La piedra es un buen método para practicar el budismo.

Uno aprende a ser paciente y a resistir el deseo.

Adrián Román

Debo admitir que La piedra de las galaxias, Adrián Román (Ed. Moho, 2020), es una de las lecturas más galvanizantes que he gozado en los últimos tiempos. En esta novela, publicada en plena pandemia haciendo bueno el legendario lema de la editorial: salud para los enfermos, virus para la gente sana, el ritmo es demoledor y la angustia certera como una lombriz voraz que devorara las entrañas sin piedad ni miramientos y menos aún, con algún tipo de concesión. Un flujo endemoniado que todo lo arrasa y lleva al lector en volandas a través del relato.

La piedra de las galaxias no puede dejar indiferente a nadie que se adentre en sus páginas y peligrosos vericuetos ya que no admite lecturas objetivas o distantes, así como tampoco es recomendable para pusilánimes. El ritmo narrativo es vertiginoso y es, en sí mismo, un viaje astral por las constelaciones y galaxias remotas por las que transita la vida de la voz principal.

Este relato descarnado está escrito en clave autobiográfica, lo que no significa por ello que le deba nada a la fidelidad histórica (o cronológica), ya que se mezclan anécdotas, aventuras rascuaches, eventos inverosímiles, ensoñaciones y recuerdos de la infancia en los que trata de apresar a una figura paterna esquiva y lacerante, nada inspiradora. Todo menos un ejemplo para un niño sensible, pero pobre, y criado por mujeres, paradigma del abandono de la figura paterna propia de grandes capas de la sociedad mexicana, nacidas y crecidas en la desprotección y el ausentismo, si es que no en el abuso flagrante. Lo único que aprendió de su padre a una edad en exceso temprana, atestigua el autor, son los doce pasos de los doble A.

La novela es la historia de un adicto a la piedra, pasta de cocaína cocinada para fumar conocida también como crack (aunque atesora también amor por otras sustancias), y ya el comienzo de la narración es vigoroso como una flama desbocada,

entrando al tema sin dilaciones, con la ansiedad y la urgencia que permea todo el relato. Una ansia auténtica de vivir todo, como viene.

Ilustración José Tafolla.

En esta experiencia directa del adicto (o usuario de sustancias ilegales si lo prefieren)  el autor nos lleva de la mano, con una narrativa en verdad prodigiosa y del todo veraz, sin artificios innecesarios, a un preciso mundo de sensaciones y también de vicisitudes amargas, a una relación de amor y odio con las sustancias que provoca un arrepentimiento y hartazgo constante y una (re)caída cíclica, insalvable, con los centros de acopio (la estrella de la muerte) y dilers variopintos como epicentro de ese universo, vestidas andrajosas y sujetos de toda ralea, así como da cuenta de los encontronazos inevitables con la ley, tan corrupta y viciosa como los propios adictos. Un mundo de transas donde nadie se salva y en el que absolutamente todos tienen cola que le pisen.

Aún así, y por fortuna, a lo largo del relato, el de un escritor adicto o de un adicto que escribe, se combinan varios registros, y uno de ellos, que sin duda inspira ternura, es el reclamo a la “literatura” misma de la que el autor confiesa haber sido su perro fiel y haberle dedicado mucho tiempo para obtener apenas recompensa.

Aunque a partir de lo narrado se intuye que el autor (la voz del narrador) puede darse por bien pagado, porque en este caso, la compulsión de escribir, tener un horizonte más palpable que la constelación de galaxias que suele frecuentar en sus viajes piedrosos, se nota que lo han salvado de algo mucho peor, por lo menos, del más cruel anonimato en el que se pierden las vidas anodinas de otro tipo de adictos, la mayoría, sin ínfulas ni intereses literarios. Sin duda, en este y otros contextos similares, las lecturas salvan.

Entre esos autorreclamos hay brotes de híperconsciencia y regurgitan ciertas aspiraciones sociales truncadas, pero legítimas, al afirmar que “acaso no quiero ni más ni menos que lo que tiene cualquier otro humano, un techo, marihuana, café, croquetas para los perros, una mujer y poderme tumbar todo el día a no hacer nada”.

En realidad el sueño de todo escritor de medio pelo que no aspire a vivir como un funcionario del aparato literario, que son la mayoría, burócratas de la escritura de vida tan insulsa como infumable.

La piedra de las galaxias es una postal del underground más roñoso y recalcitrante del antiguo DF y zonas limítrofes, pero no solo la zona habitada por los hipsters (centro, roma, condesa, narvarte, a lo sumo la santa maría la ribera) y los malditos de nuevo cuño, sino que nos remite a colonias remotas y perdidas, el oriente de la ciudad, “el imperio del polvo”, donde los hispsters que reciben becas no han puesto un pie en su acicalada vida. Lugares en los que por supuesto no resistirían ni dos semanas, inmersos y ahogados en la sensación de irrealidad constante, de malvivir, en palabras del autor, en un macabro reality show para adictos a la piedra, una singular estirpe de paranoicos severos y buscadores compulsivos de partículas blanquecinas en las alfombras, tesoros que no existen.

También en esta portentosa novela autobiográfica, hablando de registros diferentes, se mezclan anécdotas familiares, a veces bastante sórdidas y otras veces tiernas, como la pérdida de la madre mutilada por el cáncer y sin un solo diente, frita por la quimioterapia, retazos de historia personal que se deshacen como volutas de humo tan denso como efímero poblada por abuelas y tías generosas y tipos hijos de la chingada, como los que habitan los anexos en los que a veces cae en su desesperación por dejar a un lado su adicción, o simplemente por hambre.

El personaje de la historia vive”consumido por tanta desesperación”y da fe de ello con un lenguaje fluido, lleno de metáforas nada disonantes, de tan acertadas casi naturales, con una velocidad narrativa que trata de eludir el ahogo y con un tono nada lastimero, sin autocomplacencias de ningún tipo. Se sabe él mismo un hijo de la tiznada aunque a veces le pierda, en ese mundo de zopilotes, su buen corazón y su alma poética, azotado también por ramalazos cursis.

Ilustración José Tafolla.

La estructura de la novela transcurre en capítulos que empiezan en el O y luego recorre todas las letras del abecedario para volver a la letra a, en la que se queda pegado un par de capítulos, y como si las letras del abecedario no fueran suficientes para apresar una historia desbocada al final las letras son sustituidas por paréntisis, apóstrofes, comas…. señalando quizás que no importa tanto la división de la historia porque todo es un continuo empezar de cero (ese es el ritmo que imponen las adicciones), con personajes que van y vienen, con mujeres que nunca volverán y con amigos generosos muertos rodeados de su propio vómito causado por un ataque galáctico de triglicéridos capaces de hacer arder cualquier nave espacial e incluso el lábaro patrio.

La historia de La piedra de las galaxias es la de alguien que no tiene nada más que un poderoso flujo de recuerdos desorbitados que lo atormentan, retazos de una realidad harapienta, descosida, algo mentirosa, construida con jirones de sueños, de anhelos, de heridas profundas, de pérdidas, sobre todo de pérdidas, y también de retas de básquetball imaginarias…. de delirios y mucha tristeza y también mucho orgullo, con la única luz de la literatura para alumbrar tanto desastre y tremendo vaivén.

Este es sin duda un libro importante, y no a todos les va a gustar, pero añade una potencia inusitada al de por sí potente catálogo de disidencias y rarezas literarias de la editorial MOHO, en una excelente apuesta de su editor. Como dice el autor: ser artista y ser pobre es como ganarte la lotería, pero sin premio.