpia y a la larga poderosa y pacífica que no surja de la sangre que derraman las ideas. Las grandes ideas de cambio derraman tanta sangre como la pluma que usamos ambos para escribir nuestras cartas en este infame y pequeño epistolario, y aunque la tinta no es la misma, el tintero sí lo es,

Usted, desde su pupitre con la tinta de la revolución, necesitaba hacerse cargo de alguien que usara la misma tinta que usted; alguien que se hiciera cargo del trabajo sucio que los filósofos y supuestos hombres ilustrados nunca harían; alguien que pudiera cometer tachaduras imborrables y ambos sabemos que aquel trabajo de todos modos era necesario para su causa: hacer la sangre correr y con eso lograr el asesinato de Dios y sustituirlo con el estado de derecho.

La pluma no es en realidad más poderosa que la espada, no en una revolución…

Cordialement,

Jean-Michel Giraud.

Vive La France! Vive la liberté!

Vive chez moa!”

Para todos aquellos que entendemos las sutilezas más profundas del alma humana y sus infiernos, es fácil de entender por qué la guillotina fue creada por un médico y a su vez, un gran artista.

Alsacia es un lugar de clima templado y abundante belleza al sudeste de Francia, colinda con Suiza y Alemania. Hermosos paisajes, muchas flores, campesinos brutos y doncellas ebrias en las tabernas, pero sobre todo PODER; el poder de ser el dueño de las noches de esos prados; su propio infierno para ser él, por sí mismo, el horror y la peste.

La Bestia tuvo sueños, de esos que no viajan de boca en boca. Una Alsacia bañada en peste, rabia y sangre. No, no es el dinero, no es el poder por el poder, eso es lo que desean Diderot y sus secuaces bajo el disfraz de “libertad para el pueblo”, cosa imposible… Ingenuos o malvados, saben perfectamente que tal cosa como la libertad del pueblo terminará siempre en una estúpida guerra de pasteles.

El Rey le ofrecía Alsacia como trato si traicionaba a los revolucionarios y prestaba sus especiales servicios a la nobleza burguesa, le ofreció aquellos lugares que nunca llegaría a ver.

Así, La bestia escribió aquella carta al Rey donde se comprometía a decirle todo aquello que sabía sobre la revolución, ya que no se contuvo ante dicha oferta. Llegó sigiloso, hurtó y se vendió al mejor postor, como una rata en tiempos de peste…

La carta para el Rey fue interceptada por los espías de Diderot. Fue inspeccionada para comprobar que había sido Giraud su autor. Fue comprobado. Se guardó en un cofre pequeño de caoba junto a una botella de vino de buena cosecha. El cofre se envió de vuelta al lugar del que la carta había sido enviada.

Ahora La Bestia estaba sentada frente a su gran mesa de madera observando una carta.

En la sala de su casa bebe vino y mira al infinito, como cuando los globos oculares entran en coma o se voltean hacia el cerebro sin hacerlo, adivinando futuros e invocando pasados. Frente a él existe un plato de carne y verduras que llevan días. Un reloj de pared cuyo cuadro forma en la parte superior la imagen de una gárgola.

Giraud había llegado a aquel lugar sin salida de ningún tipo, esa vertiginosa calle cerrada que existe y en la que él sabe que no hay ningún Dios; esa calle donde brota la verdadera muerte, aquella que nace en vida, aquella que el burgués vierte como vino en la copa que es su corazón siempre vacío. Observa la gárgola en la pared, y como bajo su horrenda figura la manecilla se mueve arrastrando el tiempo sin piedad; él sabe lo que es arrastrar a alguien sin piedad.

Debajo de su mesa anda una rata, portadora de la rabia y la peste, atraída por el olor de la carne en el platillo ya frío por días en la mesa.

¡Vive la France!

Los vampiros, en la tradición original balcánica, no se relacionan con los murciélagos como lo escribió algún irlandés chiflado en una novela romántica muy posterior a esta historia, sino con las ratas.

Llegan sigilosas, hurtan y dejan la peste y la rabia tras de sí.

Giraud la descubre bajo sus pies. Inclinándose y asomándose debajo del mantel y con un rápido y sutil movimiento del brazo, la atrapa con la mano derecha, la observa a los ojos y la aprieta hasta asfixiarla mientras la lleva a la altura de su copa, toma su cuchillo de guerra, regalo mismo de Dideroa, la decapita y vacía su sangre en ella mezclándola con el vino.

Los vampiros, en la tradición original balcánica, no se relacionan con los murciélagos como lo escribió algún irlandés chiflado en una novela romántica muy posterior a esta historia, sino con las ratas.

Llegan sigilosas, hurtan y dejan la peste y la rabia tras de sí.

La muerte en el vacío, como sucede con nuestras vidas en el tiempo, se ha mezclado con el vino a lo largo de toda la historia.

Es curioso, pero el hombre y la rata convivieron en paz hasta que el primero se hizo consciente de que la segunda había traído la peste bubónica a Europa. La peste exterminó a prácticamente todo el continente y paralizó cualquier insinuación de ignorante y soberbia acción humana.

El hombre y la rata habitaban un solo viejo y decadente mundo conviviendo como lo hacemos ahora con las palomas en un parque, las cuales defecan sobre nosotros lo que les damos, como nosotros defecamos sobre otros o que nos dan.

La gloria y la eternidad no son más que una estatua defecada por una paloma.

La rata y el hombre dominaban el Viejo Mundo juntos aunque sin alianza, sólo un par de siglos antes de que la cabeza de Jean-Michel por un puentecillo de madera hasta caer en una cesta mirando por unos segundos a una multitud inocente aclamando, gritando, aplaudiendo y bailado por largos instantes.

Nota: Actualmente se calcula que por cada chica bella que recorre los Champs-Élysées en París, hay diez ratas en el subsuelo, muchas fumando un cigarrillo.

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sobre el autor

Xavier Bankimaro

Periodista, escritor y filósofo, y poeta.

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