James Ensor - Melancholy Fishives (1892)
Texto seleccionado en la convocatoria "Octubre de terror"

¡Miércoles! Ya son las once y media, y Clarita me dijo que debía llegar hace cuarenta minutos, ojalá este ascensor suba rápido, con lo enojada que se pone cuando uno le llega tarde,  pero bueno, qué puedo hacer, si casi no está listo el flan de coco, y menos mal hice el postre yo, porque Clarita de cocinera es muy malita la pobre, aunque más pobre el Gregorio, toda la vida comiendo lo mismo, no como cuando yo los invitaba a almorzar, ¡dejaba el plato limpio!, me daba un gusto verlo feliz, siempre le gustó mi lasagna de pollo, cada vez que la comían Clarita me pedía y me volvía a pedir la receta, pero ni boba que fuera, nunca le hubiera dicho qué quesos usaba, el chef del programa dijo que Ese era el secreto, los quesos, Emmental, Provolone, y Parmesano, en cambio ella usando ese queso ordinario, esa debió ser la razón por la que el Gregorio murió, por comer lo que le hacía Clarita ¿Y ahora, por qué no me abrirá? Debe ser que no ha reparado el timbre, un año ya y sigue igual, será golpear la puerta con una moneda, con lo débil que estoy… y con lo sorda de Clarita.

—¿Helenita? Adelante, bienvenida querida, ¿cómo estás? ¡Ajá!

—¡Clarita! Muy bien, muy bien, ¿y vos? Perdón por llegar tarde, pero mira, traje mi flan de coco para las onces.

—Ala, no te hubieras molestado Helenita, pero gracias, me tienes que dar la receta, ¿eh?, y no te preocupes, que me diste tiempo para arreglar la casa.

¿Otra vez la receta? Si la pide cada vez que hago el flan, ¡ah!, pero si acá está lleno de polvo, para eso me hubiera tardado una hora más, a ver si deja la casa limpia, parece como si no le diera pena con las visitas.

—Claro que sí, ahorita te paso la receta, ¡si es lo más de fácil! Tienes la casa muy linda, por cierto, ¿cambiaste los muebles de lugar?

—Tú siempre fijándote en todo, por ahí moví unos checheres, pero ya. Ven, siéntate, que ya está el café. Mejor cuéntame, cómo sigues, ¿qué tal estás de salud?

¡Miércoles! Si seré bruta ¡Las pastas del corazón! Por San Evaristo. ¿Sí me las habré tomado hoy? Sí, ahora que recuerdo, sí. Yo me hago aquí, en la silla del Gregorio, desde esta silla me mandaba esas miradas tan coquetas de él, ¡de tan sólo pensar en esos años se me vuelven a subir los colores!

—Pues igual, mi Danielito, el médico, siempre me cuida y me deja las pastas de la tensión. Ese chinito mío, siempre tan atento.

—Eso me alegra, qué suerte la tuya, en cambio desde que se fue mi Gregorio ya nadie me cuida, pero igual mírame, estoy hecha un roble. ¿¡Sí te dije que más de una vez me han puesto 60!? Igual hay que cuidarse, a esta edad uno se puede morir en cualquier momento. Mira, aquí está el tintito, pruébalo y me dices qué tal está, es un café especial.

—Gracias querida, gracias. —A Clarita ni el café le queda bien, definitivamente—. Tiene un sabor… curioso. ¿Qué marca es? —Para no comprarlo.

—Es uno orgánico que conseguí en el mercado el otro día, dicen que saben a nueces y frutos y no sé qué más. A mí me encanta, me parece que está de mo rir se; pero dale, tómalo, que se te va a enfriar.

—Ya, ya. ¿Y qué más me cuentas?, ¿qué es de tu vida?

—Ah, pues nada Helenita, achilada, ya casi dos años de la muerte del Gregorio.

—¿Dos años? Cómo pasa el tiempo de rápido, —Ay, mi Gregorio, pareciera ayer cuando nos veíamos a solas. Extraño la juventud, ya me siento mareada por todo, ¿será por pensar en él?—, lo debes extrañar mucho.

—Pues igual él siempre fue poco cariñoso conmigo, a veces siento que ni lo alcancé a conocer bien, pero lo quería.

—Y él a ti Clarita, a la final siempre fue así, nunca le contaba nada a nadie.

—Lo sé querida, y no es que me preocupara por eso. Pero siempre sentí que guardaba sus secretos. Por años tuve la sospecha de que tenía una moza y todo.

—¿Moza? —Tan atrevida esta—. Cómo vas a decir eso, él nunca te lo hubiera hecho.

—Sí, Helenita, sí. Siempre lo sospeché: eso fue hace ya muchos años, me acuerdo que se perdía por horas y llegaba oliendo a puro perfume de fulana.

¡De fulana! Qué tal esta descarada, de fulana dice la que compraba puro pachulí de segunda, la que nunca tuvo clase ni elegancia, esos perfumes eran im por ta dos. Y sí, al principio estuvimos descuidados, pero no volvió a pasar, y por San Orencio, sé que era malo, pero no me arrepiento. Amor como el de Gregorio ninguno. Tan solo acordarme de él hace que se me acelere el corazón. Se… ¡se me están yendo las luces!

—Esos son puros cuentos… Clarita, él te amaba, estoy segura de eso… ¿No tendrás un vasito de agua?, no me siento bien.

—Sé que me amaba, pero también era medio burro. Esto no se lo he contado a nadie, pero hace dos años, justo la noche anterior de su muerte, estaba buscando unos papeles en su escritorio y al fondo descubrí las cartas que se mandaba con la amante, y a que no adivinas el nombre de la fulana.

—Clarita… yo —Santa Otilia—  las pastas —¡me duele!—,  mi —¡auxilio!— corazón.

—Pero Helenita, ¿estás bien? Te ves terrible. Espero que el tintito no te haya sentado mal. Igual a esta edad uno se puede morir en cualquier momento: no importa que lo envenenen, en el acta escriben que fue por causa natural, tal como pasó con el Gregorio. Por cierto, me saludas al desgraciado de mi marido. Fulana.