Con los dedos doloridos volví a tomar la guitarra, escuché en el fondo las risas apabullantes de los asistentes de la fiesta. Teníamos tres horas tocando sólo con descansos de tres minutos entre cada cinco canciones; el organizador de la fiesta volvía cada tanto para pedir una ronda más; era casi imposible seguir pero la paga era buena y ese mes todavía no tenía para la renta.  

—¿Una hora más? —preguntó el organizador con un gesto de pena.

—¡Ya, jefe! Es que tenemos otro evento después —dijo Santos, el vocalista de la banda; mintiendo sobre el otro evento y apenado por no poder continuar—. Han sido más de cuatro horas, jefe, estamos molidos y, además, en el contrato acordamos que como máximo serían cuatro horas. 

Nos pagó de mala gana y recogimos los instrumentos. Yo estaba molesto porque, además de que ya era tarde, al día siguiente tenía un vuelo a las siete de la mañana para ir a la graduación de universidad de mi hermana menor. 

Llegué a tiempo al aeropuerto pero estaba abatido y olía mal, porque no tuve tiempo de bañarme. Todo el trayecto, de la revisión de documentos hasta el asiento del avión, fui renegando mentalmente, porque tal vez, con la casa de mis padres llena por la visita de familiares, tampoco podría bañarme allá. Casi pude verme en las fotos, con un gesto de apatía y con el traje arrugado que había metido con trabajos en una pequeña maleta. Deseé tener la suerte de no lidiar con un compañero de asiento pero, unos cuantos minutos después, un hombre con un elegante traje negro y un porte de viejo anticuado, con un perfume que olía como a cítricos rancios, se sentó a mi lado. 

—Espero que no le moleste, joven.

—¿Qué dices? —le respondí en un tono cortante y algo malhumorado.

—Que si le molesta que me siente a su lado, siempre busco los asientos de atrás pero cuando compré el boleto estaban todos los lugares ocupados y, según dice aquí, es mi asiento —dijo el hombre, con un tono amable, mientras veía su boleto y ajustaba sus lentes para ver mejor. 

—Ok —le respondí solamente por no ser grosero. 

Después de levantarme de mala gana para dejarlo pasar y que tomara su asiento junto a la ventana, permanecimos en silencio. Vi que sacó un pequeño libro de su maletín, pensé que sería un abogado, o un escritor famoso; seguro los escritores que sí venden libros se visten así, pensé. Pero la verdad es que parecía como sacado de una película de Fellini. 

—Eres músico, ¿verdad? —preguntó el hombre con una sonrisa inquietante. 

—Sí —le contesté nervioso.

Los dos guardamos silencio por unos minutos y aunque quería no seguir con la conversación me intrigó que el hombre, con pinta de detective de los años cincuenta, supiera exactamente sobre mi profesión. 

—¿Y cómo supiste que soy músico? —le dije con un tono más amable.

—Tus manos. Conozco a muchos músicos como para reconocerlos. 

—¿También eres músico?

—No —contestó con una sonrisa—. Pero he trabajado con muchos. Por ejemplo, sé que tú tienes talento, hay muy pocos con él; aún así sigues tocando en fiestas y en eventos baratos.

—¿Cómo sabes que…?

—Yo te podría ofrecer fama y reconocimiento.

—¡Un agente! —dije sarcásticamente mientras volteaba mi rostro hacia otro lado—. No quiero ser grosero, ya he pasado por esto muchas veces y los agentes sólo prometen cosas que no cumplen. Gracias pero no.

—¡No soy un agente! Digamos que soy… un hada madrina, tú sólo tienes que decir que sí; yo te ofrezco todo lo que has soñado y en diez años volveré para cobrarte.

—¿Cobrarme? No mames, no tengo dinero ni para la renta, cómo vergas podría pagar.

—Con tu alma.

—¡Claro! ¡Con mi alma! —le respondí al mismo tiempo que reía.

—¡Sólo di que sí! —gritó mientras me fulminó con sus ojos rojos y me tomó con sus garras ásperas que arañaron mi piel.

Me asusté al ver su rostro, lo único que quería era que desapareciera. Temeroso, cerré los ojos y le dije sí. En ese instante se esfumó, dejando una estela de humo de color púrpura.  Desperté en el avión con un dolor de cabeza horrible. El asiento a mi lado estaba vacío, así que pensé que todo había sido un sueño.

Llegué a casa de mis padres para vestirme, casi sin tiempo, en el baño de visitas. Antes de la fiesta, revisé mi celular y me di cuenta que tenía docenas de mensajes de diferentes productores musicales; mi correo estaba repleto de mensajes de agentes también. Pensé que era una broma y, sin darle mucha importancia, disfruté de la fiesta de mi hermana y sufrí los estragos de una cruda monumental durante los dos días siguientes.

Cuando regresé a casa, mi vecino corrió para recibirme; me pareció extraño ya que ese maldito borracho siempre tiene fiestas y se encarga de que entre semana no sea capaz de dormir. Emocionado, me dijo que un agente muy importante había ido a buscarme y que cuando yo regresara le llamara.

Todo pasó tan rápido que en ese momento no recordé a mi extraño compañero de avión. Las siguientes semanas fueron de locura: firmar contratos, grabar en el estudio; entrevistas y sesiones de fotos. Fue hasta que salió mi primer disco que recordé a ese inquietante hombre, quien me había prometido todo lo que me estaba ocurriendo. 

Los años subsecuentes fueron de frenesí. Grabé varios discos; por alguna razón la música sólo fluía y no dejaba de sonar en mi cabeza. Estuve de gira por todo el mundo, conocí lugares que no sabía que existían; siempre sin dejar de pensar en el hombre extraño de mi sueño.

Dentro del mundo de la música, hice muchos amigos; entre ellos, estaba Ramu, el mejor guitarrista que yo haya conocido jamás. Con él, colaboré en mi último disco. Después de eso, Ramu enloqueció. Algunos dicen que fue por tanta droga que se metió. Pero los psiquiatras dijeron que su esquizofrenia había aparecido de pronto, a los treinta años y sin ningún antecedente familiar. Ramu afirmaba que no estaba loco; y que el hombre del traje y sus perros negros vendrían pronto por él. Un día antes de que apareciera muerto en su cuarto de hospital, fui a visitarlo. Parecía tranquilo y lúcido, con un aire de saberlo todo. Hablamos de música y de la breve gira que hicimos a principio de año. Luego permaneció en silencio y, con los ojos llorosos, puestos fijos en la ventana, me dijo: “El hombre del traje viene por mí.” Tomó mi mano y fijó sus oscuros ojos en los míos. “También vendrán por ti. También vendrán. Cuando escuches ladrar a los perros”. Ramu se puso maniático y tuvieron que sedarlo. Al día siguiente supe de su muerte, que además consideraron como indeterminada. 

Luego de unos meses de la muerte de Ramu, decidí volver al estudio de grabación. La noche era fría, pero más que nada se sentía vacía, con ese sonido muerto que come todo a su paso; ese silencio que ayuda a reverberar a las bestias o las pone a dormir. Justo en el momento de mayor quietud, surgió el sonido delirante de una jauría exquisita y tenebrosa. Entre los sollozos y la fiereza de aquellas bestias, apareció el hombre del traje.

—¿Qué tal tu aventura? 

—Pues… lo dudé al principio pero… ¿A dónde iré? ¿Qué me espera? —le dije temeroso y expectante.

—Lo que a todos —respondió mientras merodeaba entre mis cosas.

Desperté en mi sillón con una cruda espeluznante; bebí de más una noche antes. La muerte de Ramu y sus palabras todavía retumbaban en mi cabeza. Pero los doctores aseguraban que la muerte de Ramu había sido un infarto y que sus historias sobre el hombre del traje y las fauces de los perros negros eran sólo destellos de locura. 


Sentado en la sala de mi vacía, grande y fría casa, porque pedí fama, pero olvidé pedir a alguien con quien compartirla, me puse a escuchar “Bela Lugosi’s dead”. En el minuto dos con veinticinco segundos, oí ladrar a los perros, como si fuera una avalancha que se viene de frente y te deja helado y quieto, justo como un simple espectador de un inmediato futuro que ha llegado para devorarte.