Le tememos a que morir no signifique desaparecer y que al otro lado no nos esté esperando la confortable nada. Tememos, sobre todo, a seguir sintiendo después de la muerte, aunque se nos borre el rostro, y a quedar infinitamente atrapados en un recuerdo

Una joven Au Pair se encarga del cuidado de dos niños, Flora de ocho años y Miles de diez, huérfanos que viven en la mansión de Bly Manor bajo el cuidado desde la distancia de su tío Henry. La Au Pair, que convive en Bly, además, con el cocinero, Owen, la jardinera, Jamie, y la señora Grose, comenzará a ver las figuras de un hombre, Peter Quint, y una mujer, Rebecca Jessel, que nadie más parece notar.

Si suena familiar es porque esta misma podría ser la sinopsis de Otra vuelta de tuerca, incluyendo nombres. Ya desde hace más de un año Mike Flanagan, director de la serie, nos lo había anunciado: esta nueva temporada, que en realidad se inscribe como una miniserie independiente a la anterior, nada tiene que ver con La maldición de Hill House (2018), adaptación de la historia de Shirley Jackson. Si acaso la nueva serie se parece a la anterior, es en lo de la mansión maldita, basada en la novela de Henry James.

Como en Otra vuelta de tuerca, Flanagan hace uso de la típica reunión al calor del hogar en la que alguien se dispone a contar la terrorífica historia de turno, eso sí, sin que esa escena sea fortuita o independiente a la historia narrada por una voz muy jamesiana, directa, bellamente cantada en su sencillez. Más allá, con la riqueza estructural de Otra vuelta de tuerca —y de otros cuentos de James que terminan infiltrándose en la sinopsis de cada capítulo—, es una pena que teniendo como referente esa narrativa en la que las situaciones se “aprietan”, girando y girando la tuerca más allá de sus límites, la atmósfera de tensión, las revelaciones y los giros argumentales sean poco explorados en La maldición de Bly Manor.

Así, teniendo como referencia a un autor más del suspenso y lo psicológico que del terror, esta nueva entrega está compuesta por menos espantos, pero cargada de un terror más significativo que incomoda a muchas personas. Claro, era inevitable esperar nuevas y diversas figuras fantasmales, monstruosas, y extraños movimientos en segundo plano que no nos hicieran despegar el ojo ni un segundo para no perdernos ningún susto. Igual es para eso, para espantarnos, para saltar o meternos bajo las sábanas, que nos ha educado el terror. Por eso la decepción de algunos espectadores que esperaban más figuras sombrías que aparecieran, desaparecieran y quitaran el sueño al esperar ver salir al monstruo bajo la cama. Es cierto, además, que en La maldición de Hill House nos topamos con una trama mucho más intrincada, con narrativas múltiples, dándonos el punto de vista independiente de cada personaje, en una fragmentación que de a poco nos va mostrando el paisaje. Pero Bly Manor no pretende ni necesita ser Hill House.

No estamos acostumbrados a sentir —o no aceptamos que sentimos— ese nuevo miedo que nos propone Flanagan al salirse del molde; un miedo que no tiene nada que ver con los fantasmas que, después de olvidar y ser olvidados, guardan su humanidad en el rincón de una memoria emocional que se niega a morir, habitando esa mansión en la que el tiempo podría no avanzar. Estos fantasmas no espantan; no quieren que nos tapemos con la sábana sino que los veamos de frente, que seamos testigos de cómo fisuran a los niños de la casa y de cómo se les borra el rostro a causa del olvido. En Bly Manor los muertos nos producen un miedo que hace llorar antes que gritar: el dolor, el olvido, la pérdida, sobre todo el amor, y no otros monstruos, acechan tanto a los vivos como a los muertos.

Puede ser una artimaña de melodrama para llegar a otras audiencias; lo cierto es que nada crea más empatía que el amor ni nada causa más terror. Flanagan presenta esta nueva miniserie como una “historia romántica gótica”. Yo diría que sigue siendo una historia de terror, a secas, y que Flanagan no necesita excusarse porque en esta entrega no hayan espantos. Él, entendiendo la naturaleza del miedo, nos hace ver que el género de terror no debe residir en la forma sino en la acción misma de aterrorizar, sea cual sea el tipo de miedo, siéntese en la cabeza, en el pecho, en el estómago, en las piernas o en el corazón.

El problema de esta miniserie, si es que hay alguno, es que La maldición de Hill House exista, con su asombroso trabajo fotográfico, sus encuadres y su cuidado en los detalles, por lo que es difícil resistir la tentación de comparar Hill House con Bly Manor que, por su parte, resulta con una fotografía un poco más descuidada y algunas escenas en exceso luminosas. Sin embargo, en Bly Manor no existe la intención de embarcarse en ningún desafío técnico. Esta es una obra modesta que, más allá de los golpes de efecto, tiene la determinación de sacar una buena historia sin arriesgarse a que la serie decaiga por hacer cosas de más. 

Al terminar Bly Manor no sabemos cómo sentirnos porque terminamos berreando como si acabáramos de ver un melodrama y, además, con un susto calladito que no se disipa ni días después de haber dejado esta miniserie. No sabemos realmente qué es lo que nos espanta en Bly Manor, porque los fantasmas no son, pero terminamos llorando de miedo. Es el amor al que tememos y a cuán perdurable puede ser. Le tememos a que morir no signifique desaparecer y que al otro lado no nos esté esperando la confortable nada. Tememos, sobre todo, a seguir sintiendo después de la muerte, aunque se nos borre el rostro, y a quedar infinitamente atrapados en un recuerdo, como Quint o Jessel, o en una habitación imaginada, esperando salir cuando nos recuerden, muriendo de claustrofobia y de amor.