No sé desde cuando estoy aquí. Acostado en una camilla: espalda y culo lleno de llagas. Me duelen los órganos, como si se hubiesen desprendido de su función y ahora se han revelado, distendiéndose aguados hasta el fondo de mis testículos. Los más osados lograron llegar a la punta de mis pies. Lo único que hago desde que estoy aquí, es contar mi respiración, abrir y cerrar los ojos interminable, como 1246 veces por minuto, con tal de ignorar, pero no puedo más que mirar esa luz que es emanada por una brizna; lluvia de vidrios rotos. Justo antes de que caiga, desaparece por encima de mí. Tengo la cara de lado porque mi cuerpo reacciona por instinto, pero Nada termina por caer. Excepto ese hilillo que acaba de aparecer. Del techo llega hasta casi tocarme la nariz. ¿Lloverá un círculo negro? ¿O qué es eso que viene bajando? ¿Un aguacate? Me recuerda a un estambre. Baja por el hilo metálico hasta pegarme en la nariz. No puedo hacer nada más que aguantar lo que venga. Imploro desde que desperté amarrado a la cama, metido en este cuarto que apenas y tiene luz su foco. Siempre prendido. Si no estuviera, duermo y despierto en total oscuridad. Tengo que abrir los ojos porque otra vez siento un golpe. A diferencia del pasado, es más fuerte el impacto. Busco y están tiradas a un lado mío. Una encima de la cama y la otra no. Ambas se mueven, respiran o convalecen. El cuarto se ha vuelto más caliente. Sudo. De la punta del hilo, otra figura negra, más grande que las anteriores, baja, cae, pega, rueda por mi cara hasta llegar al piso. Nace una bola negra, más grande cada vez. No sé cómo ni cuándo dejará de caer una nueva sobre mi rostro, que hinchado, duele. Quiero llorar pero no puedo, y otra me golpea. Se siente cuero pegajoso de todas en el piso que rodaron por mi cara. No sé cómo llegué aquí, ni desde cuándo estoy, pero de que caigan bolas palpitantes es de ahorita. En el suelo, la cama, todas palpitan con más violencia cada vez. Huevos que no se rompen. Qué son, que no dejan de moverse. Mis gritos son lo único humano. Nadie escucha que me pueda ayudar, y seguro es el último, prolongado de fétido aroma de boca vieja.  A las bolas empiezan a salirles patas, en ellas pelos, largos y afilados ¡Insectos! Intento cerrar los ojos. Por error miro hacia arriba. Una araña, más grande que todas, con más ojos que patas. Baja hasta quedar frente a mí. Su aroma de ácido muriático marea. Todas las demás se apoderan de la habitación que ennegrece con su forma myriapoda expandida. Ahora soy el único grito que no se emite. La araña madre se sostiene del culo al hilo. Con todas sus patas me arranca de la cama. Me abraza y duele porque al hacerlo, también sus bellos me están cortando. Sube interminable. Me gira violento. Me enrolla telaraña con baba y estridulación; las crías esperan un bocado de mí.