A Arturo F. Cruz Flores

A Mary del Villar

Tu bajeza me tomó por sorpresa

Andrea Echeverri

Trabajamos en el mismo periódico, él estuvo poco tiempo. Era mi amigo, conocido más bien. Nunca fuimos más allá de unos tragos y una buena charla sobre ética periodística, que en este caso es algo que no existe, que se construye sobre la marcha, pues no hay códigos en este oficio y los que hay son deficientes: una ética a la medida si saben a qué me refiero. De eso hablábamos. Pobre. Supongo que mi nombre salió a relucir después de que lo convencieron de confesar… No, no estoy insinuando nada, agentes, fue un comentario, nada más… Claro, lo tengo en mi oficina, voy por él.

Como su editor, les puedo decir que él fue el más notable de los reporteros de su fuente. Sus fotos, si cabe la definición, eran de buen gusto: sugerían, pero no mostraban. Sus notas tenían cierta vena literaria, más allá de los boletines que le enviaba Seguridad Pública y Procuraduría. Él les daba la vuelta, seleccionaba sus adjetivos, a veces parecían sinopsis de film noir… (¿Dónde, dónde? Aquí está.)

Miren, es éste. Lo encontré en el cajón de su escritorio cuando dejó de presentarse. Como una reportera nueva empezó a cubrir sus fuentes y a ocupar su computadora, pensé en guardarlo y devolvérselo. Supongo que ya no será necesario, que se lo quedarán ustedes.

Por fin una nota mía fue la de ocho columnas, la de ocho. Se siente tan bien. El señor Arturo me felicitó a pesar de salirme un poco de la línea editorial.

Rompecabezas humano

Agnosia, Hgo.- La Procuraduría General del Estado investiga la masacre ocurrida en conocido restaurante en el corredor gastronómico de San Agustín. Hasta el momento no ha sido revelada información oficial acerca de este ajuste de cuentas entre presuntos grupos rivales de narcotraficantes. Servicios Periciales aún tiene pendiente aclarar la naturaleza de los asesinatos, ya que, al momento de reconstruir la escena, las cabezas decapitadas no correspondían con los cuerpos.

Otros, en cambio, se han empeñado en encontrar connotaciones políticas. Entrevistado al respecto tras concluir los trabajos del Congreso del Estado, el diputado local del pan, Juan de Dios Palazuelos, mencionó que la actual administración demuestra nuevamente una incompetencia imposible de ocultar. Desde que asesinaron a Antonio Pérez se volvió evidente que hay grupos de narcos bien instalados en el estado que el Gobierno se ha empeñado en ocultar, aseveró.

Por su parte, el diputado del prd, León Jesús Rivera, fue más lejos al afirmar que: Las medidas tomadas por el Gobierno federal en materia de combate al narcotráfico en los estados del norte han provocado que estos grupos utilicen nuestra Entidad como nuevo dormitorio. Con esto, asegura: parece que acaba la época en que el Gobierno Estatal dejaba operar a los cárteles, principalmente en la sierra Tepehua, la Huasteca y la Altiplanicie, a cambio de una paz relativa en los centros urbanos

Sigue en la página 4…

Al redactarla, recordé los encabezados de los principales periódicos cuando asesinaron al procurador: “Acribillan a Pérez Cano”, “Muere Pérez Cano en atentado”, “Asesinado Antonio Pérez”. La nota trascendió a los medios nacionales.

Es lógico que el gobierno y la sociedad repudien estas demostraciones de violencia y poder. Lo que no es lógico es imaginar que hay sicarios que se toman la molestia de traernos sus cadáveres desde otros estados.

Y El Necronomista sigue siendo el rey: mientras todos los periódicos mostraron fotos de Pérez Cano en diferentes actividades, recordando al funcionario vivo, el periódico con mayor circulación del estado mostró el interior del vehículo donde lo victimaron. Si no publicaron fotos del cuerpo, seguro fue porque José no llegó a tiempo.

Hace unas dos semanas vino por su finiquito, estaba desesperado, irreconocible. Ya vienen por mí, dijo. No lo entendí en ese momento y, como vino muy rápido, olvidé entregársela. Luego se fue y no lo volví a ver. No la abrí por respeto y porque pensé que lo vería pronto: porque la contadora no le dio ni la mitad de lo que le tocaba de su liquidación, por órdenes del director. Pero tras ver en las noticias del canal 26 que su encarcelamiento no tuvo que ver con el reportaje que preparaba sobre el narco en Apan, Almoloya y Agnosia, decidí abrirla.

Era una libreta y no una agenda, como suponía al principio; una especie de diario sin fechas con algunos recortes de sus propias notas y números telefónicos sin nombres. La nota que buscan es la de la teibolera y en la libreta no está. Dejen le digo a Rosita que la busque en el archivo. Pero quizá me adelanto. Tal vez prefieran revisarlo primero, sobre todo si es una prueba definitoria en el caso, como dicen.

Conocí a una muchacha muy linda en el Foxy Lady’s, se llama igual que la pantera de Kypling; dudo que sea su nombre real. Diego me pagó el privado y yo me quedé sin hacerle nada; supongo que por eso le caí bien. Quedamos de salir el martes.

Creo que estoy enamorado. Hoy salimos al parque y pasé uno de los mejores días de mi vida, lejos de los cadáveres, del bullicio, de las pistas y el tubo. Estuvimos tumbados en el pasto, platicando nuestras vidas. A los dos nos ha ido mal. Venimos de familias disfuncionales y hemos tenido que luchar para alcanzar el lugar que tenemos. Ella no sólo baila; entre semana trabaja por las tardes como recepcionista en la Contraloría.

Nos hicimos novios muy rápido. Su condición fue extraña: no decirme su verdadero nombre, «¿Para qué mi nombre si tienes lo que el resto debe comprar?». Me pareció justo. Hoy se la presenté Julio. Aunque lo divertido fue la charla.

Julio sostiene que una característica (no sabía si llamarla virtud o deficiencia) de los textos de opinión, de las noticias en general en los periódicos, es que son completamente perecederos. Gloriosos, impactantes y fugaces. Inútiles, no hacen más que reflejar la condición de “moda”. Y después soltaba frases incompletas: Sabiduría momentánea. Desperdicio de intelecto. Análisis veloz. Desapercibido. «La opinión es un género que no deberíamos ejercer y, sin embargo, henos aquí envueltos por la misma vorágine.» Y mi novia lo miraba con cara de este-tipo-está-loco, mientras esperaba que la llamaran a la pista.

Unos días antes me imprimió un texto crítico para revisarlo. Era un ensayo, una ponencia que preparaba para una mesa de diálogo sobre seguridad pública y medios. Hay una serie de libros editados por el Instituto para la Seguridad y la Democracia acerca de la violencia y los medios de información. Es un proyecto que recibe fondos de la Unión Europea por su enfoque en derechos humanos. A él le encantaba hacerle al cuento con la ética periodística. Tardó muchísimo en afinar los detalles.

Al final mandó su ponencia a uno de los coordinadores y recibió respuesta favorable: iba a participar en el foro y su ensayo aparecería junto a textos de otras luminarias de teoría periodística. Todo un logro para alguien de su edad, pero también para esta empresa: que un reportero de un periódico de provincia esté al nivel de gente que escribe en medios nacionales e internacionales es, hasta cierto punto, un reconocimiento doble, algo que al menos hasta la fecha no se ha concretado. Supongo que en su computadora se quedó el archivo. La copia que yo tenía la aventé por ahí. Se las buscaría, pero tengo un desorden en la oficina. Mejor se las platico.

Odio la sección policiaca. A las cinco de la mañana hubo una carambola en el corredor turístico. Unos juniors borrachos volvían de un antro en Real del Monte; iban en una Hummer, perdieron el control en una curva y se estrellaron contra el muro de contención, impactando a varios vehículos. José me dio el pitazo. Tuve que dejar a mi novia y subir a congelarme. Los de Tránsito, Cruz Roja, todos llegaron a hacer un embotellamiento enorme. Yo mismo tuve que dejar el coche en una de las curvas y caminar un kilómetro cuesta arriba. Los reporteros, como siempre, fuimos los primeros en llegar. Los muchachos estaban todos muertos; la camioneta, intacta, apenas con unos tallones. Ninguno llevaba cinturón. El padre del que conducía, un subsecretario por lo que pude oír, se estaba arreglando con los policías para colocar el cadáver del guarura en el volante, para que en el reporte quedara asentado que su hijo no conducía la camioneta y así no indemnizar a las familias de los otros chamacos.

Del resto de los vehículos sacaban lo mismo heridos que muertos. Mi primera foto fue una panorámica de la carambola. No soportaba el olor de la sangre enfriándose. José, en cambio, aguantaba la respiración y se metía a los vehículos donde aún no sacaban a los muertos; les tomaba las fotos tan cerca, con tanto detalle, que tuve que aguantar las ganas de vomitar.

Las notas de José en El Necronomista son siempre las de ocho. Su sello es característico: moscas. Moscas sobre carne. Siempre busca que al menos una salga a cuadro; aunque las prensas viejas las hacen parecer manchas una vez impresas.

Me ha dicho que haga lo mismo, pero no me atrevo. Prefiero mi discreta sección en las páginas interiores. Espero que me cambien pronto a otra fuente, a Agricultura, a Educación, al dif, la que sea. He escuchado que en Educación hay mejores cheques. Sé que como reportero no debería pensar en esto. Pero con este sueldo…

El ensayito ese era interesante porque disertaba sobre cuestiones propias de la nota roja, pero a nivel ético: el papel de los medios como legitimadores del sistema represor; la prensa chayotera; una crítica a la sobrevaloración de los líderes de opinión, a lo efímero de las noticias, al morbo de los reporteros de nota roja. Chile, mole y manteca.

Había un párrafo donde mencionaba el caso de un chavito traumatizado porque sus compañeros de escuela se ensañaron mostrándole las fotos del cuerpo de su padre, muerto en una carambola; se burlaron en su cara, y el huérfano se volvió retraído y violento. No fue una nota que haya cubierto, sino un caso cercano, del hijo de una amiga suya que también se vio afectada por esas fotos. Él planteaba que éste era un ejemplo de las secuelas que ha dejado la irresponsabilidad de los medios, y cómo esta insensibilidad conjunta empieza a marcar una cicatriz en la sociedad, cada vez más acostumbrada a estos contenidos, por la exposición crónica en televisión y prensa.

Mi novia no quiere que nos juntemos. No toma en serio la relación. Hace unos días que la fui a ver, se tardó en abrirme, estaba con un amigo de su oficina y estuvimos tomando hasta las tres o cuatro de la mañana. Cuando él se fue, ella se durmió inmediatamente y yo me quedé recogiendo botellas y ceniceros. Me quedé dormido en la sala. A eso de las seis se despertó enojada porque yo no estaba con ella en la recámara.

Ayer se enojó de repente y lo usó como pretexto para irse de fiesta. A eso de las siete de la mañana me mandó un mensaje como si nada, diciendo que ya había llegado, que nos viéramos en la tarde. Cuando llegué estaba toda ojerosa, pero parecía de buenas. Hicimos de comer y vimos una película. Ella se quedó dormida a la mitad.

No entiendo por qué no quiere dejar su trabajo. No entiendo por qué dice que no tengo aspiraciones ni por qué, si me odia, coge con tanta devoción. Le conté que mi tía me puede colocar en Comunicación Social de cualquier secretaría, con un buen salario. No necesitaría nada. Si sigo en el periódico es porque me gusta, porque ahí he podido desarrollarme intelectualmente y me publican. Pero no es algo que necesite; si ella quisiera, yo la mantendría sin problema.

Aun así me engaña. Al principio pensé que era sólo parte de su trabajo. Me decía que era coqueta natural y que eso no estaba mal, pero hoy que la esperaba fuera de su casa, la vi llegar con uno de sus clientes.

Más adelante hablaba de otro caso. Lo recuerdo bien porque fue la segunda vez que una nota suya salió en primera plana. Era ocho de marzo, preparábamos una edición dedicada al Día de la Mujer y él llegó del Ministerio Público, entre indignado ante lo que vio y emocionado por que era su gran noticia, y nos dijo que mientras hacía antesala para sacar su cuota de notas sobre averiguaciones previas, una señora llegó llorando porque su esposo la había golpeado. Lo irónico es que la mp que la atendía, también mujer, le dijo al verla que necesitaría llegar “en condiciones más lamentables” para poder demandar a su marido. La víctima se puso como loca y se fue. Él salió tras ella, la entrevistó y nos trajo la nota. Resulta que la señora había sido rechazada sistemáticamente en el Instituto de la Mujer, en el dif y en el mp; la denuncia no procedió por falta de evidencias y la señora a final de cuentas prefirió huir del estado. El tratamiento que le dio a la nota la hacía parecer periodismo narrativo; en serio, aquel fue su mejor trabajo.

Se ven cosas tan raras en esta ciudad. Hoy fue asesinada una muchacha en el mismo motel donde, hace dos años, una mujer parió y ahogó a su recién nacido entre las sábanas. Los mp especulan que fue un crimen pasional. Tenía una abertura en la cabeza, hecha con una de las esquinas del azulejo del baño. Va a ser difícil identificar el cadáver porque el sicario le talló la cara en la pared de concreto, le tumbó los dientes, le arrancó los dedos a mordidas.

No pude escribir mucho sobre lo que pasó. La sangre del cadáver escurría con tanta ligereza; su cabello era un trapeador viejo. La nausea molestaba a mis dedos. Hubiera preferido el boletín de la tarde, aunque ése ya no tiene el aroma de los muertos. No podía escribir nada. Trataba de no pensar en la familia del cadáver que subían a la ambulancia. A lo lejos escuché el aullido de las sirenas. Fue un día perdido.

En la morgue nos tuvieron esperando mucho rato y al final nos fuimos con unas notas de esas que se pierden en la información sangrienta: un muerto a machetazos; dos torturados, sin ojos ni nariz; un asesinado en un semáforo…

Nuestro medio no se caracteriza por publicar nota roja en primera plana, como es el caso de El Necronomista, que por algo es el periódico más vendido en el estado. Nuestra línea editorial es un tanto oficialista: hay notas que a veces no publicamos, por los convenios que tenemos firmados con el gobierno, por la amistad que hay con ciertos jefes de prensa, qué sé yo, por mil motivos. Pero este tipo de información, cuando los delitos son cometidos por personas comunes, no dejamos de publicarla; es una forma de mantener la credibilidad. Evidentemente, la nota del Día de la Mujer se envió a los socios y se publicó en todos los periódicos de nuestro consorcio editorial en el país.

En su ponencia él se refería a estos casos para luego cuestionar el papel de los medios (incluso del nuestro) que actúan con reserva y pasividad cuando las injusticias son cometidas por las instituciones, pero que se comportan como verdugos cuando denuncian a ciudadanos “sin poder”.

Hasta ahí todo parecía bien, una ponencia que se antojaba brillante, pero no; el texto tenía un problema de fondo: era repetitivo. No niego que me sorprendió la primera vez que lo leí: la obra crítica de un genio juvenil, e te ce, pero tras analizar los volúmenes previos publicados por el Instituto para la Seguridad y la Democracia me di cuenta con decepción de que sólo repetía las ideas de los otros articulistas, que utilizaba sus propias anécdotas para divagar en lo que otros ya habían reflexionado con mejores ejemplos. O quizá fue ésa mi percepción: que aparte de su experiencia, que tampoco era amplia, tenía pocas tablas para teorizar sobre la ética del periodismo policiaco.

Le enseñé los avances de mi artículo a Diego, a Julio y a José y creo que es convincente. Dijeron que con la falta de bibliografía especializada mi análisis podría llegar en el momento justo. Sin ser el mejor, serviría para iniciar nuevas discusiones.

Debería sentirme bien por ser de los pocos que discuten el papel de los reporteros de nuestra estirpe. Pero al parecer mentían: Diego dejó su chat abierto y por casualidad leí un comentario de Julio: «Yo sé que no editas su sección, pero, ¿en serio no has leído cómo hace sus notas? Parecen cuentos, y sus crónicas… en serio que son surrealismo puro».

No sé qué pensar. No sé si fue halago o burla. Estuve triste todo el día. Lo peor es que sé que no vale la pena. Mi exnovia no me quiere ver. No ha ido al Foxy Lady’s; y el administrador me dice que la última vez que la vieron estaba conmigo y que además fue hace mucho tiempo. De pronto me viene a la mente Las batallas en el desierto, ese capítulo donde Carlos se enoja porque los psicólogos hablan de él como si fuera un mueble. ¿Dónde habré dejado ese libro?

Me siento mal porque no indagué su verdadero nombre. Ella sigue sin buscarme; seguro ya tiene a otro, alguien que no es como yo, que ni siquiera puedo salir de ese odioso periódico porque el sexenio corre y mis palancas van a caducar.

Hoy la vi caminando en el centro, o creí verla. Le hablé, pero me ignoró. La seguí por la avenida. En una esquina desapareció, así, de repente. O quizá no era ella. O quizá me vio y trató de evitarme. O quizá no me vio. Sí, seguro no quiere lastimarme.

Conocí a la víctima tanto como se puede conocer a una mujer de ese oficio. No recuerdo su nombre, por ejemplo. Yo le decía Black Destroyer, por la referencia a la pantera, ya sabe, de ese cuento de Van Vogt en el que basaron la película de Alien; no recuerdo su nombre, pero sí el merengue que sonaba cuando se quitó el sostén y me rozó la cara con sus pezones. Y todo lo que vino después. Era guapa, de cuerpo espectacular, evidentemente, y tenía esa aura decadente que tienen muchas teiboleras, que se nota más en las ojeras y el tedio en sus ojos; odiaba que la llamaran puta, prefería “bailarina”; sorbía la nariz porque estaba atascada de coca y mostraba una sonrisa ensayada que no coincidía de ningún modo con el resto de su semblante sombrío, como si de pronto floreciera una orquídea en un cenicero.

Aquella ocasión fuimos los tres al bar, fue antes de que su afecto comenzara a torcerse, lo sé porque después de estar platicando mucho rato, él mismo nos pagó el privado.

«Ándale, te la invito», me dijo, y nos metió casi a la fuerza. Él ya tenía tiempo viéndose con ella y supongo que se involucró demasiado, aunque también ella lo provocó: cuando pasaba a la pista le bailaba sin necesidad de que le pusiera billetes en la tanga. Le gustaba mi amigo, pero para ella no pasaba de ser una diversión.

Esa misma noche ella se encerró con un subsecretario que estaba en el bar, mientras los guaruras esperaban afuera. Más tarde se metió con otros tres o cuatro tipos, corrientes, sin clase, pero que la hacían reír bastante. Mientras tanto, él me platicaba lo maravillosa que era ella, como si no se diera cuenta de lo que estaba pasando frente a sus ojos, o peor, como si estuviera consciente y no le importara. Puto enfermo. Si no esperas nada de una persona no te involucras hasta ese grado: no caes en esa idealización patológica.

Hoy encontraron un nuevo núcleo de narcos en Tepeapulco. Aumenta la ola de violencia. Reporteros de El Inquisidor fueron amenazados de muerte, incluso una de las fotógrafas renunció. Creo que es momento de entrar de lleno al periodismo narrativo; si no me vuelvo buen periodista al menos podré hacerme escritor, como dijo Julio.

Después de que capturaron a veinte “halcones” entrando a la ciudad, el jefe de redacción me asignó un reportaje sobre el narco en Apan y Almoloya. «Para que dejes de hacerte el sufrido», dijo. Estuve en los laberintos de terracería pasando la laguna y viendo a la gente que vive en esos lugares. Hay mucha tala de madera ilegal. Cascos de haciendas quemadas durante la Revolución. Y maguey. Mucho maguey sin piel. Pero de los narcos, nada. Es un secreto a voces. Contacté a un doctor rural que hace los chequeos de los sicarios, pero no dijo ni pío. Me invitó a una boda dentro de un mes en una de las haciendas, supongo que iré con él, si lo encuentro.

De regreso a la ciudad, un retén militar me atrasó más de media hora. Agnosia se ha vuelto su dormitorio, su centro de operaciones. El gobierno lo sabe, pero no puede hacer nada, así que lo niega, evita la histeria. Secreto a voces.

¿Por qué, por qué no me aceptó, por qué no quiso vivir conmigo? Voy a su casa y ya ni me abre, no sale. Ya me cansé de esperarla, tengo que enfocarme en otra cosa.

Escribo esto hoy, ayer, anoche… llevo días sin dormir. En el periódico me dicen que necesito ayuda, el señor Arturo ya me dijo que tome un mes, que necesito un psiquiatra. ¿Tan mal me veo? El espejo me devuelve a la misma criatura, demacrada, sí, pero aún funcional, aún con un atisbo de humanidad brillando dentro de los ojos. Debo detener este sentimiento. Una parte de mí muere en estas páginas. Vale la pena que aquí se quede: dejar este diario, dejar de escribir. Dejar los poemas y los cuentos. Dedicarme sólo a la nota roja. Sólo a la roja. Roja, roja, roja…

Salimos del congal a las ocho de la mañana, con apenas unas horas para dormir antes de llegar al periódico. Ellos se fueron juntos, de la mano, como si nada.

No la volví a ver hasta que llegaron las fotos del cadáver a la redacción. Hasta ahora me entero que eran de ella. Por supuesto él se veía destrozado, pero asumí que era porque ella no lo buscaba, no porque me hubiera pasado por la mente la posibilidad de que hubiera sido él. Ahora que lo pienso, en realidad todo el tiempo él se comportó como si ella estuviera viva, en ningún momento hubo un signo delator: era como si no recordara nada, como si no hubiera sido él.

El resto de la historia la desconozco, pero puedo inferirla. Él se enamoró. Trató de alejarla de esa vida y ella no quiso; no porque no le agradara mi amigo, se notaba que lo quería a su manera, sino por algo que dijo esa noche y que él no escuchó u olvidó, o no le tomó importancia: a ella le gustaba ser independiente. Entonces por más que mi amigo tuviera dinero por su herencia familiar o buena posición política o fuera bien parecido o bueno en la cama o le insistiera que eran almas gemelas, pues ella no iba a aceptar que la sacaran de trabajar; la típica propuesta de quienes se enamoran de las bailarinas. Si estaba conforme con su vida, y además le pagaban, es comprensible.

¿Qué pasó después del rechazo? Ustedes lo sabrán mejor después de leer su libreta ¿Adónde voy con todo esto? A que en este tipo de tragedias ocurre como cuando muere un pariente: uno carga con cierta culpa, que a lo mejor no es real, pero tampoco nos deja en paz; y quizá el hecho de haber estado en el privado con ella esa noche me hace sentir que tuve algo de responsabilidad en esa degradación emocional que al final se lo comió. Imagino que entienden…

El doctor del centro de salud de Malayerba no estuvo. Perdí mi contacto. El señor Arturo me va a regañar. Decidí no regresar hoy. Mejor así. Mañana iré a la parroquia de la comunidad a confesarme. Espero que sea el padrecito quien termine confesándose conmigo.

Me contacté con la redacción de Gatopardo e inicié un reportaje sobre nota roja y crímenes pasionales. Terminé eligiendo el caso de la muchacha del motel. Entrevisté al dueño preguntándole las cosas raras que ha visto. Si la nota no está en la chica, quizá esté en el fenómeno de los asesinatos en moteles, en testimonios, conjeturas. Lo que me contó me dio náuseas, pero es mi oportunidad de hacer algo nuevo. He leído mucho a Kapusynski, Kapussinsky, mierda, ¿cómo se escribe? Y yo sin internet.

Gobernación me boletinó. Detuvieron mi investigación. Supongo que el padrecito tuvo algo que ver. Debí insistir con el doctor. Si lo vi en misa, ¿por qué lo descarté? Ahora resulta que el periódico y yo estamos vigilados. El señor Arturo estaba encabronadísimo cuando llamó para decirme que las secretarías habían suspendido las inserciones publicitarias, qué debí ser más discreto, que le dijeron que un reportero se estaba pasando de listo con su fuente, que alguien amenazó a su familia por teléfono…

Por supuesto, los acompaño, supongo que desearán mi declaración para saber si es o no culpable. Sólo les pido no verlo; que no sepa que declaré, porque sería un careo difícil… porque si fue él de todos modos me mirará, y sus ojos dirán: “No lo soy”, y podría tomar represalias…

¿Saben lo que más me decepciona? Es la impresión que me quedó después de editar la nota que hizo sobre la muerte de esta tipa, sobre todo ahora que sé que pudo ser él mismo. Era una nota plana. La historia del crimen no fue su obra maestra, sino un mero reporte, indistinguible de los boletines que recibimos; lo cual me hace dudar si en verdad sabe mentir muy bien o hay algo más involucrado.

Y saben, antes de que fuera aprehendido, preparaba un artículo para una revista y hablaba emocionadísimo de la obra de fulano, del periodismo narrativo y no sé cuántas cosas. Pero después de leerlo me di cuenta de que no se lo publicarían. Él pensaba que escribía mejor de lo que en realidad lo hacía. Todos lo pensamos. El ensayo que preparaba para el foro de violencia y medios está destinado a correr la misma suerte. Aunque quizá, por el morbo, pase lo contrario.

* Este cuento se publicó originalmente en el libro Cuentos de bajo presupuesto. Edición facsimilar (Cecultah, 2014).