Texto seleccionado en la convocatoria "Octubre de terror"

El vómito me invade, la cadavérica enfermedad que traigo conmigo no se queda en silencio en medio de este mausoleo de caras enfermas, de cuerpos anclados a tubos, con la violencia en los dientes dos hombres se inyectan insultos, en las calles los autos se cierran unos a otros y también se insultan, sube por mi tráquea el oscuro fluido mientras el bus acelera,  uno de los hombres le lanza un cabezazo a la cara del otro, el bus pasa un semáforo haciendo caso omiso al pare.

Despierto con ese oscuro sabor que de nuevo invade mi garganta, pareciera ser mi cuerpo un recipiente caduco incapaz de albergar el viscoso contenido que dentro de mí se cierne,  mi lánguido cuerpo se está doblando por el dolor. Es tan limpio este lugar, en lo más profundo de este sitio crece en silencio el óxido, que avanza y corroe hasta el amarillo más exagerado dejando fierros mal mordidos y fragmentados tras de sí.

El dolor aumenta ahora me dobla, parece que esta enfermedad despierta al fin, dentro de la ducha me quiebro, me resbalo, ahora todo parece estar intentando disimular el óxido, oxidadas mis articulaciones, me parasita el óxido de mi baño, el vómito llegó al fin, me constriñe por dentro y mi oxidada mandíbula se resquebraja por la violencia con la que el oscuro fluido quiere salir de mí…

El cálido fluido espeso corre ahora desde mi interior, desde mi cabeza envenenada y fluye casi suspendido en el aire, parece salir en una sola pieza sin romperse, hasta que sin más se estrella con mis pies y gradualmente los entierra en la oscuridad, lo que antes era el suelo de mi corriente baño, ahora es una fosa profunda que se come mi cuerpo desde los pies, yo lo escupo y ahora él me traga, mis músculos se contraen, la amargura me sabe desde la médula hasta el encéfalo.

Nunca me ha gustado vomitarme encima los martes, no soporto saludar de beso a las chicas los días en los que traigo conmigo este negro fantasma, el olor fuerte casi como gasolina no se va tan fácil y se impregna en mis poros esperando a ser gatillado por algún movimiento violento, algo así como un beso a las ocho de la mañana, ese olor como rutina  rancia es como la demencia y silenciosamente invade otras vidas para migrar y mutar, esta locura rota y desmechuzada en silencio se contrae.

No sé qué sucederá con mis pies debajo de este pozo en lo profundo del paisaje de jugos gástricos. Es momento de dejar correr el agua, que me limpie gradualmente, que inunde de transparencia este lugar de marquesina blanca, ahora mis pies como montañas surgen de la oscuridad son montañas que florecen después del terror.

En este lugar las mañanas amanecen de noche y los cuerpos que transitan por su gastado concreto marchan, solo parecen ser capaces de marchar. Desde la periferia la ciudad está sitiada, está rodeada, la tenemos flanqueada por todos sus bordes la asfixiamos, un ladrillo a la vez y mientras avanzamos mi fantasmal enfermedad y yo parecemos un filo que corta el frío y se abre camino en la noche o mejor dicho en la madrugada que aún no amanece, desde la periferia los días inician antes de que inicie la mañana,  me acerco sigilosamente a un muro, para poder pasar por entre una pandilla de perros famélicos, como con la firme intención de no querer despertar esta amenaza, pero no importa, al parecer el frío los tiene vencidos.

Me rodean rostros pálidos de expresiones vacías, estos solo marchan apresurados para ganarle la carrera al sol y poder amanecer en la ciudad, ellos los muy miserables no se permiten mirar desde las montañas cómo se ve una ciudad sitiada estratégicamente, rodeada por seres marginados de historias olvidadas de miradas caídas que parecen vivir alejados y relegados en la penumbra sin que nadie pueda asegurar si en verdad existen, en este rincón enladrillado cuando le doy la espalda a la fortaleza en perpetuo declive puedo ver un horizonte infinito, ahora me siento insignificante. Me despido con un beso, ahora voy a penetrarte en un Transmilenio, voy a penetrar en ti como como una rata por una de tus infectadas arterias congestionadas e intoxicadas, nos merecemos un beso antes de que logre entrar en lo profundo de tus entrañas.


La demencia nos persigue, no, vamos sumergiéndonos en un mar de automóviles en el frenesí de una subciudad que tiene que migrar para empujar los engranes de otra ciudad, son dos amantes, una necesita de la otra para hacer posible una rutina de horrores. Logro un cupo en este monstruo que devora petróleo para escupirle demencia en la cara a toda esta migración de seres herramienta, con un travesaño atravesando sus cadavéricos rostros, todos van tarde en esta sístole perpetua; ahora que los veo maltrechos y cada vez más hundidos en grises de petróleo quemado que se tornan más oscuros, puedo ver que estas frías hormigas no están heladas por dentro, no del todo, saben odiar.

Ahora en este nuevo monstruo sobre el que tabletean mis pies, una máquina que con doce muelas se abre paso rompiendo el asfalto, estoy obstruido, creo que estoy rodeado por hormigas, monstruosamente artificiales, me abro paso a empujones y codazos, llego a tiempo para ver por la ventana como me alejo del hormiguero de cielos rotos, mientras esta carraca de doce muelas avanza.

Me voy dando cuenta que esta montaña fundida en ladrillos y martillada, ya la hemos deformado hasta hacerla parecer una cabeza humana, es como ver una favela ensamblada en sobre el rostro de un gigante de piedra, una construcción humana para habitarla como bacterias en una infección.

Mi ruta avanza,  por fin, me empujo sobre una quijada roja por una arteria saturada para llegar al corazón de esta bestia, de golpe me doblo sobre mi endeble cuerpo ¿Será acaso más nausea? Intento alejarme de mi cuerpo y poso mis ojos sobre en la ventana,  puedo ver cómo avanza la demencia por estas calles y corre rauda sobre los cuerpos de todos, logro diferenciar más articulados  que van dejando una estela de fósiles quemados que hace desaparecer su color rojo.

Una sombrilla ajena me entra por la boca, una nueva estación, entre estas hormigas resalta un cerdo que me mira con desprecio, como buscando culpables en la doctrina del enemigo interno, quiere que en sus pezuñas se triture el gusano de esta manzana, para mí lo trágico es no entender que además de hormigas todos somos gusanos.

Una voz metálica interrumpe mi juego de miradas con el cerdo, se me está destemplando en la cabeza, me hablan de esta ciudad como si por sus calles corriera la fraternidad, el asco me invade mientras miro por sus calles figuras repletas de odio, la voz estridente sigue con una sonrisa vendiendo vidas ideales en la metrópoli próspera. Una nebulosa de humo entra por la ventana y oscurece un tenue cartel del Ministerio de Ambiente sobre la conservación y el futuro, las puertas se abren y se cierran frenéticas, las hostilidades aumentan, sus bocas comienzan a escupir saliva y odio por todas partes, las puertas no se cierran.

Ahora mi dolor regresa y me ahoga,  entre tanto los seres que me acompañan se muestran los dientes unos a otros, se empujan para entrar para llegar a algún lugar, sus rostros parecen estar más oscuros y parece salir de sus bocas un vaho negro con cada insulto.

Puedo ver cómo sale de mi boca el fluido suicida con dirección al suelo, los hombres se estrellan con violencia los nudillos en la cara del contrincante, el bus pega un brinco y todos volamos en su interior, cuando mi cuerpo aterriza  me encharco en vomito negro e inflamable, el bus frena y por la ventana se puede ver un cuerpo tirado en el suelo doblado de tal forma que pareciera no tener huesos, veo entones que emerge un charco de sangre oscura y espesa, entonces lo entiendo. Vomitar petróleo no es mi enfermedad particular, es nuestra histeria colectiva.