Es amar profundamente algo como a nada más en el mundo, y al mismo tiempo entender lo que puede llegar a ser la pérdida.

Esta entrevista fue publicada originalmente en El Cultural del periódico La Razón

La sinceridad es una excelsa y valiente virtud. Está por encima de títulos y riquezas, define nuestra calidad humana. José María Yazpik (Ciudad de México, 1970) es un ejemplo de esta frase que puede venderse dentro de las postales de Hallmark, pero que en él encaja a la perfección, quitándole lo almidonado. Es un monstruo de la actuación, con una calidad afectiva sobrehumana; los que han tenido la oportunidad de hablar con él, sabrán a lo que me refiero.

         Yazpik comenzó su carrera en la pantalla chica con la telenovela La Paloma (1995), producción en donde sufrió la perdida de su querido amigo Gerardo Hemmer, pero supo despuntar su arte al gran formato de celuloide, trabajando con grandes directores de cine como Felipe Cazals, Pedro Almodóvar, Luis Estrada, Ernesto Contreras y Diego Luna.

         En entrevista, hablamos sobre los inicios de su carrera actoral, el teatro, la infancia, la paternidad, la dirección y la cocaína. Ahondamos en su primera opera prima como director en el cine: ‘Polvo’ (2019), una obra cinematográfica que recupera, como Ulises en ‘La Odisea’, sus huellas por la Ítaca que lo reconocen.

¿Cuál es la mayor enseñaza que te dan las sábanas de seda?

Justo hace unos años me salí de mi zona de confort; el problema es cuando te quedas ahí y no intentas salir a ver lo que pasa afuera. Por eso me puse a escribir y a dirigir ‘Polvo’ (2019), porque justamente estaba en mi zona de confort como actor, haciendo lo mismo durante muchos años, por eso decidí incursionar en el guionismo y hacia la dirección. Al salirme aprendí a no angustiarme al ver un proyecto que está frente a mí de una manera absoluta. Cuando tomé la decisión de dirigir ‘Polvo’ tenía muchas dudas, pero lo que hice fue hacer un ejercicio de entender cuál era el primer problema a resolver, no verlo todo como algo grande, porque te abruma. Lo primero que tenía que hacer era juntarme con las personas indicadas, después escribir; paso a paso, y eso me llevó a al set de dirección.

         Esa enseñanza fue valiosa, porque yo generalmente abordo los proyectos desde la angustia y del miedo, eso me genera energía. Aprendí que no importa el tamaño de la responsabilidad o si tienes que ir guiando el barco o ser parte de crew como actor, es importante ver el próximo paso.

¿Cómo es ser hijo de un ginecólogo; cuando de pequeño le preguntabas a tu padre por su oficio, qué te respondía?

Cuando yo tenía ocho años, le dije a mi papá que quería ser doctor; me dijo que estaba pendejo. Que no lo tenía. Él a esa edad ya estaba abriendo lagartijas y ratas, ya sabía que quería ser doctor; no veía en mí esa vocación. Le dije que sí la tenía, entonces me invitó a una operación, me desmayé y ya nunca volví a pensar en eso.

         Fue una niñez rara porque mi padre, aunque sí estaba presente, al mismo tiempo no lo estaba; era un ginecólogo exitoso, todo el tiempo estaba viajando, así estuviera en mi cumpleaños de pronto se tenía que salir a atender a una paciente, a hacer partos. Por un lado estuvo bien porque nos dio cierta comodidad, pero por otro lado lo empezábamos a extrañar mucho. Era uno de esos doctores de pueblo para los que lo primero, antes que cualquier cosa, es el bienestar de los pacientes.

¿Qué es lo que más recuerdas de La Joya (San Diego)?

Justo lo que estábamos hablando, de no ver a mi jefe; lo veíamos a la hora de la comida y ya no lo volvíamos a ver en todo el día, porque cuando él llegaba nosotros ya estábamos en la cama. Recuerdo que allá la familia se unió muchísimo, ellos pensaban que les iba a ir igual de bien allá en San Diego –que aquí en la CDMX– pero no fue así, cuando llegamos mi papá no tenía pacientes y no los tuvo en muchos años, eso nos otorgaba más tiempo con él. Se perdió lo económico, de tenerlo todo, comenzamos a tener carencias, pero lo suplieron con la unidad familiar; en lugar de estar jugando golf en el Campestre, nos íbamos a la playa todos juntos a hacer la tarea; funcionó muy bien porque sí hubo mucha unidad, que era lo que querían mis papás, que no hubiera desintegración. Todos los recuerdos de esa época son muy bonitos. Sí pasamos a casas más pequeñas, a no viajar tanto, pero siempre juntos. Tengo muchos recuerdos muy bonitos de La Joya, precisamente por eso. Recuerdo que mis papás llevaban una botella de vino a la playa, se quedaban ellos ahí tranquilos, hacíamos la tarea, nos metíamos a nadar; eran tardes muy chingonas.

¿Y de San Ignacio (Baja California)?

La libertad absoluta. Llegábamos a un pueblo de 1,500 personas, con muchos primos y tíos que lo único que nos decían era que estuviéramos atentos a los camiones y los alacranes; podíamos hacer lo que quisiéramos todo el día. Nos llevábamos navajas, rifles de municiones; nos íbamos a la presa a nadar. Esos son los recuerdos más bonitos que tengo. Ahí me di cuenta que el dinero no era realmente importante, sino estar haciendo lo que uno quiere. Y así he tratado de llevar mi carrera.

¿Cuáles son los recuerdos de tu niñez que más permean en tu filmografía?

Como actor es el juego, como lo dicen los ingleses “a play”. Es una maravilla ser actor porque eso te da el beneficio de tener siete años toda la vida. De niño me encantaba jugar a policías y ladrones y eso lo puedo seguir haciendo en una película, en la serie ‘Narcos’ (2015–2017) o en donde sea. Todos esos recuerdos y esas sensaciones de niño, de jugar, son las que trato de recuperar todo el tiempo a la hora de actuar. Como director también, sobre todo, en una película que es tan íntima y tan mía como ‘Polvo’, porque es mi niñez y son mis cuestionamientos, no puedo dar un paso artísticamente hablando sin recuperar lo que fui de niño.

¿Cómo fue tu primer encuentro con el Teatro, y de qué manera este arte te salvó de convertirte en otra persona?

El primer recuerdo de teatro que tengo proviene de la escuela primaria, estábamos haciendo ‘Our town’ de Thornton Wilder, y yo me acuerdo que hice al viejito en esa obra; recuerdo que me gustó mucho encorvarme, pintarme el pelo de blanco, moverme más lento; creo que mis compañeros se reían de mí, porque me lo estaba tomando muy en serio, pero la verdad es que estaba muy divertido tomártelo en serio. No es que ahí hubiera decidido ser actor, simplemente me gustó la sensación, me gustó jugar con mi cuerpo, me gustó el juego.

¿Qué representa la imagen de la Paloma en tu vida?

Es agridulce, mi primera experiencia profesional. Por un lado tengo muy buenos recuerdos, obviamente porque ahí arranqué, pero por el otro lado haber perdido a Gerardo Hemmer me dolió mucho y me di cuenta de la fragilidad del ser humano y me pegó, me frustró, me asustó. Conocí gente en ese proyecto que años después me ayudó a dar grandes pasos en mi carrera. Estoy muy agradecido con esa experiencia, pero es muy agridulce.

Desde Nicotina (2004), pasando por Voces inocentes (2004), Un mundo maravilloso (2006), Abel (2010), El atentado (2010), Colosio: el asesinato (2012), Las oscuras primaveras (2014), Sr. Pig (2016), Todo el mundo ama a alguien (2017) y Polvo (2019), ¿cuál consideras que ha sido tu trabajo más honesto?

‘Polvo’, definitivamente. Porque soy yo desde la concepción, que es muy distinto hacer una reflexión sobre quién eres y qué has hecho de tu vida, versus entrarle al guión y a la idea de otra persona, y nada más prestarle tu cuerpo y tu voz.

         Hay una película en particular, hablando de lo actoral, que cambió también mi trayectoria: ‘Las vueltas del citrillo’ (2005). En esa película, que era algo muy complicado, aprendí realmente a jugar. Un guión y una película de Felipe Cazals. Yo estaba teniendo en ese momento participaciones chicas en películas, de repente voy a hacer el casting y me topo con Cazals, que le tenía un terror absoluto por lo que había escuchado de él, que era un director severo, un director que exigía mucho e incluso agresivo; Cazals fue militar y es de se tipo de directores a los que no les quieres fallar, porque te pueden sacar a madrazos de set; pero no era nada más la disciplina militar; era un proyecto muy complicado porque era la historia de unos borrachos que tomaban pulque todo el día, militares de la levita en 1903 en la Ciudad de México, con una historia muy oscura, muy fuerte, con diálogos muy difíciles de expresar, porque hablaban de manera muy distinta a la que hablamos ahora; a parte, estaba con Damián Alcazar, Jorge Zarate, Vanessa Bauche, con pura gente que venía de hacer cosas bien cabronas. Ahí entendí muchas cosas de la actuación.

¿Qué es la paternidad para José María Yazpik?

Es todo. Es volver a aprender todo. Es el amor absoluto y el terror más atroz, porque así como se te abren los canales del amor y de la comprensión, también al mismo tiempo, y así con esa intensidad, llegan unas visiones de pérdida que aterrorizan. Es amar profundamente algo como a nada más en el mundo, y al mismo tiempo entender lo que puede llegar a ser la pérdida.

Háblame de la mancuerna Yazpik-Luna: cómo surge, cómo se complementa, qué se aportan, cómo es su método de trabajo y cuáles son sus futuras colaboraciones.

Nos conocimos haciendo una telenovela, ‘La vida en el espejo’ (1999), donde salíamos de hermanos. A partir de ese proyecto ya no nos volvimos a soltar. Diego es una de las personas que cambió mi vida, ese es otro punto importantísimo en mi vida, porque no nada más me ofreció su amistad, sino que me ayudó mucho en mi carrera. Las primeras películas que hice fueron gracias a él. En Nicotina (2003), él le dijo al director (Hugo Rodríguez) mete a Chemita; me dio oportunidad en un par de obras de teatro también, me ayudó mucho; Diego es ese tipo de personas. Ese cabrón da dos pasos y voltea a ver a quién le puede dar la mano, no nada más a mí, a quien sea, es de una humanidad importante. Es uno de los hombres más listos que yo he conocido en mi vida; a titulo personal nos hemos aconsejado mucho durante muchos años, más de veinte. Es mi compadre, cuando tenemos problemas nos alivianamos, a veces nos dejamos de ver por los rumbos que toma cada uno, pero siempre estamos presentes.

         El haber sido parte de Abel (2010). Diego no quería que yo fuera, tuve que engordar para hacer casting y que me diera el papel; fue algo muy especial para mí el ser parte de su primera ficción como director, también me enseñó mucho cómo trabajar desde el amor, que es algo que no mucha gente hace. Diego es una persona muy querida en el medio, y si tienes la fortuna de trabajar con él te das cuenta por qué. Diego hace las cosas a partir del respeto hacia la gente; eso me ayudó mucho a la hora de dirigir mi película. Esa mancuerna se ha dado así y nos ha traído cosas muy importantes, benéficas y positivas a los dos, porque los dos hemos crecido juntos. Una de las primeras personas a las que les enseñé mi guión de ‘Polvo’ fue a Diego, cuando hice el primer corte de la película también se lo enseñé a él. Diego siempre está ahí.

¿De dónde proviene el argumento de aquél cargamento de cocaína que es arrojado desde el aire sobre el pueblo de San Ignacio, que vislumbramos en Polvo (2019)?

Una amigo colombiano nos cuenta la anécdota de que en Colombia, unos narcos avientan unos paquetes de cocaína y caen en un pueblo, entonces el pueblo se llega a desmadrar, pero llegan los narcotraficantes y a la hora de recuperar los paquetes matan a todo el poblado. La premisa de ‘Polvo’ es que una persona tiene que regresar a sus raíces para cuestionar las decisiones que ha tomado en su vida. Es una especie de Ulises (‘La Odisea’) que regresa después de años de ausencia; a la hora de ver ese paraíso perdido, empieza a cuestionarse sus decisiones.

¿Cómo te sientes como escritor?

Todavía no me siento escritor; colaboré con el guión. Yo le di la anécdota a Alejandro Ricaño, que es un dramaturgo que a mí me gusta mucho y con el que he trabajado ya un par de veces en teatro. Le mostré los personajes, la locación, la época y la anécdota y le dije que lo estructurara. Alejandro le dio soporte, me dio la primera versión, luego le di notas y a los tres meses me regresó el segundo tratamiento con mis notas; me dijo que ya no podía terminarlo porque tenía otros compromisos y a partir de ese momento empecé a trabajar el guión tres años; durante ese trabajo de guionismo, yo empecé a entender lo que era escribir, porque en ningún momento lo había hecho; cambiaba algunas veces cosas en los guiones que me mandaban, pero nunca escribí uno.

¿Qué es lo que escuchas cuando alguien pronuncia la palabra cocaína?

Recuerdo Tijuana. Ir a la escuela haciendo carpool con narco-juniors, que me pedían de favor cruzar una pick-up a San Diego los fines de semana; esa era justo la etapa donde yo ya no tenía dinero, me tentaba muchísimo la idea de hacer 5,000 dólares cruzando un camión; afortunadamente la educación que me dieron mis papás me zafó de todo eso. Sí tuve muchos encuentros cercanos con la coca, desde los que la distribuían hasta la fiestas; ver cómo se fue transformando la sociedad en base a eso. Los hijos de los narcos eran muy tranquilos, venían de familias que tenían educación, provenían de una clase media acomodada. íbamos a una escuela privada en Estados Unidos de puros hombres, el St. Augustine High School, imagínate darle raite a un cabrón haciendo carpool y cobrándole 5 dólares, con corbatita y suéter en V, y luego enterarte de que ese tipo era gatillero. Dentro de ese círculo sí me mataron a varios (y los que no, están en el bote) y estuve también cerca de que me tocara, nada más por estar ahí. Íbamos a muchas fiestas donde estaban Los Arellano. Sí he tenido roces y ha estado presente esa droga en mi vida en muchos sentidos.

¿Es este cargamento de cocaína en tu vida, una metáfora de la actuación?

No lo había pensado así, supongo que se puede acomodar de alguna manera, por cómo llega a revolucionar un estado o a cambiar la tranquilidad de un lugar.

¿Filmar es un acto de supervivencia?

Es un acto de que el momento sobreviva.