El cielo era una bestia, en vieja costumbre con su forma de lluvia, no paraba de arreciar la realidad que ahora es intensidad de sol, pelotazo de fuego sobre cualquier objeto; calcina para dejar espejismo el horizonte desértico que antes relucía perla con cada amanecer.      

En la historia no hay dote sino una maldición. El rayo vino del cielo una tarde de tormenta. Abrió cual Moisés las aguas, tan hermoso firmamento como si de muy lejos viene haciéndose paso de flecha que partirá al mundo.                                                            

Humo negro saliendo de fosas, orejas; la boca luz de lámpara en el lapsus del grito mudo que la mantiene abierta. El bastón de Zeus tornillo por la frente del tío. El sobrino atrás y van montando un burro. Vienen de la jornada. Siembra buena. El agua corre e inunda y en la que más familias de las que hay, antes se metían en la cascada abajo del vado, donde ahora las víboras por el calor y la humedad hicieron nido. Ya no hay agua ni la pena valió la excavación para extraer. Más frijoles a la hora de comer y menos esqueletos en la orilla de la carretera, asediados por aves carroñeras a las que la boca huele peor que un pedo que se echó la muerte. Clavan su hambre en fétidas sobras arrastradas hasta la casa más próxima. Esperan a que les saque el veneno una boca chimuela que luego escupe en un vaso, donde lo fuma para tener el poder de la risa el espanto y el rebuznar del burro. ¿No oyes ladrar a los perros? Sí, los escuchan cuando el rayo más cerca de ellos cada vez.                                             

¡Pardo! La lluvia arrecia los sombreros, pero ya van rumbo a Narihua, pasando el Mogote. Un pedazo del cerro es destruido: petrograbados saltan en pedazos. El haz de luz entra. Eustesio siente que él y el Pardo salen volando. Eustesio se levanta, pero Lolo ya no. Su cuerpo quemado, el sombrero cenizas y los zapatos aún puestos son un par de llamas.

Quiere hablar, rebuzna contra el cruel Zeus que no le regala ser una constelación sobre el ejido para que el rancho no se acabe. Historia de la bestia que odia a su creador y viceversa. Fue a avisar a la casa más próxima. No pudo más que sentir extraño cuando caminaba, mareado, tambaleándose, el estómago muy lleno, no se daba cuenta de que al hablar, rumiaba. Cuando la señora lo vio no pudo más que quedar tiesa. El esposo con machete en mano hizo que huyera comido por la lluvia. Quiso volver, no pudo por tantos desmayados que no soportaron verle tan horrenda forma. Sólo el diablo en peores emociones puede balbucir. ¡Hombre burro! Tan de estrépito perdió a su familia. Mujeres ya no hay, se fueron y no las recuerdan. Quedó el sueño de unos cuantos bien dormidos que no escuchan por la noche el rebuznar del Hombre burro.