Capítulo 7
Explorar por cuenta propia los bosques de Ridley me otorgaba efectos más educativos que cualquiera de las clases que tomara al interior de algún aula.
La botánica, la ética y la lógica -en su extensa y variopinta geografía- se desplegaban a mis ojos sin pasar tergiversadas por ningún intermediario.
Así fue como aprendí a reconocer a cada uno de los muchos pobladores de aquellos parajes, llegando incluso a comprender el vasto idioma de sus trinos y sus ruidos o el mensaje silencioso de sus formas, sus olores, sus colores y sus huellas.
Tendido un día sobre la hierba, mientras Foster dormitaba y el dorado de su pelo centelleaba a la caída de la tarde, comprendí que en el mensaje transmitido por los árboles, que daban protección a aquel instante de reposo, se ocultaba una regla de vida que hice mía desde ese ocaso.
Mantente erguido sin que importe el estado del suelo que pisas, sin embrago, sé flexible a cada instante; domina el arte de saber doblar tus ramas cuando el viento te supere. Sobre todo, no te quiebres, para hacerlo busca apoyo en tus raíces. Solamente lograrás tocar al cielo si no olvidas cuáles son los fundamentos que sujetan tus pies. Sería un error querer crecer si sólo miras hacia arriba, procura siempre engrandecer a tus cimientos, así podrás ser un hogar para aquellos que busquen hallar un abrigo en tu sombra; y lo más importante, no te ocupes por saber a quién destinas ni tus frutos ni tus flores, solamente las ramas desnudas consumen su tiempo en reservar su florecer. Germina siempre que la vida te demande germinar, florece cada que la vida te demande florecer y deja al tiempo y al espacio que decidan lo que ocurra cuando esparzan con el viento tus semillas.
Sé que tal vez aquellas voces no eran ciertas, pero al alma de un muchacho solitario resultaba placentero imaginar que aquellos troncos y follajes mecidos al viento articulaban las palabras que sus padres intentaban transmitir al reducirlo a deslizar un lapicero sobre una hoja de papel o practicar alguna vieja partitura para cello.