Observar a un niño comer un pastel exhibe la verdadera naturaleza del ser humano y, probablemente, confronta el pensamiento del filósofo con el tiempo perdido ante los libros en busca de respuestas. El postre al ser engullido materializa el hedonismo del ser humano y la voracidad con la que lo manifiesta desde temprana edad. Siglos de sentimientos de trascendencia alojados en el ego, se pulverizan al igual que el debate en las ciencias sociales y las humanidades pasan de largo, como una película de mala calidad durante el proceso de digestión, listo para ser desechado en el escusado.

Escribir es un oficio, no muy diferente a la labor que realiza un panadero, fontanero o boxeador; la técnica requiere repetición y curiosidad, escapar de la notoriedad e importancia es el placer del que los mejores han huido y al que los aficionados aspiran; no obstante, para los amantes del arte, siempre será gratificante que un conocido o amigo, manifieste sus pasiones a través de la pintura, escultura, cine, música, etc., pues reafirma que no todo en el mundo debe tener un valor objetivo y que, todavía los seres humanos son capaces de ser libres y buscar su felicidad; es decir, la cultura libera, pero frustra el alma solitaria. ¿Cómo escapar? La conversación y la cofradía son los únicos antídotos. Conforme crecemos, nos damos cuenta de que la amistad es la relación más saludable de la sociedad, pues permite un desenvolvimiento de la lógica y emotividad sin precedentes; sin embargo, bebemos, comemos y reflexionemos sobre el bienestar de nuestra familia y el devenir rocoso de la pareja. Esta analogía es similar a la que el mundo profesaba antes de la pandemia asesina, ya que, el ciudadano de clase media ejercía sus tiempos de diversión para entretenimientos relacionados al mundo visual: ir al cine, ver una serie o presenciar un concierto, sin darse cuenta la presencia del lenguaje en el origen de cada uno de ellos y la importancia de contar una historia como modo de supervivencia de la comunidad. Las anécdotas son las que definen el destino de un individuo en movimiento.

Duele escribir como la lectura sensibiliza a los seres humanos si se ejerce desde el camino correcto. Por tal motivo, una sociedad carente de condiciones económicas para desenvolverse huye de un sufrimiento mayor, ocasionado por la apertura de emociones a la que nos afronta el arte y el pensamiento avezado. Como alguna vez leí en alguna columna de mi amigo Gullermo Fadanelli: “Quien tiene donde moverse no hará daño”. No recuerdo, algo por el estilo, y sé que no le molestará mi descuido.

¿Para qué sirve la literatura? No soy capaz de responder a la importancia de esta pregunta, pero me apoyo en el filósofo francés Gilles Deleuze: <<Sencillo. Para superar al igual que lo hizo Bartleby (personaje de Herman Melville) el “me rindo” por “preferiría no, pero lo haré de todas formas”. Allí, encontramos una filosofía de supervivencia y dignidad colectiva>>. Y yo, agregaría: para comer el pastel con remordimiento, pues sobrevivir requiere un grado de amor propio, pero ser feliz necesita de nuestros semejantes.