“En el universo no hay coincidencias ni hay accidentes. No sucede nada a menos que haya alguien que desee que suceda”

William S. Burroughs

Por mucho tiempo en cada situación que me ocurría trataba de encontrar el porqué de lo sucedido, se me iban las horas tratando de hacer una posible conexión para después, según esto, “reflexionar el aprendizaje”.

Hasta que por obra divina, me dejé de tonterías y me olvidé de los pseudos mensajes de vida, me relajé y empecé a subirle a la música para disfrutar bien el paisaje. Muchos años después comprendí que no todo tiene una respuesta y uno tiene que aprender a vivir con eso.

Manejar es mi pasión, no me canso de decirlo, planear un viaje seis meses antes, ahorrar el dinero necesario y checar bien las rutas, es una emoción casi casi como bajar de peso sin hacer dieta o que de la nada te llegue ese mensaje de amor que tanto estuviste esperando.

Un viaje increíble nos esperaba, viajaríamos a Orlando, Florida para celebrar los quince años de mi primogénita, la primer parada como siempre; Nueva Orleans reafirmando mi amor por el jazz que se cuela por cada rinconcito que pisas, las noches de fiesta en la Bourbon St y las tardes tranquilas en Jackson Square.

Un hotel escalofriante nos recibió a dos cuadras de la Bourbon St, los pisos hablaban, mi hija menor contaba dinero para sus siguientes compras, mi primogénita leía en el celular y por mi mente solo rondaba la frase, “deja de jugar a la cazafantasmas no vuelvas a escoger un hotel tan viejo” las siguientes noches no pude dormir, la piel se me ponía chinita sin razón alguna, de repente hacía mucho frío, tanto que daba un brinco a checar si la temperatura había bajado y encontrarle una razón lógica, y nada, la temperatura era siempre la misma.

Cuando llegó la hora de partir a la siguiente cuidad, las noches de desvelo ya me estaban cobrando factura, Mobile, Alabama nos esperaba, solo deseaba no volver a toparme con un edificio histórico como hotel, ni cementerios cerca.

Después de visitar el USS Alabama Battleship Memorial Park que es para lo único que vamos a Mobile, llegamos a una tienda de saldos llamada Tx Maxx, ya sabe usted, lo mismo pero más barato, me dirigí al área de las bolsas, buscaba algo pequeño y cómodo, recibiríamos el 2019 en Universal Studios y yo llevaba una bolsa que parecía pañalera.

Entre tanta bolsa, backpack, y carteras de todos colores, precios y tamaños, me dejé llevar por una color verde militar, tenía la correa lo suficientemente grande como para cruzarla y estar cómoda caminando, el tamaño era ideal le cabía lo indispensable.

Viajamos seis horas más hasta Orlando y veintidós horas de regreso a Monterrey, al llegar a la casa, saqué todas las cosas de mi bolsa nueva y la puse boca abajo en el fregadero para quitar todos los residuos de pastelitos que metía para en la carretera ir comiendo si me da sueño y en eso siento que algo cae, cuando yo sabía que había sacado completamente todo, mi corazón latía a mil por hora, lo que cayó eran veinte nuevos soles peruanos con una USB ambos del mismo color que mi bolsa, ahí entra de nuevo mi tratar de encontrar una lógica, yo le arranqué todas las etiquetas, mi bolsa era nueva, no tenía la etiqueta de tienda que usan cuando regresan un artículo, cómo era posible que estuvieran ahí.

Con miedo fui por mi computadora y metí la USB, me encontré con ocho carpetas llenas de fotos, una mujer peruana, aperlada, con una sonrisa encantadora, recién jubilada de maestra, viajé con ella al pasado al ver sus fotos de casada, de divorciada y con su nuevo novio (un francés) viajes por todo Europa, visitas a bibliotecas impresionantes en lugares que nunca he visto en internet, y muchas fotos de sus cinco hijas y ocho nietos, me llevé horas viendo las fotos tratando de buscar nombres para contactarla y que me dijera qué hace su USB en mi bolsa, pero nunca tuve éxito.

Su imagen, su sonrisa, la felicidad que irradiaba en las fotos nunca me la pude sacar de la mente, es una mujer plena, las carpetas de las fotos de sus nietos sí estaban etiquetadas con su nombre, pero sin apellido, las dos primeras decían: Valeria y Victoria, al ver esto me puse nerviosa, esos son los segundos nombres de mis hijas, este encuentro había pasado por algo estaba segura, era una señal, un mensaje, las casualidades no existen, gritaba en la mente.

Nunca pude saber su apellido, me hubiera encantado escuchar su versión, saber qué pasó antes de yo comprara esa bolsa en Mobile, Alabama, tiempo después algo sucedió con la USB que ninguna computadora la volvió a leer, me tranquilicé y dejé de pensar en eso, no todo tiene que tener una respuesta siempre, podría ser una proyección de cómo será mi vida en un futuro, (con un novio francés y todo) o de lo feliz que seré con un montón de nietos y viajando por el mundo, no lo sé, de lo único de lo que estoy segura es que situaciones como esta no es la primera vez que me pasan, en el año noventa y ocho, al estar abriendo mis regalos de quince años, leo una tarjeta y le grito a mi mamá: ¿quién es Victor Manuel Espinoza? Ella me responde, “es el esposo de mi prima”, obvio era un tío que no conocía, pero ese nombre me lo volví a topar en el año dos mil, el primer día de la facultad en la UANL, ahora este Victor Manuel Espinoza es el padre de mis hijas, ¿qué coincidencia, no?.