siempre esperando. algo, cualquier cosa, un suceso inédito, una idea salvadora, una frase fulminante… sin en realidad tener mucha esperanza. incluso la mayoría de las veces sin saber qué esperar a ciencia cierta (son científicas las certezas en todo caso?). una esperanza descafeinada y ambigua de algo abstracto, totalmente fuera de foco, incapaz el deseo de concretar un objetivo nítido, identificable, precisamente DESEABLE, así en mayúsculas. una fantasía pertinaz (y a ratos tóxica), una entelequia (el principio de la acción y su fin se agotan aquí mero), un estrepitoso fiasco, un monumental absurdo en definitiva. pero acaso escribir no lo es? no es la escritura (la verdadera, la del yo, no la escritura burocrática) el mayor acto de desesperación y por ende un gesto del todo absurdo? se podría discutir, sin lugar a duda.

decía que esperando siempre que algo suceda. o que algo inevitable no suceda, como el temible envejecimiento que se avecina, o que una caries no avance hasta destrozar por completo una muela. o que el deterioro social cese en algún momento y que la gente, en general, se vuelva coherente, o un poco más coherente por lo menos, con eso, quizá, sería suficiente. ecuánime, me gusta ese adjetivo polisémico de significados plurales.

o que la violencia machista contra las mujeres termine de una vez por todas y que tanta frustración acumulada se resuelva derribando a los poderosos que las causan y no golpeando a los más débiles, y con débiles no me refiero a las mujeres OBVIAMENTE, sí, también en mayúsculas. ellas son si acaso vulnerables a causa de un sistema patriarcal que es todo menos equitativo, pero no débiles. débil es el hombre que levanta la mano porque se le acabaron los argumentos, si es que alguna vez los tuvo.

un dato aparte, y jamás esgrimido como justificación en este delicado y doloroso tema, digamos que de carácter general, es que en verdad cada vez es más difícil tener argumentos (sólidos, frágiles o evanescentes) en un mundo tan sucio, que tantos insisten en ensuciar y pervertir, en echarlo a perder en resumidas cuentas. pero para eso existen los principios (que se inoculan a modo de vacuna) y sobre todo la empatía.

entonces decía, esperando, con la mirada perdida en el vacío, elucubrando con la loca idea de que de repente aparezca un comprador inesperado (un coleccionista inédito, desconocido por completo, con voraz apetito) de alguna de mis obras y me saque aunque sea momentáneamente de esta ruina insostenible que ya se volvió rutina, una ruina rutinaria por así decirlo.

en la misma espera, el deseo, ese sí muy enfocado, que alguna chica se acuerde de mí y que me mande un mensaje, qué tal? cómo estás?, qué es de tu vida?, que de pie a un encuentro, en el mejor de los casos erótico, y si no (que tampoco sería el peor), un café (esa droga tan universal), una chela, unas risas, lubricar moderada e intelectualmente la tensión sexual. claro, ahora con cubrebocas, y presos de esta insana distancia que nos protege de virus ajenos, pero no de nuestros pensamientos.

pensamientos propios de quien tiene una vida en el aire, construida de locos anhelos, de esperanzas infundadas, de, ciertamente, miles de errores de perspectiva como los que proyectan los espejos cóncavos, o convexos, en todo caso ambos deformantes. unos engordan la percepción del yo, los otros adelgazan la realidad y rebajan las expectativas.

esperando, decía, que el río de palabras, estas palabras por ejemplo, iluminen un camino, un sendero por el que transitar y convertirlo en un paseo amable. o simplemente, que el sol caliente, aunque no tanto para que nos abrase, seque los campos y las preciadas fuentes de agua. lo justo. si es que esa categoría existe fuera de nuestras mentes. la naturaleza, sin nuestra nefasta intervención, es equilibrada, pero justa? tengo mis dudas.

una espera, decía, de tantas cosas que por momentos se torna en desesperación.

y ya decía Soren Kierkergaard, danés decimonónico convencido de que la religiosidad, entregarnos a la idea de dios, esa vaguedad tan ambigua como las esperas inciertas, es lo único que nos podría redimir de nuestras angustias existenciales, porque de lo contrario la desesperación se convierte en una enfermedad mortal. aunque la idea de dios, para mí, también es una enfermedad mortal que solo se cura con dosis de sano escepticismo y rampante ateísmo.

así que cuando la desesperación llame a tu puerta, salta, ordenadamente y sin demora, por la ventana, siempre hay un paisaje (otro), y también la esperanza, de algún día comprenderlo, aunque para ello tengamos que seguir esperando.