Lavandera. Ilustración de Adriana Hernández (Colombia).

Quiero comenzar con un relato que plasmó Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, porque me pasó lo que a Diego cuando vio la mar:

“Diego no conocía la mar. El padre, Santiago Kovadloff, lo llevó a descubrirla.

Viajaron al sur. 

Ella, la mar, estaba más allá de los altos médanos, esperando. 

Cuando el niño y su padre alcanzaron por fin aquellas cumbres de arena, después de mucho caminar, la mar estalló ante sus ojos. Y fue tanta la inmensidad de la mar, y tanto su fulgor, que el niño quedó mudo de hermosura. 

Y cuando por fin consiguió hablar, temblando, tartamudeando, pidió a su padre:

—¡Ayúdame a mirar!”. 

Yo también dije “¡ayúdame a mirar!” cuando vi a la ciénaga de Zapayán, pero no a mi padre, se lo dije al Magdalena.

Desde muy temprano las mujeres de Bomba, corregimiento del municipio colombiano Pedraza (Magdalena), se van a lavar a la ciénaga de Zapayán, llevan una ponchera de ropa sobre la cabeza y la sostienen con magistral equilibrio.

Cuando llegan a la orilla no comprueban si el agua está fría: se quitan las chancletas, sumergen los pies sin pensarlo dos veces, se dirigen hasta unas piedras planas sostenidas por horquetas y ahí descargan las poncheras. Cada mujer tiene la obligación de cuidar la piedra que le corresponde y de cederles un espacio a las que van llegando.

Antes de mojar la ropa, presionan con los manducos las barras de jabón Oro hasta convertirlas en capas delgadas y conformar una bola para enjabonarla como se debe.

“A mí me gusta que el jabón ruede por los trapos, eso sí es lavar con sabrosura”, dice Iris Fontalvo, una lavandera robusta y carismática.

Para iniciar la charla, como es costumbre, hay una lavandera que pregunta si ya tomaron café. Algunas lo toman antes de lavar y otras prefieren hacerlo al terminar la jornada, pero no falla. Lo consideran un líquido sagrado:

—Mujeres, ¿ya tomaron café?

—Todavía no hemos visto a Dios —responden en coro las que no han consumido.

Confluyen el cantar de los gallos y el sonido de los manducazos; se encuentra el sol con el olor a jabón. Las historias de las entrañas del hogar pasan a ser jocosas y alentadoras charlas que, con el tiempo, van de boca en boca:

—Volveré a ponerme ropa de color. Dejaré el luto —dice una lavandera.

—Ya está bueno, hace rato que no goza —responde una lavandera al tiempo que enjuaga una blusa de rayas.

—Esa ropa yo no me la estrené en las fiestas de diciembre ni en las fiestas patronales. Para qué estrenar si tenía el corazón triste. Los pies no me daban ni pa’ bailar, pero ahora sí.

—Goce la vida que no se sabe cuándo nos llame el cementerio.

Son como el periódico del pueblo, siempre le conceden un lugar al mañana:

—Ayer se casó Juana.

—¿Cómo va a ser?

—Sí. Juana fue con sus amigas al baile. Yo las vi pasar en la noche: eran cuatro las que iban, pero en la madrugada pasaron tres. Las cuentas estaban malas, faltaba Juana.

—¿Se casó con un forastero o con uno del pueblo?

—Por ahí se dice que fue con uno del pueblo.

—Mañana ya sabremos.

Hay instantes en que las anécdotas reposan y un mutismo invade a las lavanderas, y es cuando darle manducazos a la ropa resulta para ellas una especie de terapia si recuerdan una voz, pensamiento o canción que las atormente o incomode. Cada prenda de vestir que manduquean (apalean) simboliza como lo que se olvida por un rato o lo que se quiere dejar atrás. El manduco (pieza de madera), además de ser clave para despercudir los trapos, viene siendo como un mantra.

“Cuando me quedo en silencio es porque se me viene a la mente hacerles el desayuno a los niños que se van para el colegio y dejar la casa ordenada para irme luego al colegio a vender dulces”, comenta Iris.

“Pienso en conseguir el pescado y el arroz”, manifiesta Melva Medina, quien tiene los brazos tonificados de tanto usar el manduco.

Las lavanderas detienen la faena por un rato al divisar que los pescadores se acercan a la orilla para preguntarles si la pesca estuvo buena o mala y comprar pescado. Rodean a un pescador veterano al que llaman ‘Juve’ y le lanzan una pregunta:

—Ajá, ¿cómo le fue hoy?

—Vine contento —contesta el pescador.

Cuando la jornada estuvo pésima los pescadores responden a dicha pregunta con dos palabras:

—Trajimos cansancio.

La ciénaga de Zapayán es un punto de encuentro para ponerse al día, un escenario construido donde se mira y narra el diario vivir y confluyen todos en paz: los que van a buscar agua para llevarla a casa, los niños que juegan, las garzas vigilantes que se posan en la punta de las canoas, los valerosos pescadores y las lavanderas pujantes.

La gente contempla su reflejo en la ciénaga, y ese reflejo no miente, es como una voz que dice que esa es la realidad: no hay agua potable. Ese mismo reflejo les permite reconocerse como un pueblo que lucha para no olvidarse, por eso conversan entre ellos sobre lo que son, sobre lo cotidiano.

Día tras día las lavanderas hacen de este arduo oficio una tradición de más de 100 años que se alimenta de las historias paridas por la cotidianidad.

Mientras se acomoda su ponchera llena de ropa limpia sobre la cabeza, ya lista para irse a casa, Iris Fontalvo, abrazada por la costumbre, suelta una frase a todo pulmón:

—Ni si me regalan una lavadora dejaré de venir a la ciénaga.

Nos es lavar por lavar, es también contarse historias en el agua que no se borran del cuerpo ni de sus memorias.