Álvaro tiene más poesía en una uña que lo que muchos tenemos en todo el ser. Nadie más hubiera podido escribir La risa del cuervo si no hubiera sido escrita por un poeta. Lo que digo es, más o menos, que La risa del cuervo no existiría sin Álvaro y Álvaro no existe sin la poesía

Desde Juguete Rabioso hacemos un sentido homenaje al poeta colombiano, parte de La generación sin nombre, Álvaro Miranda, de quien se confirmó su deceso en la mañana de este viernes 09 de octubre.

En el medio literario siempre se ha discutido sobre la imposibilidad de narrar en el poeta. Mientras cursaba los primeros semestres de Creación Literaria esa fue la idea que más reprodujeron los profesores. Me encontraba en el mismo espacio (la universidad) entre dos ideas contrarias: un poeta hablando de cómo narrar una historia y un profesor diciendo que un poeta no puede narrar una historia. Me gustaría aclarar que ningún profesor negó la importancia de leer poesía para poder escribir narrativa, más bien se decía con tono burlesco, un chiste insulso, de los comunes en este círculo.

Álvaro podía hablar del mismo hecho en múltiples ocasiones y nunca estar contando la misma historia. En mi memoria sigue intacta la anécdota de cómo surgió La risa del cuervo, con sus múltiples variaciones, pues de las seis veces que la escuche todas fueron distintas. En la primera oportunidad, en medio de una clase, afirmó que había escrito la novela en seis días; a las cinco repeticiones sobrantes les restó un día. La historia variaba con la bebida que acompañaba la charla; era uno su tono cuando tomaba una taza de café, otro en presencia del alcohol; la última vez que tuve la fortuna de escucharla pidió una Coca-Cola Zero porque ya no podía ni tomar alcohol, ni beber café: fue la mejor.

Álvaro le arrebató la poesía a muchos cercanos, a muchos de su generación, por lo tanto, a excepción de algunos colados, Álvaro tiene más poesía en una uña que lo que muchos tenemos en todo el ser. Nadie más hubiera podido escribir La risa del cuervo si no hubiera sido escrita por un poeta. Lo que digo es, más o menos, que La risa del cuervo no existiría sin Álvaro y Álvaro no existe sin la poesía. 

Así era, se tambaleaba por las delgadas líneas. Era poeta, pero también maestro, amigo, narrador, historiador, era Álvaro, el del don de echar historias repetidas que no aburrían, el que cargaba el Caribe en la espalda. Probablemente nunca se aprendió mi nombre, sin embargo, reconoció mi rostro.

Por último, me gustaría mencionar una anécdota que presencié: en una clase tuvo que expulsar a un alumno a raíz de su grosería, el man, loco porque ese día había parcial, lanzó una hoja por debajo de la puerta que decía “La poesía cojea”. Álvaro abrió la puerta y le contestó: “La poesía me dejó cojo”.  

A continuación compartimos una selección de la obra de Álvaro Miranda:

Los muertos no gustan de las paradojas.

Gustan de la coherencia.

Aman la simpleza de la

raíz de cúrcuma que pocos encuentran en la cocina.

Los muertos no gustan de la poesía porque la poesía es

balbuceo de lo inseguro.

Un muerto rechaza la ambarina luz que rellena de amarillo

la panza de las abejas.

Un muerto refuta al pan que se endurece con el atardecer

que cae en el horizonte de la mesa.

Lo anterior no les gusta a los muertos porque puede en

sentimientos volverse poesía.

Para un muerto la mano que lleva una chirimía es una

extravagancia. Cierran sus oídos. No escuchan. Silencio

es total entre los muertos

De El libro blanco de los muertos (2017)

El libro blanco de los muertos (2017, Universidad Externado)

Día de amar las cosas insignificantes

Tasia, que has preferido la inutilidad de los cantos al devaneo de las fustas prodigiosas, resérvanos el chirriar de las naves podridas, la clave que hace del imperio una anunciada catástrofe, porque ansiamos de verdad la cicatriz que deja el crepúsculo sobre el hielo, el incierto tintinear que corre entre venados como lo hace el tiempo tras las flores blancas del saúco.

Sin embargo, Tasia, enséñanos a adoptar la paciencia, la que en el rostro de las iguanas se incendia como una rosa de luz.

De Simulación de un reino (2005)

Hijos de la chingada

Hijos de la chingada, mal mariachis.

Hijos de la perra, perra vida.

Hijos de la chingada.

Nacidos son,

sin cancionero, Chihuahua,

sarnosos hasta el tuétano del alma,

vaciados de esqueleto,

carne sola, sin huesos y sin nada

y la puerca mordiéndoles la cola:

señoritos de tacón alzado,

entre todas las clases desclasados:

Dama deslizada de un bolero,

Caballero mariachi mero macho,

sin perfumes, sin alas,

sin auroras,

sin sombreros, sin pistolas,

sin bigotes, sin cancha, sin caballo;

capados los dos, descuartizados

y el buque allá, en el embarcadero

y ellos acá, tristes, desnudos,

lamiéndose la lepra de la vida.

Y el buque allá, pite que pite

y ellos acá, trotando entorno

de dioses y de cabras.

Hijos de la chingada;

barro sobre barro,

dulce de leche sobre la sorna vida;

dulce capullito de alhelí;

hediondos a pez, a mermelada:

esperando al patas, al petas, al pitas,

al potas y al que falta…

y ese carajo que no llega;

niños con sarampión y con viruela:

Que ni qué fuegos,

ni qué, ni qué deseos, ni que nada.

Solo la soledad entre las playas

con este paso de gigantes,

abriendo las puertas con sólo las miradas.

Las puertas cerradas;

sin bastiones, sin jambas,

sin dinteles, sin umbrales

¿Quién las abre? ¿Quién las cruza?

¿Los gigantes?

Qué va: Hijos de la chingada;

reptando en torno a la quimera,

sin entender un tris, pero ni un tris de nada,

con todos los discursos bien echados,

repuchos de letras, de bioquímicas palabras,

de homeopáticos remedios, cataplasma,

plasma, alopatías, bálsamo de Tolú,

cataratas de sueños que se preñan

con un claro de luna,

omnipotencia de moribundos,

profetas del insuceso, carajadas.

Ahora que han gritado en la divina noche,

ahora que navegan sobre el mar de los sargazos

y el horizonte

sobre el paladar de la muerte

y la muerte hable que hable… ahora:

recórcholis, se les acabo la vergüenza.

Dénse la mano

y achicopálense hasta llegar

al tamaño de la vida.

Armen su esqueleto, los que saben;

armen sus músculos arcillados,

sin formol, sin cloroformos

Oh richilinda, ojigarza malévola del alma.

El buque pita: No hay puertos

Oh hijos de la chingada.

De Cuatro de Lebrija. (1979)

Fragmentos de La risa del cuervo, novela publicada por primera vez en 1992, epopeya donde la muerte se confunde con la vida :

(La risa del cuervo, edición del autor 1992)

“—¡Pucha! —dijo Ribas—. Si a lo menos se callara un rato. 

Apretó con fuerza su cabeza bajo el brazo y se internó entre los pastizales del Llano. De la noche surgió una plaga de mosquitos que comenzó a zumbar sobre los hilos de sangre que corrían por su espalda.

—¡Pucha! —repitió—. Si a lo menos apareciera Bolívar para que espante el cuervo.

Se tambaleaba en su andar sin rumbo con la cabeza detenida entre sus manos, como si el norte quedara allá donde le parecía escuchar los cascos de los caballos que galopaban entre las piedras del río”

“Deseaba estrujar su cuerpo, sacarlo de aquel sufrimiento, pero cada vez que lo intentaba, sentía salir de su propia boca una nata blanca llena de huevos de cangreja. Trataba de escupirlos, pero los huevos ya se encontraban escurridos entre sus mandíbulas carcomidas”

“Sólo ahora, después de tres horas de la ejecución ordenada por Morales, entendía de verdad que le habían cortado la cabeza y que con ella, debajo del brazo, se hallaba perdido en la inmensidad de aquella estepa del trópico”

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