Ciorán y compañía (Ed. Moho, 2019).

Ciorán encarnaba la figura de un dios.

Un dios de la catástrofe, es verdad.

Roland Jaccard

Ciorán y compañía (Ed. Moho, 2019) es un libro que irradia elegancia y lucidez, una de las palabras preferidas de Roland Jaccard, un personaje fundamental de la alta cultura de la segunda mitad del siglo pasado, ligada al universo del pensamiento francés y centro europeo, y practicante de un dandysmo corrosivo, certero y desapegado, y que, al igual que Emil Ciorán, el gran filósofo rumano de quien fue gran amigo y admirador, considera la existencia como una desgracia.

Escribe Jaccard refiriéndose al rumano en una de sus muchas conversaciones: “La duda que no impide la digestión fácil o el sueño profundo repugnaba a Ciorán, puesto que se trata de una duda metódica, universitaria (es decir, una tontería)”.

Y hablando de malas digestiones, ambos sostenían que el pensamiento de Friedrich Nietzsche estaba sobrevalorado y que el único interés radicaba en que su inflamada filosofía ponderaba justo lo contrario que lo que el filósofo alemán fue en su triste y enferma vida: “Bajo su pose de fanfarrón, era en verdad un tierno”. Al respecto del incendiario filósofo alemán comenta Jaccard: “… ¿cómo soportar una obra filosófica que no sea al mismo tiempo un regimen dietético?. Nietzsche (¿nos hemos dado cuenta acaso de todas las letras inútiles que contiene su apellido?) nos provocaba agruras”.

De Ciorán escribe Guillermo Fadanelli, editor de Moho y autor del prólogo, que es un filósofo que a pesar de su importancia y de la sencillez y claridad de su pensamiento ha sido, en general, comprendido de forma apresurada e incluso anecdótica, resaltando la oportunidad de estos textos traducidos por primera vez al español por Guillermo de la Mora, quien por cierto también tradujo Retorno a Viena (Moho, 2016) del mismo autor. Sin duda, un gran acierto.

Roland Jaccard .

Estas páginas, a través de cápítulos muy breves, algunos no alcanzan la página, nos acercan a la figura de Ciorán desde una perspectiva íntima y de afinidades compartidas, pero sobre todo a partir del gusto de ambos por el sentido del humor y un sano cinismo, como atestigua esta cita del pensador rumano, quien escribía en francés, que recoge Jaccard en una de sus muchas conversaciones, acerca de todos los temas, y paseos por París: “un filósofo que no es un humorista, es un imbécil”.

Estos textos breves, esbozos certeros de situaciones y anécdotas: “Si un autor te ha decepcionado como persona es que has sobrestimado su obra”, también son un recorrido por rincones y cafés de las ciudades de París y Viena (de donde era la madre de Jaccard y hervidero de ideas y cuna del psicoanálisis), ciudad a la que no cesa de homenajear, hasta el punto de escribir: si hay acaso un crimen por el que me hubiera gustado juzgar a Hitler, es el siguiente: haber asesinado al espíritu vienés.

Roland jaccard, capaz de establecer analogías entre la escritura y el ping-pong, es un escritor atípico con un doctorado en psicología y ciencias sociales, “la filosofía nunca ha sido otra cosa que un delirio meticuloso envuelto en dulzuras éticas”, que ha desparramado su gran talento como periodista (colaborador cultural del periódico Le Monde durante décadas), ensayista, crítico literario y novelista, y que también se ha dedicado al cultivo del género del diario íntimo, así como, al inicio de su carrera y durante un breve tiempo, a la práctica del psicoanálisis.

Psicoanálisis que el autor ejerció hasta entrados los 30 años con cierta dosis de macabra curiosidad y descreído optimismo, ya que las revolucionarias teorías acerca del subconsciente estuvieron muy en boga en esos tiempos y Jaccard es uno de los grandes exégetas de Freud, hasta que una paciente le propuso en su consultorio la disyuntiva de gastar su pequeña fortuna en psicoanalizarse o en un crucero alrededor del mundo. Jaccard, honesto, le recomendó la opción del crucero y en ese momento decidió abandonar la práctica del piscoanálisis para siempre.

El libro, como su título indica, además de las suculentas anécdotas referidas a Ciorán. está plagado de referencias a otros escritores y escritoras, (como Peter Sloterdijk -filósofo alemán-, quien le comentó acerca del título de uno de los tantos libros de Ciorán, Del inconveniente de haber nacido, que podría figurar como epígrafe de toda la filosofía moderna), a jóvenes poetas japoneses suicidas y también trufado de episodios románticos, más o menos exitosos, con jovencitas asiáticas, la gran debilidad de Jaccard, en sus peripecias europeas por zambullirse en la esencia de la occidentalidad y pátina de alta cultura de la mano de un viejo dandy que ya está de vuelta de todo. Como evidencia Jaccard en uno de estos textos: el escepticismo, dicen los ingleses, comienza cuando sentado en una iglesia entre un policía y una monja, te das cuenta que tu billetera ha desaparecido.

El suicidio, tema recurrente en estas páginas que se digieren a pequeños sorbos como la cicuta, y el tema de la propia muerte se observan de una manera distinta desde la vejez, algo que el autor lejos de esquivar ilustra con interesantes anécdotas tanto propias como ajenas. Un interés, el de Jaccard, alimentado por el hecho inobjetable de que tanto su padre como su abuelo se suicidaron. Al respecto Jaccard arroja perlas como esta: “En la cruz, Jesús murmuraba: sálvame de la vejez!”.

La lectura de Ciorán y compañía es muy recomendable más allá del concepto de novedad editorial, aunque la publicación del libro es reciente, para entender la construcción del pensamiento occidental que ya adelantaba los tiempos apocalípticos que ahora vivimos, un páramo espiritual, con especial hincapié en los desencantados y pesimistas de un sistema y una cosmogonía en franca decadencia, aunque no exenta de cierta elegancia conceptual.

Emil Cioran.

Hecho además que consuma el saludable hábito de la editorial Moho de mezclar plumas noveles (no son pocos los autores cuyo primer libro se ha publicado en esta editorial) con escritores curtidos más allá de limitaciones generacionales o de fronteras geográficas, simplemente por afinidad ideológica basada sobre todo en el beneplácito del editor, Guillermo Fadanelli, quien junto a Yolanda Guadarrama pilotan desde hace casi 30 años el rumbo desbocado y gratamente impredecible de esta imprescindible editorial.

A modo de colofón, dice Jaccard citando a Paul Rée: “… la conversación es un arte difícil. Cuando uno habla, aburre a los demás. Cuando uno escucha, es a uno a quien aburren”, pero continúa infatigable el viejo dandy: “¿No es acaso la escritura otra cosa que un pequeño malentendido sin importancia?”; y apostilla para terminar esta reseña y que lo exime de haberse suicidado como tampoco lo hizo Ciorán: “No teniendo, como Ciorán, razón para vivir, tampoco tenía una para morir. Así que terminé por desapegarme de todo, incluso de la desesperación”.