—Mira, han puesto un espectáculo llamado “el cinematógrafo” —Murmuraban en las calles parisinas esperando con ansias el día que pudieran contemplarlo

Queremos dar inicio a este nuevo ciclo de martes de cine. Comenzamos octubre con una entrega maravillosa, llena de emoción y que se mueve alrededor de las primeras formas en el mundo del cine. A partir de ahora, los martes llegarán con una recomendación. En octubre, haremos un recorrido cronológico desde el séptimo arte por diferentes títulos de la gran pantalla conectándolos con el género del terror que a tantxs nos apasiona. Esperamos ponerles los pelos de punta. 

Los mejores magos de Francia presentaron su truco máximo una tarde (o mañana) en un espacio pequeño. 

—Mira, han puesto un espectáculo llamado “el cinematógrafo” —Murmuraban en las calles parisinas esperando con ansias el día que pudieran contemplarlo.

Ese 28 de diciembre de 1895 la sala iba llenándose paulatinamente; murmullos, interrogantes, expectativas y uno que otro incrédulo alrededor del artefacto. Todos los asistentes en sus mejores trajes, un mar de pancartas y panfletos publicitaban la función alrededor, haciendo que las expectativas crecieran más; el espacio atestado y todo el mundo sentado en la oscuridad preguntándose por lo que verían y, de pronto, una luz blanca sale del fondo iluminando la pared más grande del café, todo queda en silencio, silencio; los espectadores se miran sin saber qué y todo se pone negro de nuevo, pero esta vez unas letras blancas se dibujan y sucede el título:  L’arrivée d’un train à La Ciotat. 

Se pinta un paisaje a blanco y negro, aparece la estación de tren y una línea de personas esperando su llegada; imagino a todos intrigados y anonadados viendo la imagen. Al final de ella un tren humeante moviendo su cuerpo metálico a toda velocidad. 

Cincuenta segundos: 

uno, el tren acelera, dos, las personas se mueven en un primer plano, tres, los rostros de los espectadores sin quitar la vista de la pantalla, cuatro, las bocas abiertas, cinco, un hombre aparece en una de las esquinas, seis, el tren sigue moviéndose… moviéndose, siete, ochonuevediez… Once y los sombreros volando por el aire, gritos y alaridos:

—Viene el tren, ¡viene el tren! ¡Corran!

Las mujeres tratando de correr con sus largos vestidos y dejando olvidadas sus carísimas sombrillas. 

Las primeras veces. 

Un truco de magia nunca antes visto, un truco que desemboca en el terror, sensación de miedo en cada uno de los espectadores. Sin buscarlo, los hermanos Lumière lograron la primera sensación de miedo en el cine con una de sus primeras producciones. Asustando a todos los que se encontraban en la sala. Aquí sucede la segunda magia: el miedo se produce en lo desconocido, en todas las primeras veces y nos saca despavoridos cuando no sabemos cómo va a desembocar. Los hermanos Lumiére crearon el primer monstruo metálico. Monstruo veloz que se mueve para acabar con todo, pero no logró atravesar la pantalla ni el espacio, sino que atravesó los miedos más profundos de aquellos bien vestidos en un café parisino que, aterrados por una pulsión de muerte, huyeron; dejando con una sonrisa de satisfacción a los hermanos.

Sin saberlo, se convertirían en los pioneros para la magia que hoy conocemos como cine.