No me hallo feliz de haberme topado con la modernidad, sin duda sus ojos son desquiciados y delirantes, procuro que no sea esto para mí un nirvana. Deseo que me afecten otras cosas en la vida, procuro que lo fantástico me aleje del desear a diestra y siniestra la ausencia del dolor de todos los días

¿Cómo es posible que una persona moderna –como tú– hoy en día no tenga la mejor imagen entre sus manos? ¡Póngase usted de pie y salga a estudiar para conseguir varias medallas, pues, además de que tiene una vida por delante, también tenga en cuenta de que tiene muchas cosas que hacer dentro de ella! Y cada vez su tiempo se reducirá pero sacrifíquelo, obtenga usted una buena suma de dinero para acumular bienes materiales, empezar a construir sueños y, por qué no, hasta comprar el perfume más caro. Usted se lo ganó, se levantó temprano, se aseó las axilas, ¡vaya!, hizo de usted mismo un homenaje al ser moderno. Ahora ustedes aceleren sus sentidos, estrujen sus labios, tomen sus cámaras y capten toda la perfección de sus vidas en un segundo, es más, capturen su comida, su toalla, su arte o lo que sea que estén haciendo en este momento, captúrenlo rápido, pero muy rápido porque la web necesita devorar demasiado material para construir más sueños, diseñar más vidas. Ahora no necesitamos recordar, mucho menos imaginar, sólo den click, ustedes, recuerden, son modernos. 

La persona perfecta terminará conmigo en tres segundos después de leer esto, la más deportista, culta, sabelotodo, habrá acabado conmigo en tan sólo tres segundos. ¡Pero adelante, estoy listo para tí, persona moderna, soy un don nadie, lo sabes, y tú lo tienes todo para ganar! 

Hay un poder continuo que cambia de velocidad y a cualquiera le puede suceder, y aunque los cambios son buenos en la vida, yo no soy un hombre que desea realmente pagar todo lo que se ha bebido en ella. Ese cambio no está en mí. No soy en esta revista un escritor que pretende nada, es más, no pretendo ni siquiera conservar al lector más caro, al culto, nada para los sueños, todo para el insomnio. Pero vamos, cojan sus abrigos, sombreros, tomen sus cosas y vayan rápido al exterior, ahí les esperan otras preocupaciones. En el mejor de los casos, ya es tarde para seguir teniendo miedo, no huyan, el futuro no es bueno, así que mejor relájense y respiren, tomen una navaja y llévenla consigo por si acaso. Ya saben, este es un instrumento para diversos usos. 

El Siglo XIX ciñó todo lo fantástico y lo metió en una caja, como a ese hijo maldito que lo quiere ver morir, lo encerró ahí  porque ya venía gestándose dentro de su propio vientre el Siglo XX, y la modernidad era, decían algunos, la salvación de la especie humana. El futuro de los platillos voladores, la entrada hacia nuevas galaxias, la música hecha por sintetizadores; nos estábamos preparando para algo pero nos estaban formando como corderos para raparnos nosotros mismos el cerebro. Ahora después de que el tiempo hizo su trabajo, sabemos que el futuro para algunos, o al menos para mí, sucedió en el antaño Siglo XIX, y aunque aún no hemos podido descifrar los misterios de las matemáticas avanzadas y la medicina moderna, junto con la arquitectura egipcia, la máquina de vapor o el smartphone, hoy día actuamos para que se piense menos, y podamos dejar ese esfuerzo a un costado de la fría autopista. Nos hemos transformado en una civilización que se ahoga en la ironía, generaciones modernas con grandes canales de información, y personas sofisticadas sabiendo menos cada vez más, pero como tenemos que ir rápido, avanzamos destruyendo imágenes y símbolos sagrados, asesinando al lenguaje, reímos y cantamos lo que aparece y desaparece en un microsegundo, fastidiando a la madre selva estamos cantando. Incluso somos felices pero dichosos de impaciencia. El ser humano ha dejado todo a cambio de un espacio en las redes sociales, a cambio dejó lo único que le pertenecía: el tiempo. Y nos dice la historia que el futuro no desea conservar su nombre y esto en verdad es una enorme pena para él. Albert Camus se preguntaba: “¿para qué seguir?” Respondiendo con poca sustancia dentro del hilillo del tabaco él mismo: “si no hay nada que inventar” .

Ender Rodriguez, Confesionales

El ser humano inteligente abdica, el moderno desea, vive ahora en la red social, es feliz, pero sirve más una persona que descubre un hecho sencillo que un científico consagrado con grandes teorías pueriles encima, intelectuales que han publicado toneladas de libros, miles de artistas, dice Stevenson, y ni una sola obra de arte caminando en la calle. Nada de utopías, sueños y esperanzas. Así que si usted descubre dentro de sí tales afinidades, esta lectura no es para usted. No se rinda a su arte, profesión u oficio, porque saber realmente lo que a uno le gusta marca más de sabiduría que de madurez.

Mientras tanto, una ballena blanca lucha en el fondo del océano contra un calamar gigante y un fantástico caballo alado, contra el hijo de un dios mitológico. El Siglo XIX se presenta para erigir lo fantástico dentro de una sala de cine, los escritores desarrollan viajes al fondo del mar, viajes al espacio, literatura de mundos imaginados que se consideraban indeseables para algunos, necesidades que vienen desde el interior de los propios humanos. Inteligencias que pierden el control y asumen riesgos latentes llenos de ficción y de aventuras, de extravagancia, glamour, pero de hechos que aún no sabemos hoy en día cómo dejar de lado. Nos quisieron cerrar los ojos y tapar la boca. Nos raparon el cerebro y, aun así, seguimos pensando que no estamos solos. Sellaron las puertas corredizas del Siglo XIX para seguir obedeciendo, pero estas nunca en realidad estuvieron clausuradas para ninguno de nosotros. Condenaron al universo, a la propia historia, inventaron aparatos, robots y seres modernos, pero aquellas puertas estallarán dentro de muy poco, y la persona se convertirá en una terrible bomba de tiempo. Las artes darán un salto inimaginable, la tecnología aún más, la filosofía no está perdida. El conocimiento resurgirá de las cenizas que encendieron con fuego sagrado nuestros antepasados; ahora hay robots y máquinas que ya no usan combustible fósil. Estamos cada vez más cerca del sol, la iglesia se está debilitando por miles de religiones nuevas, esto no es un proceso, no es evolución, ni parte de la cultura, es transmutación. Estamos mudando de conciencia como de piel todos los días. Carlos Desastre escribía: “Estamos buscando belleza y sentido, fuera del con sin, en el caos maravilloso y terrible de nuestros movimientos desesperados o inspirados por órdenes ajenos que corresponden a controles ocultos o intuiciones desconocidas que laten con nosotros y con lo que soñamos conectar…”.

Siempre de algún modo he sido torpe, condición natural, y muchas veces detesté aquello. Me hubiera gustado aprender a amar desde pequeño y no aprender el valor de un número. Intrínsecamente a amar. Tuve que invertir parte de mi tiempo para destruir todo mi universo y aprender a aceptar. Aprendamos a no tener miedo desde pequeños. Un día prendemos fuego a selvas maravillosas y al otro día ayuda humanitaria. Me sentiría mejor si en mi corazón habitara una buena persona y no un ser civilizado. Soy ahora un hombre con la fuerza suficiente, capaz de hacer algo productivo con mi tiempo como sumergirse en la bondad y el respeto. Pero nos educaron para ser snobs y tener un alma de clase mundial, elegante y vigorosa, un espíritu sofisticado. Y el primer deseo de las personas es representar el exito, la perfección, la madurez, y a consecuencia de mi terrible torpeza, gracias a estos pensamientos empecé a leer en la banqueta libros que me iban prestando personas que nunca habían pisado un aula de clases, pero que se sabían de memoria las citas más importantes. Eran vagos dentro de un barrio pobre tratando todos de cambiar su parecer. Era una lucha constante, hoy lo recuerdo como una lucha incondicional conmigo mismo. El viernes por la noche podíamos elegir a Tales de Mileto y concluir con Noam Chomsky, la astrología o la lingüística. En aquella época leía todo lo que tenía que ver conmigo: Baudelaire, Pushkin, Blake, Pavese, vaya, literatura para suicidas. Y, aun así, tuve como propósito seguir con ellos, hacia adelante o para atrás, pero siempre a su lado. Cesare Pavese escribió: “Vendrá la muerte y tendrá tus ojos”. Después de aquella lectura, descubrí que yo era la vida y al mismo tiempo la nada. Pero las épocas de desencanto son dignas de respeto, cualquier época, de hecho, lo es simplemente porque todo lo que produce una persona es obra de la hermana naturaleza. 

La naturaleza creadora puede ser dura, pero jamás absurda. Tanto más debemos de abrazarla, quererla, explotarla, sublimarla, así lograremos mover la pesada materia que oculta la luz que se encuentra del otro lado del camino. Hay obra buena y demasiado mala pero no tiene importancia si verdaderamente te nutre el alma. Toda obra arroja demasiada sombra, nadie nos pidió esto, me pidió escribir poca luz que es para iluminar la oscuridad que nos contiene como personas. En nosotros se sufre una crisis, definitivamente el rigor de la inmortalidad, es una neurosis necesaria, es la crisis del mismo descubrimiento la que nos hace someternos, y dejar de lado lo verdaderamente valioso. Desde muy pequeños aprendemos que lo verdadero es lo que nos hará felices y automáticos. Pero pertenecemos a la historia funesta de las eternas guerras, al derrumbe del mundo. Yo siempre estuve muy lejos de creer en Dios, aún estoy muy lejos de creer en él, y estaré bastante lejos de esa trampa. Durante la adolescencia yo me encontraba refugiado en no tomar decisiones, en la perdición y la vagancia, leía bastante y escribía poco, –¡que hermosa época!– esa era mi pugna. Vivía ahí, existía en ella. Era una lucha impregnada de resistencia, autenticidad y heroicidad. No buscaba el valor del ser en la historia, y aún no lo ejerzo, en el trabajo, en sacar excelentes notas, mucho menos en la domesticación, y yo la encontraba en mí  mismo. ¡Vaya, seamos de este lugar! Nada me parecía más hermoso que haber leído al loco de Céline. “Viajar es muy útil, hace trabajar la imaginación. El resto no son sino decepciones y fatigas. Nuestro viaje es por entero imaginario. A eso debe su fuerza. Va de la vida a la muerte. Personas, animales, ciudades y cosas, todo es imaginado. Es una novela, una simple historia ficticia. Lo dice Littré, que nunca se equivoca. Y, además, que todo el mundo puede hacer igual. Basta con cerrar los ojos. Está del otro lado de la vida”. Y nada me parecía más hermoso que recordar cómo aquel niño, leyendo esta gran obra, me decía que los hechos contra los que no podemos hacer nada, de ninguna manera tenían que hacer mella sobre nosotros, sobre mí. Y con eso me sentía formidable, sin vicios encima aún, con pocos demonios habitando en mi cabeza. Estaba leyendo bajo ese foco a los terribles escritores de toda mi vida para comprender mi enfermedad que me separaba del otro. Desesperaba a mi madre. Me desesperaba yo mismo. En el fondo necesitaba joder al otro. Romper las cosas y hacer bastante ruido y patear la norma. Me despegaba los ojos y los tiraba al mar. Me arrancaba el corazón y no quería tomar ninguna decisión en la vida. Leía a Fiodor Dostoyevski y al final siempre me quedaba la misma sensación amarga dentro de mí: tener la desgracia de vivir dentro de un laberinto maldito pero al mismo tiempo terriblemente hermoso. Este escritor me estaba diciendo entre líneas la causa de todos nuestros errores. Se empeñaba en detallar los crímenes del espíritu sofisticado contra el mismo espíritu. Y sólo me quedaba ardor en el vientre, ganas de seguir hacia adelante. Comezón en el corazón pero mucha tristeza por dentro. ¿Hacia dónde nos dirigimos? Y en este estado yo me sentía de ánimo para ser un animal que deseaba vivir en el interior. Vivir para siempre ahí: enterrado. Era un gran poder de amor, me producía algo y me sentía ridículo, pero era un gran alivio y al mismo tiempo desprecio. Me sumergía en ese abismo literario, deseaba ahogarme, suicidarme dentro de mi propio pensamiento. Nada me hacía sentir como un intelectual, no había cobijo para herirme de esa forma, aquellas lecturas eran un campo árido para mí, sin frutos que recoger, sin ganas de vivir dentro de una vida llena de trampas. Rechazaba vivir de la misericordia del sistema, y para mí la aventura humana tenía una clara intención dentro de mí. Se estaban formando imágenes sin forma, nada me decía que fuera mejor, tú puedes, debes de ser famoso o exitoso, forzaba yo mi propia controversia, la quería de esta manera, nada que me hiciera cambiar de parecer. Repito: era un hijo rebelde. Pero no he cesado de buscar dentro de esta inquietud, y ahora que ha pasado y sucedido de todo en mi vida me acerco al mismo problema.

Me despegaba los ojos y los tiraba al mar. Me arrancaba el corazón y no quería tomar ninguna decisión en la vida. Leía a Fiodor Dostoyevski y al final siempre me quedaba la misma sensación amarga dentro de mí: tener la desgracia de vivir dentro de un laberinto maldito pero al mismo tiempo terriblemente hermoso.

Ender Rodriguez, Híbridos

El mundo en movimiento. Durante este tiempo han fabricado otro tipo de tornillos para nuestras personas. Y nada puedo hacer más que señalar este tema para bien o para mal. Si usted es un lector caro, y sobre todo culto, repito, esta es una empresa activa para diversos gustos, y quizá sea o no de su agrado, por eso es gratis, para que pueda rechazar mi propia inquietud que sé con gran autoridad que no es simplemente mía. Cuando digo esto, entonces no me siento solo, al saltar de mi zona de confort y renunciar a todo, descubrí que este mundo moderno era al final como todo: un mal necesario; pero también con bastante sencillez puedo decir que he observado cosas maravillosas dentro de él. Es algo sorprendente que me ha invitado a dejar la evasión por respirar dentro de él. No me hallo feliz de haberme topado con la modernidad, sin duda sus ojos son desquiciados y delirantes, procuro que no sea esto para mí un nirvana. Deseo que me afecten otras cosas en la vida, procuro que lo fantástico me aleje del desear a diestra y siniestra la ausencia del dolor de todos los días.

Este pequeño diálogo no es una colección de hechos chillones o picantes, aunque el serafín chocante se encuentra volando sobre estas líneas, no es una contribución a mi deseo venida de mis pesadillas, sino que es obra de la necesidad de decirles que estoy trabajando en un tema tan importante como lo es la imaginación y lo fantástico. Todavía esto sigue siendo tierra prohibida para muchos, aceptando un riesgo latente, acepto la crítica que para mí es necesaria, puesto que como lo diría el antropólogo francés Claude Lévi-Strauss: “El mundo empezó sin el hombre y acabará sin él”. Encontrar otros mundos, y otras tecnologías, no es un hecho hoy día que sea algo moderno, o un privilegio simplemente de la imaginación, puede ocurrirle a todos los animales, incluso a nosotros mismos saber esto. A veces las fronteras se borran del mapa, ya no hay ningún territorio, sólo ruinas, memoria, nos confunde todo esto, pero basta con estar ahí al borde de las lecturas de siempre. Lecturas de uno mismo que te vayan llevando hacia ninguna parte, que te alimentes de tu propia energía.

Nunca me ha gustado ser la figura de algún creador, como diría Pedro Juan Gutiérrez: “Se escribe como se ha vivido toda la vida”, tercamente e indiferente, lo digo yo. Me domina más un amor menos vasto, la pobreza de mi amor aunque sea el precio de una bella obra en la que esto se convierta. Seré indiferente siempre al regocijo de sentirme extasiado por el ser culto, porque ser un reformador social nunca ha sido de mi interés. Sé que puede ser suficiente su atención y retomar más obras que anden por ahí y quedarme ahogado en estas cuatro paredes. De ser así correremos el riesgo de ahogarnos de una vez por todas, de vivir una vida llena de experiencias sagradas, de grandes cambios biológicos, sociológicos, psicológicos, entonces yo serviré a estas demandas y, después de muchas dudas, risas, comentarios y señalamientos de que mi psicología es absurda, entonces mi lucha hará ruido sobre sus cenizas. 

Fotografía inicial: Ender Rodriguez – Pagando vacuna (2020)