Jackson aseguró: “No hay nada como tener demasiado miedo de salir para mantenerte escribiendo.”

Shirley Jackson no se libró jamás de los extensos y mortíferos tentáculos de su madre que la aprisionaron durante toda la vida. Después del éxito de su última novela Siempre hemos vivido en el castillo, Geraldine le escribió una carta en la que le decía que ni siquiera había leído la entrevista realizada a su hija pero que en la foto lucía fatal y que estaba muy triste por el modo en el que se había abandonado.

Desde que era una niña, Shirley se topó una y otra vez con los rigurosos convencionalismos sociales de su época que además estaban profundamente arraigados en su familia. Geraldine hubiera querido tener una hija más dócil, femenina y parecida a las demás niñas. Además alguna vez afirmó que Shirley llegó demasiado pronto, lo que impidió que disfrutara con mayor plenitud la vida social al lado de su apuesto marido.

Shirley fue una niña peculiar desde pequeña. Escribía, lucía siempre desaliñada a pesar de los esfuerzos de Geraldine por vestirla como muñeca. Era poco sociable y aprendió muy pronto a esconder sus escritos de su madre que solía esculcar su cuarto. Con estos antecedentes no es de extrañar que en sus cuentos y novelas aborde lo desconocido, lo extraño, el ocultamiento, los personajes con varias personalidades.

Durante su infancia y adolescencia luchó continuamente con la exigencia de sus padres y de quienes la rodeaban para que se pareciera a las demás jóvenes. No resultó buena estudiante y tampoco era la belleza que Geraldine esperaba. Quizá por eso en cuanto conoció a Stanley Edgar Hyman -que aseguró, se casaría con la autora del cuento que apareció en la revista universitaria- accedió a convertirse en su pareja de vida.

El matrimonio fue rechazado por ambas familias. Geraldine y Leslie estaban escandalizados porque la familia de Hyman era judía y además los consideraban comunistas. Mientras que los padres de Hyman esperaban una esposa judía para darle continuidad al clan. Su relación siempre fue intensa. Hayman dominaba todos los aspectos de la relación y Jackson no oponía resistencia, embelesada con alguien que al fin la tomaba en serio con su escritura e intereses. Pareciera que sustituyó a su madre con Hyman, ambos controladores y dominantes.

Jackson y Hyman tuvieron cuatro hijos, varios gatos y algunos perros. Vivieron la mayor parte del tiempo en Bennington, Nueva Inglaterra porque Hyman tenía un puesto de profesor en esa universidad. Jackson se dedicaba a escribir, criar a los hijos, preparar la comida y mantener medianamente recogida la casa. Era demasiado trabajo para ella pero Hyman se negaba a contratar a alguien que les ayudara. Los hijos recordarán que Jackson dejaba notas por todos lados: en las habitaciones, la cocina, el comedor, la biblioteca. En cuanto se le ocurría una idea la anotaba para desarrollarla cuando al fin tuviera tiempo de sentarse en el escritorio y teclear.


Shirley Jackson y sus hijos, 1956. 
Fotografía de: Erich Hartmann / Magnum

Se sometió a Hyman sin reticencias. Sabía de sus infidelidades con las alumnas de la universidad y lo toleraba. En cuanto la carrera de Jackson recibió reconocimiento empezó a ganar más que su marido sin embargo éste continuó administrando el dinero y sólo le daba a Jackson lo que le parecía conveniente.

El ambiente en el North Bennington tampoco era el más adecuado para Jackson. Los vecinos nunca los aceptaron del todo y menos a ella tan distinta al resto de las vecinas, a lo que se espera de la esposa de un profesor universitario. En muchas de sus historias plasma las situaciones terroríficas que implican vivir en pueblos de gente conservadora que desconfía de los intrusos y que están dispuestos a lincharlos, aunque sea de manera metafórica.

Sin duda el cuento más famoso de la autora es La lotería, en el que narra la lapidación colectiva de una ama de casa en un pueblo debido a una tradición anual. El cuento publicado en The New Yorker causó reacciones inesperadas y agresivas. Supongo que los lectores y sobre todo las lectoras no toleraron el planteamiento de la normalización del mal en un pueblo aparentemente común y próspero. Por el tono y el contenido de las cartas supongo que las personas que se quejaron del cuento se identificaron de alguna manera con los linchadores, gente buena y trabajadora que por tradición está dispuesta a sacrificar a una mujer inocente que forma parte de su propia comunidad. La historia de terror se revirtió en la vida de Jackson que recibió un promedio de diez cartas diarias a partir de la publicación del cuento. En algunas se le preguntaba si esos ritos existían. En otras le decían que habían perdido la fe en la literatura, que jamás volverían a comprar The New Yorker, que era una mujer despreciable e incluso que no sería bienvenida en ningún lado. Y su madre no se quedó atrás: “A tu papá y a mí no nos gustó nada tu historia en The New Yorker. ¿Por qué no escribes algo que anime a la gente?”

Afortunadamente, a pesar de lo mucho que esta situación afectó a Jackson, ésta continúo escribiendo historias de terror cotidiano con una fuerte crítica social a la hipocresía y las altas expectativas impuestas a las mujeres. Jackson aseguró: “No hay nada como tener demasiado miedo de salir para mantenerte escribiendo.”

En la novela El reloj de sol –Stephen King afirma que se basó en esta novela para el laberinto en el jardín que aparece El resplandor– una familia se encierra en su mansión, convencidos de que el fin del mundo se aproxima. La señora Halloran es la matriarca, es manipuladora y cruel. Ella lleva las riendas de la situación y todos sucumben a la idea de que el mundo está por desplomarse. La enorme casa funciona como un personaje más, es lúgubre, inmensa y parece respirar. Los rencores y secretos de los personajes parecen cobrar vida y manifestarse en los momentos más inesperados. Resulta inevitable reconocer en algunos rasgos de la señora Halloran a Geraldine, la madre de Jackson. La dinámica familiar ocurre bajo la sombra de la señora y nada parece escapar a su juicio infalible.

Shirley Jackson exorciza sus demonios a través de la escritura. En La maldición de Hill house, quizá su novela más famosa, un grupo de personas acompañadas por un investigador paranormal acceden a habitar una casa embrujada para registrar lo que ocurre. Ahí se encuentran dos mujeres jóvenes completamente opuestas en carácter. Eleanor es tímida y triste, luego de cuidar a su madre arisca durante once años se ha convertido en una persona torpe con el trato social. Theodora, por otro lado, es alegre y coqueta, tiene una increíble capacidad telepática y resentirá las energías de la casa embrujada. Las dos mujeres reflejan la doble personalidad de Jackson que a veces era extrovertida y platicadora y otras veces, sobre todo cuando se sentía amenazada, callada y distante.

En Siempre hemos vivido en el castillo, a mi parecer su mejor novela, Merricat narra su vida cotidiana encerrada en una gran casa con su hermana Constance acusada de haber envenenado a la familia de manera accidental. Constance es una excelente cocinera, tierna, amable, dedicada. Merricat por el contrario es medio salvaje, solitaria e intrépida. De nuevo las dos personalidades de Jackson están plasmadas de manera precisa en este cuento de hadas siniestro. 

Jackson también escribió varios textos en los que narraba la vida familiar cotidiana, las dificultades y retos para entretener a los hijos, realizar las labores domésticas y conservar el buen humor. Estos textos tenían gran éxito entre lectoras madres que veían en Jackson un ejemplo de templanza y constancia. Algunas seguramente no sospechaban que esta ama de casa activa y desenfadada también escribía relatos de terror en los que retrata el lado siniestro de la sociedad. Vida entre los salvajes es un libro que reúne estas crónicas salpicadas de ficción y de humor para hacer más llevadera una vida con la que Jackson nunca se sintió cómoda.

Shirley Jackson afirmaba que veía lo mismo que los gatos. Solía tener varios felinos y cuando su marido le preguntaba si había gatos nuevos, ella afirmaba que se trataba del mismo porque todos eran negros. La familia recibía con mucha frecuencia amigos artistas y las borracheras eran memorables. Desde Salinger a Dylan Thomas, pasando por Ralph Ellison solían visitar a Jackson y a Hyman atraídos por la hospitalidad y generosidad de la pareja. La biblioteca albergaba miles de libros, muchos de ellos de brujería que Jackson coleccionaba. Solía leerle a sus hijos y alentaba su curiosidad. Las discusiones en la mesa mientras comían versaban sobre cualquier tema, lo único por lo que les llamaban la atención era no tener argumentos. Los hijos de Jackson-Hyman afirman que se dieron cuenta de lo peculiar que era su familia cuando empezaron a visitar a sus amigos.

Shirley Jackson murió de un ataque al corazón mientras dormía en 1965, apenas tenía 48 años. Seguramente el sobrepeso, el exceso de cigarros y alcohol, las anfetaminas para adelgazar y los barbitúricos para la ansiedad se convirtieron en un coctel mortal. Lo anterior sumado a las profundas depresiones, al maltrato de su marido que la consideraba una bruta con talento, al rechazo constante de su familia y la pesada carga de llenar todas las expectativas provocaron una muerte prematura, precisamente cuando su escritura había alcanzado una madurez notable y sus historias una sutil crueldad mezclada con ironía y humor perverso.