Texto seleccionado en la convocatoria "Octubre de terror"

Aquí las fiestas siempre habían sido de día. Mi padre decía que la siguiente época sería especial porque otra vez, durante una década, habría tierra fértil para la cosecha. Mamá murió cuando yo nací, es por eso que mis tres hermanas se encargaron de cuidarme. Cuando mi padre iba a cazar, alguna de ellas lo acompañaba; a mí nunca me llevaban porque como todavía era una niña, decían que el Bergkonge me olería y trataría de robarme para arrancarme la piel y usarla de abrigo; cuentan que es el rey de la montaña y aquí le adoran casi tanto como le temen; aunque dicen mis hermanas, a manera de burla, que a mi padre le gusta inventar historias sobre el bosque.

Lo que mi familia no sabía es que cada mes, cuando ellos salían de madrugada y pensaban que dormía, mis amigas y yo nos escapábamos al bosque para alimentar a los animales con el pan que sobraba en el desayuno. Una noche Othila nos dijo que lejos de nuestra villa, conoció a una mujer sin un ojo y le contó que saliendo de su aldea, había lugares sin montañas donde las personas se transportaban en aparatos ruidosos y vivían en unos cubos tan altos que casi tocaban el cielo; pero ninguna de las otras niñas le creyó. 

Recuerdo que aquella noche de luna llena fue la primera vez que sentí frío en todo el  año, y el olor a tierra mojada impregnó mi ropón blanco manchado por el lodo que dejó la lluvia de la tarde. Mis amigas no me acompañaron como cada mes, porque sus padres les advirtieron que ese día saldría el Bergkonge a robarse a las niñas que no estuvieran en casa. Yo sabía que solamente eran cuentos, así que fui sola al bosque pensando que conocía perfectamente sus caminos. Después de tirar el pan junto a los árboles donde habitaban los cuervos, percibí un sonido extraño parecido al de un estruendo intermitente en una tormenta de verano; al acercarme comencé a oír voces femeninas que asemejaban el canto de aves nocturnas; seguí caminando hasta lograr ver luz y cuerpos desnudos que danzaban en sintonía con el fuego de las antorchas; conforme me movía, el calor que emitía el suelo envolvía mis pies descalzos a la grava; caminé un poco más y vi a mi padre que me tomó del brazo y me puso en el centro de aquella danza, junto a las otras niñas que estaban atadas, llorando y suplicando por ayuda. Escuché rugidos entre los árboles que parecían osos enervados, y el suelo retumbaba como si poco a poco se aproximaran los pasos de un gigante, luego mi padre se acercó con una sonrisa macabra y me recordó que durante la siguiente década, la cosecha sería abundante debido a la ofrenda.