He couldn´t believe how easy it was

he put the gun into his face.

Bang!

So much blood for such

a tiny little hole

Trent Reznor

Jimmy está especialmente contento hoy. Por fin consiguió su arma, una magnífica Magnum calibre 38., y se ha pasado la noche enseñándosela a todos. Además, es su fiesta de cumpleaños. “Qué pedota, qué pedota”, repite Marta muerta de risa a las 4 de la mañana cuando ya casi todos se han largado dejando un desorden de guerra por toda la casa y un asqueroso olor a vómito en el baño. Ya no hay cocaína, ya no hay vodka ni refresco, sólo quedamos Marta -la dueña de la casa-, el festejado, Mauricio, yo y una pareja de güeyes que nadie conoce y quién sabe desde a qué hora estaban en el cuarto de la hermana de Marta.

Al descubrirlos, Jimmy los amenaza con la pistola y los obliga a salir inmediatamente, casi encuerados, hasta la calle. “Cabrones abusivos, que se paguen un hotel” dice cuando regresa, cagado de la risa, y se tumba en un sofá. Mauricio, como siempre a esta hora, ya no sabe cómo se llama ni en qué planeta está. Aunque Jimmy ha llegado a meterse hasta siete gramos en una sola noche, casi no bebe y como su corazón ya está corriendo a mil por hora, no le importaría esperar al sol escuchando a los The Uncle Acid and the Deadbeats. Sin embargo, Marta y yo necesitamos beber para mantener todo en orden.

Como podemos, subimos a Mauricio al coche y nos lanzamos a un Oxxo que vende alcohol las 24 horas. Antes pasamos a la casa del Alemán a comprar un par de gramitos más y ahí mismo aspiramos dos líneas cada quien. Cuando llegamos a la tienda son casi las cinco. Un cajero somnoliento responde con gruñidos a nuestras peticiones y avienta groseramente sobre el mostrador la mercancía que le requerimos. Seguramente nos odia porque nosotros nos estamos divirtiendo a esas horas mientras él se mata trabajando por un sueldo miserable. Ese tipo realmente me encabrona. De pronto, Marta, que no ha parado de reír, le dice: “Esto es un asalto, arriba las manos”, mientras le apunta al estómago con dos pistolas imaginarias que ha formado, como en un juego de sombras, con sus dedos. El tipo la mira con un rencor que ha estado en sus genes desde hace siglos. “No se asusta, dispárale”, le digo. Marta dice “Bang” y se echa a reír con más fuerza. El otro empleado, un chico más o menos de nuestra edad, quien no ha dejado de mirar codiciosamente la argolla que adorna su ombligo, nos arroja a los pies una sustancia gris y puerca y comienza a trapear desconsideradamente a unos centímetros de nosotros. “¿Qué le pasa a este güey? me mojó las botas”, pregunta Jimmy en voz alta. El cajero me mira retadoramente y después de devolverme el cambio me espeta en la cara: “pinches escuincles putos”. Mecánicamente le contesto: “¿qué dijiste pendejo?” y mirando a Jimmy le ordeno: “mátalo”.

Como si hubiera estado esperando mi señal toda la vida, saca de su chamarra la pistola y sin el menor rasgo de piedad le dispara en el rostro. La detonación hace un ruido terrible; el fogonazo azul y rojo corta el aire con una belleza extrañamente serena. El cerebro del hombre se traslada, fragmentado en un millón de piezas, a un anaquel de cacahuates y papas fritas que tenía detrás. Su cuerpo, como un títere al que le han cortado los hilos, cae grotescamente, con un hoyo en vez de cara, sobre la repisa de los vinos. Marta ríe frenéticamente.

Sin inmutarse, Jimmy toma las botellas y los cigarros y sale de la tienda jalándola del brazo. Lo único que se me ocurre es amenazar al güey de la limpieza: “Nunca nos has visto, hijo de tu puta madre”, le digo. Ya en el auto, hago sonar un disco de los Royal Blood y enfilo por la carretera abandonada hacia la presa. En un paraje solitario me detengo y le grito sin enojo “no te lo dije en serio, pendejo, ¿qué estás pinche loco?” Jimmy tiene recostado en sus piernas a Mauricio y fuma con deleite un cigarro mezclado con coca. Me responde alzando los hombros. A mi lado, la risa de Marta se ha transformado en un llanto histérico, lleno de gritos y convulsiones. “Pinches viejas -dice Jimmy mientras prepara otro cigarro- por eso me cagan”. Tengo que darle dos bofetadas para que se calme. Ya tranquila, le paso el cigarro y yo fumo también. Sirvo tres tragos y bebemos. Ella me pregunta “¿qué vamos a hacer?” “Nada. -le contesto- en este país ningún crimen se investiga”. “Pero las cámaras…”, insiste débilmente. “Güey, en ese Oxxo no funcionan ni las cajas, ¿crees que iban a servir las putas cámaras? Si hubiera sido un rico tendríamos de qué preocuparnos, pero ¿por alguien así? Olvídalo…”

Como a las seis y media todavía no ha amanecido. Marta duerme tranquilamente. Mauricio abre los ojos y dice “oigan güeyes, ya llévenme a mi casa, ¿no?” Jimmy me mira con sus ojos tiernos y me pregunta si puedo poner a los Chemical Brothers. En las manos tiene una pistola y aunque ahora huele demasiado a pólvora, su metal plateado brilla con hermosura bajo la luz pardusca de una luna agonizante.