Aún percibe los olores en algún rinconcito de su memoria, como a incienso, a hierba quemada, y la sal bajo las axilas de un hombre, ese hombre corpulento que la fue enredando con quién sabe qué cuentos hasta que, sin entender ella muy bien cómo, salió con algo en la panza. Amanda tuvo dieciocho años, una barriga inmensa que a duras penas le dejaba ver sus pies y una piel que picaba y picaba como si tuviera mil aguijones dentro.

Amanda abre la llave del agua caliente y espera a que salga vapor antes de meterse. Entra a la ducha, cierra la puerta de vidrio y se mete bajo el chorro. Se moja el rostro y baja la cabeza para que el agua le caiga en la nuca. El agua se desliza por sus hombros, sobre sus pechos ligeramente caídos, se anuda en el pliegue de su abdomen y sigue cayendo por su barriga, empozándose en el ombligo. Amanda está segura de que esa panza deforme le quedó por no haberse fajado en el primer embarazo, ¿pero ella qué iba a saber? Le duele pensar que le tocó parir a ese bastardo porque no encontró más opciones. Al niño le hubiera ido mejor muerto, ni lo habría sentido. Pero, con diecisiete años, ¿qué iba a saber Amanda de la vida? Recuerda esos tiempos en que su cuerpo no le generaba inquietudes; esos mismos tiempos en los que su hermana se paseaba por la casa en las noches como alma en pena, con el escapulario entre los dedos, chillando como un animalito enfermo, mejor dicho, como la llorona por su hijo, justo cuando Amanda pretendía escaparse por la puerta de atrás para poder fumar, porque ya no soportaba ni a Ángel ni a su hermana, a la que difícilmente entendía. Ya tan mal estaba Isabel, quién sabe si borracha o ahogada en pastillas para el sueño, que con los días Amanda podía escapar en sus narices sin que le dijera ya nada. Y Amanda, sin saber lo que hacía, fue pasando cada vez menos tiempo en esa casa de rejas blancas y más horas vagabundeando por ahí, con gente de la que ahora ya no puede ver ni sus ojos, ni su pelo, ni sus sonrisas. Amanda restriega el champú en su cabeza dándose un masaje suave. La espuma sube y ella cierra los ojos. Aún percibe los olores en algún rinconcito de su memoria, como a incienso, a hierba quemada, y la sal bajo las axilas de un hombre, ese hombre corpulento que la fue enredando con quién sabe qué cuentos hasta que, sin entender ella muy bien cómo, salió con algo en la panza. Amanda tuvo dieciocho años, una barriga inmensa que a duras penas le dejaba ver sus pies y una piel que picaba y picaba como si tuviera mil aguijones dentro. De eso le quedaron sus primeras estrías, las más profundas. Ojalá entonces hubiera sido fácil arrancarse un niño del vientre. Pasaba el tiempo imaginando al bebé llorar de hambre por allá dentro, patearle la panza de impotencia por no poder salir y calcular cómo seguiría deformando su cuerpo. Y ella lo único que quería era que ese bastardito saliera y se fuera bien lejos, que naciera caminando como los terneros. Por ella, se lo habría extirpado del cuerpo apenas supo de su existencia para que entonces llorara por algo. Pasaba los días pensando en que, si caminaba mucho, si aguantaba el hambre, si dormía muy profundamente, tal vez un día despertaría sin nada en la panza. Seguro el bastardito saldría al papá. ¿Un bebé con bigote?, porque eso sí lo recuerda, ese bigote, a veces grasiento, que le hacía cosquillas en la boca. ¿Cómo fue que se dejó enredar por un tabacalero achicharrado por el sol? Amanda siente mareo, tal vez por el olor dulce del champú. Deja caer la espuma blanca bajo el agua. Estar embarazada debe ser desintoxicante, piensa. De tanto vómito ese niño la iba a dejar hueca, y es que después de los primeros meses Amanda ya ni sabía qué era lo que vomitaba porque el papá no era capaz de comprarle un pedazo de pan. Ella había escapado de la casa para que Isabel no supiera nada de nada, y ese hombre la había metido en una habitación de paredes verdes y sucias, por allá en un barrio en los cerros. Hubiera sido un escándalo, un hijo fuera del matrimonio, y ella sin saber que el hombre estaba casado. Que le llevara el niño a su mujer y a ella la dejara quieta. ¿Qué dirían las comadres y las vecinas y la familia si supieran? Pero no, ahí no había pasado nada. Amanda cierra la ducha y empieza a enjabonarse el cuerpo, pasa el jabón por sus senos, luego por el pliegue debajo de ellos. ¿A dónde se le habrá ido toda esa leche que no terminó de salir? Cree que ahora sí lo recuerda, a ese hombre muerto del susto cuando le dijo que estaba embarazada, y él que fue diciendo ese hijo no es mío. ¿Entonces de quién? Solo le pedía que la escondiera mientras el bastardo salía. Podía agradecer que no le exigía más. ¿Cómo se le ocurría que un hombre de más de treinta iba a estar soltero? Solo no pensó. Por su culpa tuvo las tetas hinchadas, los pezones irritados y un tumorcito con pies y manos, feo y arrugado, bien dentro del cuerpo. Amanda se enjabona la vulva y baja hacia sus piernas. Ya va siendo hora de depilarse, pero con el tiempo le ha cogido tanta pereza a la cera y a los rastrillos. Lo que fue parir en una cama estrecha con la nuca, la espalda, el pecho y los muslos sudando, eso debería tener un nombre exacto. Pensó que nacería un niño acalorado y contagiado de su rabia ¿y cómo aguantárselo entonces si no se soportaba ni a sí misma? Esos nueve meses pasaron con la lentitud de los atardeceres de fin de año. Creyó que moriría, que ese niño se la llevaría toda para el otro lado de la vida. No quería, no le importaba saber su sexo, si pateaba, si la rozaba o si lloraba; no quería bautizos, ni cumpleaños, ni primeras comuniones, ni nada. ¿No le era suficiente con comer de su cuerpo y orinar en él? Entonces el mundo se le volvió tan estrecho: una camilla y un cuerpo que se reventaba. ¿Estaba seguro ese niño de querer salir al mundo? Y el mundo… Niña, ¿es que cree que usted es la única que está por dar a luz? ¿Podría colaborar pujando? Señorita, qué pena por no saber parir. ¿Esas enfermeras nunca habían parido o ya se les había olvidado el dolor? Estaba hundida en un charco viscoso, blanco, rojo, negro, que emanaba de su cuerpo. Con el último pujo que le salió del tuétano creyó que se le rompería el útero con la fragilidad de una vajilla china. ¿Nació el niño bigotón? No importaba, no quería ver a ese bebé lleno de sus fluidos, con el cordón umbilical colgando. ¿Y si le veía la cara y se terminaba enamorando? ¿Y si en vez de los bigotes salía con sus ojos? Y entonces, ¿qué pasó?, ¿al niño dónde lo dejó? Amanda abre la ducha y se enjuaga el jabón. Luego se echa acondicionador desenredándose el cabello con los dedos. ¿La habrá buscado alguna vez? Dicen que el hijo pródigo siempre vuelve a casa. ¿Qué casa? Recuerda haber corrido a los brazos de su hermana, sin bebé y sin panza, como lo hizo siempre, como lo hace ahora. Después de tanto tiempo sin saberla ni viva ni muerta, así lo decía Isabel, aunque fue menos de un año y para ella, entre tanto, un año no era nada, su hermana le abrió la reja y la puerta de la casa, la abrazó y clavó su cara en el hombro de Amanda haciéndola sentir el calor de su aliento. Isabel dejó que la vieran llorar. ¿Cómo no decírselo todo? Así fundidas, Amanda se lo empezó a contar, las razones de su huida, los dolores del abandono, la miseria, los deseos de matar a esa criatura que ni siquiera había probado la vida. Entonces, Isabel dejó de abrazarla y se limitó a mirarla mientras Amanda seguía hablando con la cautela de quien se confiesa ante Dios. Era mejor así, para el niño y para ella. ¿Acaso había más opciones? Isabel, entonces, se secó la cara con su falda y recuperó su mirada desconfiada. Cualquier cosa que se estrellara contra ese rostro se podía romper. Amanda creyó que le maldeciría la vida y la echaría para siempre de su casa, pero Isabel no dijo palabra y la dejó parada en la entrada para que lo llorara todo. Bajo el chorro, Amanda hunde la mirada en la uña de su dedo gordo, dejando caer el agua que baja cada vez más caliente y empieza a quemarle la piel.