La primera vez que supe de Samuel Noyola, fue hace más de diez años, por un libro suyo que me encontré en los de cinco pesos y que luego, como otros tantos, perdí. La segunda vez, con seguridad, no sé en cuál, pero pasó en una cantina de barrio, de las varias que tenemos en Saltillo. Fue en voz de Jesús de León que escuché su nombre. Hace tiempo que me vi embebido por la poesía, y por más que mi maestro me dijo que no es buen camino, que me veía cara de narrador, de ensayista, y como siempre me sigue diciendo: Nunca me haces caso. Dije sí a la poesía. Samuel Noyola entabló gran amistad con Jesús de León en 1980, cuando se conocieron en un taller literario en Monterrey, que coordinaba Ignacio Betancourt. Dice Jesús, que después, en 1984, le dieron gas a Betancourt, y Samuel Noyola, Jesús de León, junto al poeta Eduardo Zambrano, resisten y fundan su propio taller: La Cornamusa, donde según de León, era más una secta alcohólica que oficiaba por destruirse los textos, como si fuesen verdugos. Suena pretensioso, y lo es, pero la primera vez que escuché el nombre de Samuel Noyola, fue al punto pedos, entre una plática sobre Rubén Salazar Mallén, acerca de una conferencia que dio sobre literatura mexicana, donde mejor habló de lo que significa la palabra coger, porque según Mallén, es más rico que enterarse una vez más, que Rulfo es el mejor narrador de México. Entre rizas de guajolote, cerveza, hojas de lectura, donde caían la sal de la botana, los brindis, Jesús me apunta con su dedo regordete. Me recuerdas a un amigo muy padre, da un trago y aterriza el envase. Está loco, cuando me quedaba en su casa, acostumbraba dormir en un ataúd, yo no dormía, me daba miedo, dice. Sepa la madre que le recordaba yo de él. Si los fumes de marihuana, si ser un morro siempre asiduo a la controversia y al desmadre, y nunca, sin dejar atrás, como titulan el nuevo libro de Bukowsky: La enfermedad de escribir. Entre recuerdos de Enrique Guzmán, paranoico, bajando una pintura que no era de él en Bellas artes, para después, encolerizado, azotarla contra el suelo, o, sobre José de Jesús Sampedro, cuando ganó el premio de poesía en 1971, y fue a recibirlo. La institución no creía que un hippie en huaraches, con una gran mata de pelo rizado y un morral de ixtle, fuera el poeta galardonado. En un ambiente así, fue la primera vez que escuché el nombre de Samuel Noyola, el poeta barroco. En la época que supe de él, según las cuentas de su fecha de desaparición, acababa de desaparecer. Se le conoce poca obra, pero acciones seguro se le saben más, que hasta se puede recopilar un libro; divertidísimo, llenos de su pasión y ocurrentes hazañas. Aseguro a que el público lector sonríe, como yo, cuando entré a una librería de viejo y en las cajas de cinco pesos, me encontré sin esperarlo, Nadar sabe mi llama, SEP, 1986. Lo publicó cuando apenas tenía 22 años. El título lo adquiere de un verso de Quevedo y en el poemario ya se anuncia como una promesa que toma enserio a la poesía. Ese libro llamó la atención de Octavio Paz, y entonces Noyola empieza su nuevo errar en el mundo, en la poesía, apadrinado por el premio nobel de literatura en 1990. Ese detalle enseguida hizo que se ganara el desprecio de muchos escritores aún hoy con vida. Claro, ¿Cómo imaginar a tantos intelectuales institucionales; blancos elefantes cuello blanco, que para todo siempre sacan su palabrita dominguera de las varias que traen bajo la manga, estar de acuerdo que un joven como Noyola, que además, era un Adonis, fuera el niño consentido de Paz? Tanto, que hasta le bajaba lana. Como esa anécdota, donde Paz, estando en España, un día entra a su habitación de hotel, y se encuentra a Noyola, sentado al borde de su cama, con la facha de loco, extendiendo la mano para que el padrino deposite. ¿Cómo entró? Sepa. Queda en el imaginario de la mitología y hazañas del poeta vagabundo. En los demás, después de tanta fortuna y salvajismo, sólo recelo, chisme grave, apartar(se) del raro. Otra vez la cantaleta del, ¡Está borracho, es un loco!, como excusa para terminar el dialogo que empezó como una crítica. El chiflado que toma la vida a juego, cómo es que se va a divertir, y uno se tiene que levantar a las siete de la mañana, a cumplir con un horario laboral, dirán. ¿Samuel Noyola tendría trabajo alguna vez en su vida? No lo creo. Amén.

Con el pasar del tiempo, di con Tequila con calavera, Vuelta 1993, no era lo que buscaba en ese momento, pero me lo encontré en los estantes polvosos de una biblioteca pública. Me lo metí entre el calzón y el ombligo, salí victorioso. Es una edición que le mandó hacer Octavio Paz antes de morir.

En este libro, las imágenes no de dejan de ser caos y complejidades, hastío y demasiado amor, demasiadas dedicatorias. Lo que significa en un su tiempo se definía como un poeta serio y latente. El poeta existe, dicen, y se sentía que estabas con uno, cuando convivían con él. El imaginario es más serio que antes; la vida cuelga de un hilo.

Otros libros que me encontré de Noyola, fue en la basura, dos ejemplares de Palomanegra Productions CONARTE, Mantis editores, 2003.

Pasaron diez años y apareció el poeta que no cesa su arte. Apadrinado por una institución, sigue empuñando la pluma, esbozando el poema y se declara sin retorno su moral. En este libro, la técnica no ha decaído, y encuentras rima tanto como verso libre, al igual que estrategias gramaticales. El sentimiento retumba de una palabra a otra, y el libro se sigue sosteniendo por voluntad ajena ¿será la licencia? porque adentro cada verso te eleva a un peregrinar delirante.

Otro libro, donde llegué a ver el Nombre de Samuel Noyola, es como coeditor, en La mirada de las vacas, Perros rabiosos ediciones, 1994.

Los años se dejaron venir, y alguien tarde que temprano se tenía que acordar del poeta, tanto, que se volvería una obsesión. Fue en Torreón, en un Festival de la Palabra, donde volví a escuchar su nombre, en una charla que sostuve con Luigi Amara, donde no sé cómo dimos con el tema del poeta. Dijo que la última vez que supieron de él, fue en una fiesta en casa de Fadanelli. Traía el brazo enyesado. Ahí supe la importancia del poeta, que ya implantó el malditismo, por el que muchos analistas se dejan embeber, para romantizar, para crear un icono en el que los estudiosos pasarán su vida interpretando la estética y su psicología. Noyola nunca se creyó poeta maldito, sino Bendito, porque aunque no tuviera dinero para el metro, podía caminar… Los malditos de la época, llamémosle Infrarrealismo, eran quienes tenían una afrenta contra Octavio Paz, volviéndose sus opositores ideológicos. Abogaron por la calle para abandonar lo que ni un día sintieron; el escritorio. En una ocasión, en una lectura de Paz, según cuentan, Mario Santiago Papasquiaro, se levanta y grita: Mucha pinche luz. Paz caya y pide que el ingrato sea haga valiente y de la cara. Papasquiaro se pone de pie. Paz le lanza una retórica acerca de su interrupción, con la que Mario no puede y se queda callado. Tiempo después, llega un guardia de seguridad que lo acompaña a la salida, en silencio sepulcral, seguro atónito por tanta pinche luz.

Es interesante saber que el documental de Guillermo Osorno; Vaquero del mediodía, 2019, venga de una anécdota que cuenta Juan Villoro, y que ocurre cuando presenta, en un restaurante, a Papasquiaro y Noyola. Mario saca una plaquette de su autoría, que firma: Para el vaquero del mediodía, porque según Villoro, Noyola llegó vestido muy norteño, con camisa, botas y hebilla, y el antecedente de Papasquiaro, que es de mala suerte beber antes de las doce del mediodía. Tremenda nostalgia da que Villoro cuenta que cuando se encontraba a Noyola en la calle, ya no podían tener una conversación, porque el poeta no podía contener su llanto. Es demasiada la nostalgia que me hace sentir y me pregunto, ¿En México, a los poetas les conoceremos después de que se pierdan? Porque tanta pinche luz encandila o qué. Ceguera la de todos, porque nadie nos quiere hablar de Noyola sino hasta que aparece en un anuncio con su retrato hablado, debajo de un gran Se Busca, como si en verdad se tratara de una película de crimen. ¿Por qué es a través de las cámaras que nos queremos preguntar, o dar testimonio del paradero de un poeta, siendo que en el camino, cual yogis en la India, hay de poetas sepultados en fosas sépticas, también llamadas calles de todo el mundo?

Hablar de Samuel Noyola, desde lo que va del año, no es cosa sencilla. Todo el gremio literario nacional anda como gallinas descabezadas, tirando a favor o en contra. Mencionando su nombre, sus hazañas. Mucha raza aún no puede ni mencionar el nombre del poeta. ¿A caso, es como darle una mordida a un cactus? Supongo que sí, tratándose del Enfant terrible de la poesía mexicana. Seductor de Octavio paz, y no sólo por su poesía, errabundo de todas las constelaciones, desde muy morro nunca se sintió atado. Vividor, conocedor de la poesía como de diler’s, homicidas o intelectuales. Como la breve estancia que tuvo en Nicaragua, diciendo que era artista plástico, y hasta se enlistó en la milicia, y hasta le hizo una portada a un poemario de Ernesto Cardenal, donde fue a conocer lo que jamás pudo dejar; la poesía. Su nombre, entonces, claro está, para muchos es como morder un cactus.

El documental resalta la personalidad de Samuel Noyola, lanzándolo más al misterio. Yo no lo conocí, sino por lo que ahora también cuenta Rentería, quien fue estafado, Fadanelli agredido, burlándose del papel de los demás, que apenas e intentan tomarse a sí mismos enserio, cuando enserio él sólo tomaba a la poesía. No hubo mujer, lujo o amigos que lo ataran, más que la muerte de Octavio Paz, él único padre que lo resguardaba, que lo cobijó en sus publicaciones, y por lo que el resto de la generación de Noyola, seguirán ardidos. Noyola, aciertan de León y Rentería: el acto del poeta es desaparecer. Poeta, esotérico, un mago que hace trucos y luego desaparece. Puede estar en cualquier parte, pero él ha elegido el auto-destierro. En la poesía como en el arte de la calle, como dicen, primero se conoce el nombre del perro. Cosa que Noyola sabía bien, ya lo dice su gran poema Nocturno de la Calzada Madero. Me interesa esa etapa de su vida, donde vive en una Van en la Narvarte. Los vecinos saben de su oficio, porque sólo el de la carnicería, la de la tiendita de la esquina, el borracho y el perro en la banqueta, son dignos conocedores de un poeta cada mil años. Le dieron ropa y asistieron a Bellas artes a la presentación por la reedición de su libro, Tequila con calavera. La vida emblemática de Noyola, más que de excesos, se ve envuelta en un enigma poético. Me encanta, como en el documental, un vagabundo analiza su rostro, poniendo la palma de su mano sobre el impreso, buscando suposiciones, haciendo memoria en todo el caos de su cabeza, sólo para que sus recuerdos, de pronto, como varios mundos que se alinean, empieza a analizarle la mirada. Algo hizo este vato, míralo, como que se está burlando, sentencia. Es una belleza ver videos de Noyola, caminando, un Adonis, muy de la época, joven, con arracada, pañuelo, mira a la cámara y dice, Hola amigos, soy el patos Lucas. La televisión ha sido la escuela de muchos, y las caricaturas nos educaron. Para hacer una prueba de video, ponerse en el papel de una, es tonto, gracioso.

De Noyola no ha quedado más que un mito. La búsqueda de su trabajo en la poesía también ya es el acto y nosotros, el público distraído que después de querer poner atención al acto, este se ha terminado y no se volverá a repetir; el poeta desapareció. Queda almacenado en esos recuerdos de quienes lo conocieron, amaron y odiaron. No lo conocí, una lástima. Ahora gracias al documental, lo conozco un poco más y un tanto menos. Algo tienen las acciones de Noyola, que me tranquiliza saber que no vale nada la obra corrupta, infestada por elites literarias, donde siempre se hablará lo mismo de los mismos. Noyola lo sabía y lo abandonó por completo. De la literatura de Monterrey, sostiene en una entrevista que hay en Youtube, que ningún autor de su ciudad natal ha logrado hacer literatura que conmueva. Estoy seguro que esa idea no envejece. Se entregó a la vagancia, pero también a la poesía. La buscó, se empapó de lo mejor del momento. Para entonces, casi todo el gremio internacional y nacional estaba más vivo que nunca. Octavio Paz publicando, Borges dando conferencias, Márquez desquiciado con la pluma haciendo sudar a sus cuatro correctores de estilo. Hizo lo que quiso, dijo la mística que lee el tarot en el documental.

Jesús de León, hace años me dio un manuscrito, fotocopia, que escribió Samuel Noyola. Se ve que lo hizo a máquina y aun trae las correcciones por hacer. Lo guardo desde hace mucho y para mí es como una joya. El texto se trata de una visita de Noyola a la casa del maestro Jesús. Hicieron la pira erudita; drama-crónica, que es una reseña de tres libros de Jesús, Afuera hay un mundo de gatos, Premiá, 1987, Pamela del Río o Bajo el rencor, Dos filos, 1988, y Casa con dos puertas, edición de autor, 1993, y el extra y, por el que lleva ese título, es la hazaña de que se pusieron a quemar libros y fotocopias.

Es chingón saber que el texto que menciono, tiene que ver un poco con ese cierre del documental, donde aparece en llamas un libro de Noyola, un hombre al que el tiempo fue mutilando, y de quien recordamos, ante todo, es un poeta. Como José Santana, al que ahora con bastón y sin dientes, me dice cuándo le pregunto por curiosidad, que si conoce a Noyola, sí lo conocí, éramos amantes. Se ríe y me recuerda a un niño que se divierte por la travesura   que ha hecho. Aseguro que no bromeo, me vuelve a responder, estás hablando con alguien que no tiene neuronas, reímos, continúa, sí lo conocí, en el noventa, cuando todavía no sabías nada y yo era un muchacho ávido de conocimiento. Vino a Saltillo a dar un taller de poesía en la IBERO, recuerdo que también participaron Eduardo Langagne y Emmanuel Carballo. Quién está a punto de morir, pregunto. Que levante la mano ese poeta de institución. Que señalen disparando a quema ropa el que vea a uno. Que se levanten los poetas, con una chingada, esos que tienen a la poesía meciendo en la cuna. Queremos salir de la superficialidad del lenguaje, del criterio intelectual. ¿No están viendo el mundo? Abran bien los ojos y cállense la mente. Es momento para dejar de pensar en nosotros y descifremos el poema.