Es una tonta comedia hurtada e inventada por un libro polvoso y ancho de húmedo, que como si se hubiese remojado por años, apenas sus hojas hoy se pueden abrir no sin antes despedir aroma de cobertor cobijando un muerto en la tumba de meses. Quise saber el nombre del libro antes de deshacerme de él de una manera poco valorable para alguien que ha dedicado su vida a escribir, sin saber a dónde va a aparar lo que hace y aquí está lo que hizo. Ni en la portada ni en el lomo hay nombre de la obra o del autor. No se sabe editorial y mucho menos año de publicación. Dichas cuestiones se antojan para resolverse en la época inquisitoria. La tortura del libro continúa. Abro y rasgarse de páginas atruena en el musgo de mis oídos que es la habitación del mundo. Algunas letras quedan vivas en oraciones incompletas y así, con otras oraciones también faltas, se complementa una página; cadáver exquisito este libro que muta con violencia la historia que ahora cuenta y que seguro no tiene nada qué ver con la que contaba, pero siendo que es el mismo libro con sus letras en pedazos, muriendo, puede nacer el nuevo mensaje:

El ventrílocuo no muere porque más ha hecho con su trabajo de ofertar becas a los niños que no tienen cómo solventar sus estudios. Padres que desaparecen en el umbral del medio día de la cantina del barrio. Madres que trabajan todo el día, ¿quién educa entonces a tanta mente prematura sino es que los medios y sus logos? Todos los días por la mañana café con pan. Termina de alistarse y a su Enriqueto también. Con la cara maquiavélica pero que a todos los niños les gusta ver, darle la manita, preguntarle cosas, o aceptar algún dulce de los que comparte mucho. Las señoras, qué lindas sus nalgas y su humor en ágil aparición porque se la pasan todo el día trabajando. A ellas sólo las molesta con un buenas tardes, o días, según el caso. El suceso no es tan recurrente como otros quisieran para su normal día lleno de sabandijas y personas apuñalando por la espalda, por enfrente un puñetazo y arrebatar celular y se llevan la cartera con dinero y documentos personales. No queda más que levantarse y decidir continuar el día amando a los que toca amar. El ventrílocuo, después de pasar la copa del sombrero en las ventanillas de los carros lujosos, permitido por el semáforo en rojo, que ahora cambia y él se acerca al punto de reposo, mientras espera que el verde cambie de color. Un par de simios, con las colas batiéndose al aire. Con sus cuerpos como de gatos largos y sostenidos en dos patas; caras de humano triste que no se humecta, acercan su filoso vocabulario de niños que viven en la periferia de cualquier ciudad del mundo; desnudos con el miembro espadas al frente queriendo atravesar el cuerpo de Enriqueto, que expresa un gesto de susto aún más exagerado que el del ventrílocuo metiéndole la mano por el trasero. Los simios, en alta voz arremeten y hurtan a Enriqueto, que entre el tráfico y por encima de los carros, huyen festejando la travesura. El ventrílocuo no puede con el tema e intenta sobrellevarlo inventando a otros muñecos, pero ni uno es o le parece tan bello, y es que no es que no lo sean, pero algo en él hacía falta y por ello quiere dar todo por terminado, cuando más sabe acaba de empezar. La tristeza se hizo el café por la mañana. Pensar en Enriqueto lo llevó a salir a la calle y pegar fotos de él para ver si alguien lo reconocía y se lo entregaba o le avisaba dónde lo podía encontrar. El tiempo se prolongó como si en el banco estuviera generando intereses. Decidió un día abrir la puerta de la casa e inclusive ya no la cerró. Se subió al cerro cerca de su hogar. Alto, picudo, mucha lechuguilla, moscas y un calor que desmaya. Su edad no estaba para tanto trote, pero escala cada piedra hasta dar con las espinas. Se puede caer pero no se cae. Avanza. Arriba, entre nubes que piensa si algún día cambiarán de forma, pide, por favor, aparezca Enriqueto. Baja de noche, casi cayendo siempre a cada paso. En la puerta una nota dice le tienen una sorpresa. Lo citan en la televisora importante. El periódico hace una entrevista video que suben a las redes. El pueblo sin lavarse las manos aplaude y como el zoológico que es, festeja desde sus jaulas, con la voz particular de animal que tiene cada uno dependiendo su estado de ánimo. El hombre lleva el vestuario que representa la humildad de un nativo raza de bronce condenado por la pobreza. Se presenta en el estudio que trasmitió a las 9, pero a él lo hicieron llegar desde las 8, siendo que de su casa salió a las 6:30 para alcanzar en camión el tiempo justo para llegar. Almorzó afuera un café, el más caro de su vida. Lo hicieron esperar cuarenta y cinco minutos sentado hasta que una señorita, con ceño fruncido lo apura y como no queriéndolo tocar, le pone maquillaje con una esponja que dejó en la basura después de verlo salir. Entra al estudio y le aplauden y parece que el rating va bien, pero no mejor que el programa en vivo donde dos conductoras se lían a golpes dejando ver sus intimidades por los diminutos atuendos que usan. El zoológico le entrega una caja de regalo que entusiasmado abre. De su interior saca la cabeza de Enriqueto, como si se tratase de un lio con el narco ¡Por Dios que sólo es la cabeza! Imbéciles ni siquiera se dignaron a restaurarlo ¿qué es difícil para quien acostumbra pagar miles por un sorbo de café? Abraza. Inunda de llanto el set, deseando llegar a casa y poner la cabeza en otro cuerpo.