Con la sangre en el piso clavaron la cruz y bendijeron el terreno. Quemaron los sitios sagrados de la Luna y el Sol; nuestra memoria se iba consumiendo, y terminaron en un par de cenizas que se degradaron con agua bendita

Vinieron, ellos tenían la biblia y nosotros teníamos la tierra.  Y nos dijeron: «Cierren los ojos y recen».  Y cuando abrimos los ojos, ellos tenían la tierra y nosotros teníamos la biblia

Eduardo Galeano

Chiminichagua protegía el territorio de la oscuridad, pero quiso llevar su luz al universo, entonces del Dios creador emergieron dos aves negras y él las lanzó al espacio. De la boca de las aves y suspiros salía la luz de Chiminichagua. El cosmos se iluminó y la magia brotó en medio. Nacieron el Dios Sol o Suhá y la Diosa luna o Chía. Cuando llegó el momento de poblar la tierra, decidieron hacer a todas las personas: a los hombres de tierra amarilla y a las mujeres de hierbas y tallos huecos y verdes. Inició la cultura, nombraron al territorio, el ritual se puso en marcha y la lengua tuvo significado. En medio de eso, al atardecer, cuando Luna y Sol habitaban el mismo espacio, una mujer salió de la laguna Iguaque, con un niño en brazos. El aire secó la humedad de su piel, inició el conjuro del hogar, se expandió a lo ancho y largo, y nació la primera choza de los Muiscas en Boyacá, Colombia.  Ahora el pueblo tiene una madre que los defiende, protege y ampara: Bachué. Con los años, su niño creció y unió sus manos con las de Bachué, se casaron y viajaron por todo el territorio llenándolo de sus nuevos hijos. 

La madre del pueblo nació por los espíritus de la madre tierra y agua. Estos dos elementos se volvieron sagrados y respetados: nadie se podía bañar en las lagunas, ni tomar el agua faltando el respeto a las deidades. Por la madre, brotó un respeto a la Mujer, causa del nacimiento del pueblo indígena. Conmemoraron su importancia: los hombres y mujeres pertenecían al clan por la línea femenina. De esta manera, para la sucesión de los caciques chibchas existía la línea matrilineal, subían al poder los sobrinos. 

Pero Bachué se enamoró de un indígena y ella, al percatarse de que su esposo sabía de su infidelidad, se convirtió en serpiente y volvió al origen del linaje: la laguna Iguaque. El mundo se despidió de su madre, el pueblo quedó huérfano; dicen que, a veces, Bachué salía del agua con su figura de serpiente para ayudar a sus hijos. 

La civilización continuó con sus rituales, adoraciones a sus dioses. Un día llegó un hombre, Bochica, quien les enseñó la manera de hilar el algodón por medio de un telar. Así, protegieron sus cuerpos del frío de la cordillera. Bochica se convirtió en un personaje lleno de sabiduría; gracias a sus consejos, el pueblo pudo adaptarse a la naturaleza del terreno. Empezaron por cultivar sus alimentos y crear sus artesanías con la inspiración de las figuras que adoraban. Con los años, fueron explorando el territorio, encontraron las minas de sal y, con ello, el comercio inició por medio del trueque con otros pueblos indígenas: cambiaban sal por oro. El trabajo orfebre se potenció, creando figuras planas, tratando de representar a sus dioses, al cuerpo del hombre y de la mujer, a las representaciones de los animales importantes como la serpiente, el jaguar y el pez. 

Pero un día, un par de ojos codiciosos, malhechores, llegaron a merodear sus tradiciones, comportamientos y creencias. Al instante que vieron sus rutas de comercio, la sal, el oro y las esmeraldas, esos ojos salieron de un arbusto con espada en mano. Con la sangre en el piso clavaron la cruz y bendijeron el terreno. Quemaron los sitios sagrados de la Luna y el Sol; nuestra memoria se iba consumiendo, y terminaron en un par de cenizas que se degradaron con agua bendita. A los pocos indígenas que quedaron los querían evangelizar y, sólo por esa razón, aprendieron su lengua y la guardaron en un manual de gramática. Los sacerdotes estaban en la obligación de aprender la lengua y evangelizar. Le dijeron a Bachué que dejara su forma de serpiente y se convirtiera en una virgen, bajaron al Dios Sol y en su lugar colocaron una biblia para que iluminara los días, para que se extendiera por todo ese territorio llamado Latinoamérica, para que fuera lo primero que vieran en el día. La luna se salvó porque se escondió detrás de la cordillera de los Andes. Desde el firmamento, Chiminichagua veía lo que hacían con su creación, pero su luz fue atravesada por una espada dejándola moribunda; sus aves negras llegaron a su rescate escondiéndose en la laguna de Guatavita. El pueblo Muisca se hundió en el castellano y se despidió como algún día su madre Bachué lo hizo. 

Miles de años después, a la muerte la llamaron bendición, al exterminio le dijeron colonización. La conquista de América redujo la población de esta tierra de 60 millones a sólo 6. Pero conmemoran esa fecha, 12 de octubre, como el día de la Raza. Celebrando el día en que nos convertimos en cristianos, en que no vimos nuestro sol sino uno español y no vimos a un Cacique sino a un Sacerdote. 

Pero esos 6 millones que quedaron alimentaron la luz de Chiminichagua, recobrando la dignidad de su pueblo masacrado, resistiendo a la colonización y al olvido de la democracia. Sacando la fuerza de sus antepasados, siguen, aún hoy, rescatando sus creencias, pidiéndole a Chiminichagua que se extienda en el territorio que fue suyo, arrebatado por la violencia del brillo del oro. Así lo hace la Minga, pueblo indígena que está en pie de lucha y que su 12 de octubre sólo es la representación de las razones para seguir en resistencia. Ellos, como dueños de este territorio, se movilizan desde la Vía Panamericana hasta Bogotá, para defender la vida de una población que sigue muriendo: en el 2020 ya van 67 Masacres en Colombia. 

Así que ruede la cabeza del exterminador en cada plaza pública por el respeto a nuestra memoria que nos fue arrebatada a la fuerza: 

¡MINGA! ¡MINGA!

¡FUERZA! ¡FUERZA!