Si en algún momento de la vida he cambiado uno de mis sentidos por otro, es decir, sentir la vista, oír la textura. La confusión que engañó a mi cerebro fue hace veintitantos, tirado en el suelo, con ocho de edad, haciendo aventura de tragedia la existencia de mis juguetes. Calor monclovense bajo mi cuerpo tirado en calzones. De pronto, como salido de la tierra, el cosquilleo en uno de mis costados. Mi mente manifiesta que siento una pluma. ¿De dónde? No hubo de otra, porque si hubiera ignorado, usted no estuviera en esto. Me enderecé. Dejé de sentir y fue al momento que volteé y un ciempiés caminando en sentido contrario al mío. Uno monclovense. Le faltaron botas y sombrero porque era gordo, rojo, anaranjado, amarillo, opaco, con los extremos negros. Entonces vuelve el cosquilleo y una ñañara siempre me recorrerá el cuerpo para hacerme sentir unas cuarenta patas de ciempiés en un costado. El miriápodo de la metafísica porque nunca lo vi encima de mí, más verlo huir me hace recordar cómo se siente cuando te toca. No sé lo qué sería de mí si le hubiera sentido todas las patas; mito del abuelo en chanclas que pisó a uno y la parte no apachurrada se le encajó; el abrazo de la muerte, dijo, y enseñaba una cicatriz de como si trajera una parte del animal petrificada. No habló del abrazo de Octavio paz, refiriéndose a los amigos, sino al del instinto animal. El que a un compa de la secundaria lo llevó a la convalecencia y la libró, pero una mancha se le quedó como un parche de piel sobrepuesto en la mano. Siendo uno morro, no ignoras ¿Qué te pasó? Una viuda negra le picó por andar jugando con unas maderas que estaban en el patio de su casa. Dado de alta, su padre le ofrece un frasco con la araña dentro. Se vengó. La mutiló. Le prendió un encendedor y la apachurró con el tenis, moviéndolo como si apagara un cigarro. Si veo un parche de carne, imagino que hay un piquete tan doloroso que te puede almacenar en el hospital por buen tiempo con principios de que la muerte te de un beso. A la vez, siento que soy la viuda negra en el frasco este mundo; me cortan, me incendian; en cualquier momento me van a apachurrar. No es la primera vez que veo mi muerte a través de la muerte de un insecto. Como un juego en done te vendan los ojos y te dan a palpar viscosidad. Así a mi padre lo fue a visitar un insecto del que nunca supimos su forma ni tamaño, pero lo picaba cada noche siempre donde mismo, por lo que en una parte de la pierna se le formó una monstruosidad. Era raro. A nosotros no nos picaba, siendo que dormíamos todos en la misma cama; mi hermano mis padres y yo. El médico lo mandó con el veterinario quien no supo, pero intuyó el animal es familia de los arácnidos. Lo más seguro es que el insecto volvería, según, hasta dejar sus crías en la pierna. Vomitamos. Después del asco vino la paranoia. Quemamos las almohadas, el colchón. Para evitar la casa en llamas nos mudamos. Ni así papá dejó de sentir que pronto iba a parir bichos por la pierna. Creo, el arácnido vive en nuestra cabeza; metafísica del asco invisible, un día saldrá para tomar forma espeluznante y por fin hará daño.