Josef Koudelka. 

El que se va al exilio pierde su lugar en el mundo.

Jean-Paul Sartre

No ser ni de aquí ni de allá. en ningún momento. un extrañamiento constante, abrumador, inagotable. atrapado por una nostalgia indescifrable, de claves caprichosas pero implacables. ahora sí que parafraseando al finado Julio Haro: no, no me hallo. la sensación de nunca estar en el lugar adecuado, en el sentido de nunca estar plenamente, de manera aplastante y vigorosa. incluso en el colmo del paroxismo, convencido, si es que la existencia se pudiera asumir con otra cosa que no sea convicción, dado el apego de órganos, células variopintas y moléculas proteícas a su propia supervivencia y funcionalidad (en principio, luego se rebelan o simplemente se apagan). una maquinaría efervescente y perfecta a simple vista, muy ajustada en todo caso, que enamora, seductora a ciertas miradas. ya se sabe que para todo hay gustos.

ya en un plano más mental, vivir acosado de modo permanente por reminiscencias de algo más, recuerdos a veces vagos y difusos, a veces con una intensidad que supera a la vida misma. la vida del ahora. del aquí, de las coordenadas presentes de una ubicación precisa. esa que fija los datos que envía el celular sin nuestro consentimiento, o sí se lo damos? qué más da, si esos datos nos arrojan la temperarura exacta cuando lo deseamos. o solo con desearlo. le daremos también like a los grados centígrados? a los porcentajes de humedad? a la velocidad del viento? a la hora en que se pone el sol? a la que sale?

siempre extrañando. todo el tiempo, a todas horas. sinestesia compulsiva y sin control. un azul determinado, un matiz cargado de complejidad, un breve aleteo como diría el aprendiz de poeta, incluso un olor, y la inmediata teletransportación a algún lugar remoto en el espacio tiempo de la cartografía personal, íntima, muy poco transmitible, mucho menos de forma viral, ahora que están tan de moda los transmisores. un lugar etéreo alojado en la mente memoria, inclasificable, ambiguo, de dudosa procedencia puesto que su origen no se puede precisar con exactitud. pero real, híperreal en su superposición fantasmagórica más allá de lo temporal. mucho más allá. soñar con los ojos abiertos, ya no podría decir si despierto o no. en todo caso, siempre atento, siempre alerta a esas mínimas variaciones de la percepción que abren puertas a lo intangible.

Josef Koudelka. 

la famosa identidad. gachupín allá, mexicano aquí. mis amigos en españa se sienten más cómodos, o simplemente les es más fácil, presentarme así, mi amigo el mexicano…. luego hay que matizar. a veces. a veces preferiría no hacerlo, como Bartleby, tan complicado resulta explicar mi periplo vital en un par de frases a una desconocida. y sobre todo el qué hago yo aquí y ahora. siempre es sospechoso hablar demasiado de uno mismo. pero, por otro lado, de qué más se puede hablar? en qué se basa la curiosidad del otro?

me he preguntado muchas veces en qué consiste exactamente eso de la identidad. cultura?, raíces?, gastronomía? extrañar las tortillas de maíz azul, o el pà amb tomàquet, o los frijoles refritos o el pulpo estilo feira? identificación con algún vago concepto de patria?, o de pueblo que hunde sus tradiciones en el pasado, arrastrándolas como un pesado manto de leyendas más o menos épicas, más o menos verdaderas?, rememoración de tiempos siempre mejores y suciedad, mucha suciedad, como el polvo que se esconde de manera tramposa bajo las alfombras para no tener que levantarla y sacudirla enérgicamente. con la determinación de una crítica revisión histórica que nos exima de un destino común, o un pasado imaginario, con un montón de desconocidos con los que compartimos el color del pasaporte. y poco más. de ese polvo mañosamente escondido me imagino que se confeccionan las secuencias genéticas, eso que nos conforma de manera invisible, como el moho de la humedad que avanza silenciosa pero implacable hasta que estalla como una mancha ineludible, obscena. una mancha de podredumbre que permanece en las paredes y en los objetos como los resquicios de la neumonía en los pulmones, persistentes más allá de la infección.

una identidad, en todo caso, en contraposición a qué? a las culturas dominantes? (entendiendo que algunas además de dominantes pueden resultar castrantes), al imaginario holywoodense en franco declive? al imperio heteronormado de las series de netflix? al complejo mundo alienígena con sus oscuros rituales que se asemejan a las danzas africanas? a una bandera deslavada? todo eso son solo palabras pero al pensamiento solo le quedan las palabras para tratar de entenderse… a sí mismo, a la propia existencia, a la otredad y al egoísmo indecente de muchos, entre los que probablemente me encuentre, tan necesitado de atención estoy.

Josef Koudelka. 

es en todo caso escribir un remedo de patria? la autoconsciencia conforma algún tipo de territorio? algún lugar más o menos habitable, o por lo menos seguro y acogedor? el yo, como un torrente de palabras y conceptos autorreferenciales, se constriñe a algún tipo de fronteras?, o solo se derrama como un líquido incontenible e indomable que únicamente produce verborragia? esa enfermedad incurable.

por cierto, sirven para algo las palabras?, que a toda costa buscan conjugarse, combinarse entre sí en loca permuta, para fraguar algún tipo de explicación más o menos coherente, más o menos tranquilizadora, más o menos estética.

sirven, como mínimo, para explicar el exilio permanente en el que algunos estamos sumidos de manera irreparable y permanente.

no es mucho. pero da para al menos agarrarse como náufrago a una boya en medio de un mar inestable y en perpetuo movimiento, infestado de demonios internos con afilados colmillos a los que domar con intrincados exorcismos íntimos.