Lo “peor” es un bonito horizonte para cabalgar rumbo a él justo a la caída del sol

Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas (2018) fue la gran revolución del contenido y el triunfo de la sinceridad. La poesía había dejado de ser una rama dependiente de la pedantería, para convertirse en boicot –es como si la poesía creada en la Perla Tapatía hubiese, por fin, convencido a la Niña Santa envitrinada de la Catedral de su verdadera vocación como niña del exorcista (David Huerta dixit)–. Ante la aparición de este poemario, lo principal era abrirse camino hacia el drama personal, muy abajo del horizonte; al cobrar conciencia de su destino, el destino del poeta Ángel Ortuño (Guadalajara, Jalisco, 1969), la poesía también cobró conciencia de sí misma, se identificaba con la voluntad del poeta. Su primera actitud fue entregarse al asombro de la aniquilación del alma para convertirse pues, en experiencia, en acción de una subjetividad, la ecuanimidad de la catástrofe. ¿Qué experiencia es ésta? Hablé con Ángel Ortuño para indagarlo.

2018, Editorial de la Universidad de Guanajuato. Colección Cocodrilos.

¿Cuáles son los recuerdos de tu niñez, y de las vías del tren, que más permean en tu narrativa?

Creo que mis recuerdos infantiles corresponden, casi todos, a la memoria olfativa. El olor del sol entre la tierra y la grava a los lados de las vías del tren (pasaban más o menos cerca de casa, luego de un autocinema), el olor dulzón de las matas de baldío. Y luego, de pronto, el olor de las pastillas desinfectantes para el WC. No sé por qué pero todo eso parece estar junto.

Supongo que eso me gusta de los versos, cómo vas de uno a otro, igual que si percibieras en el mismo aire diferentes olores

El escritor quiere escribir su mentira y escribe su verdad, decía Ramón Gómez de la Serna (1888, 1963), ¿cuál es la verdad de Ángel Ortuño?

La mentira, por supuesto.

¿Escribir es un acto de supervivencia?

No. Por fortuna, aunque he tenido temporadas malas, nunca me he visto al límite de concentrarme en sobrevivir.

¿Todos los lectores somos niños de diez años, como me dijo alguna vez Ave Barrera?

La frase es tan linda que creo que, justo ahora, ya lo soy.

¿Llega un momento en que aspiramos a escribir algo peor?

El lema del horrible colegio católico donde estudié la primaria y la secundaria era “Memento ascendere semper” (acuérdate de subir siempre). Desde entonces, he preferido bajar. Lo “peor” es un bonito horizonte para cabalgar rumbo a él justo a la caída del sol.

¿Son importantes los premios (como el Premio Nacional de Poesía Alonso Vidal), las becas y las distinciones para un poeta?

Antes no sabía qué pensar al respecto. Ahora que, finalmente, gané una de esas fabulosas cosas, creo que son emocionantes. Además, proveen una liquidez nunca antes soñada.

¿De qué manera la literatura “ayuda” a las personas?

Llevo poco tiempo siendo profesor de arte poética, pero he visto felices a muchos de mis alumnos. No sé a qué, pero creo que la felicidad siempre ayuda. Y la literatura, para algunas personas, es una forma de la felicidad.

Si es que hay un hilo conductor entre todos tus poemarios, ¿cuál sería?

Perder el hilo.

¿Qué estabas escuchando mientras escribías Gas lacrimógeno y otras cosas que no son poemas (2018)?

Mi habitual dosis de metal.

¿Cómo fue tu noche oscura del alma?

El poema es lindo. Y la noción, terrible. Pero, por fortuna, yo no tengo alma.

¿Qué hay detrás del poema “El hombre que predice terremotos”, sobre todo, en la siguiente estrofa?

Ha sido amenazado por la CIA.

Sabe cosas que no te imaginas sobre el ADN de Cristo.

No viaja

sino en espíritu. Lo secuestraron los

extraterrestres

y le pusieron un chip. Ha visto

a políticos transformarse en reptiles.

La intención de hacer un collage de dramatis personae. Es decir, mi inveterada ineptitud para armar rompecabezas.

¿Qué representan para ti estas palabras: “Gas lacrimógeno es como si la poesía creada en la Perla Tapatía hubiese, por fin, convencido a la Niña Santa envitrinada de la Catedral de su verdadera vocación como niña del exorcista”?

Leerlas me dio una gran alegría. Me encanta como descripción de lo que quiero hacer cuando escribo.

¿Te consideras un Satori indeleble?

Más bien, un zonzo prescindible.

Soy parte de esa “secta” de lectores acérrimos a Gas lacrimógeno, como también adhiere David Huerta. ¿Qué lugar tiene ahora este libro entre los lectores jóvenes y cómo fue recibido en Guadalajara?

Creo que le ha ido muy bien. Mucha gente joven ha tenido la amabilidad de decirme que le gustó y la entretuvo.

¿Cómo es tu relación con tu hermano, el narrador Antonio Ortuño?

Muy buena. Nos simpatizamos. Aunque, claro, yo oigo a mejores grupos de rock que él.

¿Qué estás escribiendo ahora?

Lo mismo de siempre, con la esperanza de que se note poco o no disguste mucho.

¿Qué nos depara el fin de la pandemia?

Yo diría que alegría, pero eso es únicamente porque encuentro conmovedoras las respuestas tontas.