Foto de Adriana Barba

Para mis zacatecanos con cariño.

Los viajes en autobús nunca me han dejado buenos recuerdos, cuando era pequeña viajábamos mucho “en tours” mi madre que siempre ha sido la mujer más precavida y organizada del mundo, me preparaba una bolsita de plástico duro, ahí encontraba varios cuadernos para colorear, crayolas, y cuentos de pastas duras serán muchas horas de camino, decía, el olor que desprendía esa bolsa y todo lo que estaba en ella me encantaba, pero en uno de esos tantos viajes, hicimos una parada de esas obligatorias que hacen y nos bajamos a cenar, como siempre he sido una gordita antojada pedí, “enmoladas”, tendría once o doce años, sabían deliciosas, jamás me imaginé que al subir al autobús y con el movimiento de este, harían una bomba atómica en mi estómago y mucho menos que estar en los asientos de a mero adelante se convertiría en una pesadilla, porque a la hora de querer devolver convertida ya en el exorcista sería casi imposible llegar al baño al final del camión sin que ningún viajante compañero se viera afectado asquerosamente por mis “enmoladas”.

Sufrí, pero creo que los afectados sufrieron mucho más, hasta el día de hoy ese platillo delicioso quedó vetado como artista de Televisa de mi vida. Pasaron muchos pero muchos años para que volviera a tomar un autobús, hasta Semana Santa del 2015, que me animé a viajar de nuevo en “tour”, mis hijas estaban de viaje con su papá, yo no tendría razón de quedarme en Monterrey, así que la idea era excelente, Zacatecas y Guanajuato decía el anuncio, Lupina Córdoba mi amiga de siete décadas y yo emprendimos el viaje, yo estaba feliz, Guanajuato lo conocía como la palma de mi mano, y escuchaba Zacatecas y casi podía ver salir al ring a mi Pedro el Perro Aguayo, triunfante con sus maravillosas botas de esas que algunas mujeres usan en invierno, tarareaba el Himno que lo acompañaba los domingos que veía la AAA. Estaba feliz por conocer la ciudad, ahora ya instaladas en el camión los asientos que ocupamos fueron los de atrás, esa escena que pasé de niña no pasaría nunca más.

Después de varias horas llegamos a un pueblito zacatecano, polvoriento, la gente bajaba del cerro, mucha gente, con carriolas, bien abrigados, hacía un frío de la chingada, no entendía muy bien a dónde se dirigían, hasta que un buen compañero pasajero nos informó que estábamos en “Plateros” apenas amaneció y nos bajamos, todos iban a la iglesia a venerar al Santo Niño de Atocha, muy milagroso, dijeron, nos dieron una hora para bajar a misa y como nosotras ni lo conocíamos nos quedamos dormidas, hasta que las tripas empezaron a sonar y decidimos bajar a explorar para buscar comida, ya estaba de día, un mercadito ya nos esperaba, nos sentamos en el puesto donde había más gente, señal de que esta bueno, desayunamos a gusto, tranquilas, teníamos tiempo de sobra -según- todavía después de desayunar tres gorditas de chicharrón caminamos para bajar la panza, y bien tranquilas nos acercamos a donde debería estar el camión, que para nuestra sorpresa ya se había ido, estábamos 30 minutos tarde, el tour ya había arrancado rumbo a La Bufa a 68 kilómetros de distancia, el hombre muy enojado nos dijo: -están tarde, les dijimos que 1 hora, nosotras bien broncudas como buenas norteñas alegamos que aún no pasaba la hora, bueno pues plan b, tomamos en la esquina un camión que después de 10 minutos nos llevó a una Central, la más espantosa que he visto en mi vida, lo juro, de miedo, estaba casi vacía, por mi mente, una voz me decía sin parar, aquí si las desaparecen nadie se da cuenta, no supe cómo se llamaba donde tomamos un camión que después de 1 hora nos llevó a reencontrarnos con los 40 pasajeros del tour que por supuesto sí siguieron las reglas. No encontré belleza en el camino, podría ser el susto o ya mi mal humor lo que me hacía solo querer regresar a casa.

Foto de Adriana Barba

Nos bajamos en La Bufa, y ya ni queríamos ver nada, -a la fregada Zacatecas-, todo me parecía feo, era el contexto, lo comprendía, un año después regresé en la misma temporada con mis hijas -no a Plateros- claro y nos pareció todo encantador, la arquitectura, la comida, los museos, sus calles y por supuesto los zacatecanos, esos zacatecanos que te roban el corazón.

No volvimos a esa tierra porque mis rumbos en carretera estaban muy lejos de México, entre el country el jazz y el blues pero con la negativa de abrir fronteras la única opción que teníamos para recibir el 2021 era regresar a ese bello lugar Patrimonio Cultura de la Humanidad y así lo hicimos, aunque días antes moría de miedo por todos los levantones en carretera, dejé de ver noticias y nos aventuramos, un camino inolvidable nos esperaba, y es trillado que cuente esto pero es la neta, la carretera igual que en la vida te enseña que hay caminos claros, libres, limpios, dónde todo lo puedes ver con claridad, admirando y amando el camino, donde todas las preguntas van juntitas con su respuesta, está cool pero, los verdaderos, los importantes, donde sacas toda la carnita al asador son aquellos como en la carretera de Ramos Arizpe, llenos de frío, neblina y oscuridad, esos que te hacen poner las intermitentes y decir a ver ¿qué está pasando? hacia dónde voy y qué es lo que llevo en la cajuela, qué es lo que verdaderamente importa, la respuesta siempre es voltear a ver quién va a tu lado en esos caminos inciertos, agradecer, y darle, sin miedo, porque tan solo cinco minutos después, como por arte de magia la luz llega, la neblina desaparece y la música toma el control para que bailes y cantes lo que resta del camino. De eso de trata la vida ¿qué no?. Por cierto la central camionera tan fea que me llevó a mí y a mi amiga a La Bufa aquella vez que nos perdimos, ahora sé que era Fresnillo.