Ilustración, Daniela Villareal Grave

El auto era viejo, lo sé porque noté, de oído, que los amortiguadores estaban gastados; además brincaba con cada bache que tocaba. Cuando me tiré al suelo, antes de que me aventaran al asiento trasero, pude distinguir la forma del cofre que era exactamente igual al Impala 67 que tenía mi padre cuando era niña. Los cinco hombres salieron de la casa pero solamente dos se subieron al carro; yo iba en la parte de atrás con uno de ellos, podía percibir su olor a sudor rancio y tabaco, pero la venda cubría todos mis intentos de distinguir a detalle su rostro. Me había orinado en los pantalones, no por miedo, por horas de espera encerrada en el sucio y apestoso sótano donde me encontraba con anterioridad. Aunque le pedí varias veces al conductor que parara para ir al baño, él únicamente gritaba insultos mientras alentaba al que estaba a mi lado a golpearme.

-¡Pégale güey no seas puto! – dijo el conductor.

-¿Y si la mato, pendejo, quién nos va a dar la lana? – dijo el hombre sentado a mi lado.

-¡Pues dale verga o algo, pero cállale el hocico!

Percibí bajo la venda, vaga luz a lo lejos; era de día y el sol estaba justo detrás de nosotros; distinguí un olor como a humedad penetrante, algo que ocurre con frecuencia cuando estoy a punto de despertar de una pesadilla.

-¡Cuidado güey! – gritó el hombre que estaba junto a mí.

Escuché un golpe ensordecedor; de pronto todo dio vueltas mientras mi cuerpo se sacudía de un lado a otro y contra mi compañero de asiento, como dos pelotas rebotando en un espacio pequeño. Tuve esa sensación de flotar en el aire; al caer me quité la venda, pude ver a los hombres sangrando con cristales rotos incrustados en la cara. No tengo memoria de sentir dolor, no sé si ya estaba acostumbrada después de perder la cuenta de los días al estar atada, con hambre, sed y frío, y con los pantalones repugnantes, llenos de mis propios orines y mierda. Como no llevaba cinturón de seguridad salí con facilidad por la ventana pero mis pies, lesionados por el accidente, no permitían que me moviera con destreza. Vi a un ciervo tendido en la carretera frente al carro, todavía estaba vivo; su tórax se contraía y expandía; la sangre corría en el pavimento que humeaba, tibia, al contacto con el aire frío. El animal gemía, movía sus patas tratando de levantarse o escapar a morir en el bosque. Regresé al carro, tomé las dos armas que llevaban los tipos; una la guardé en el bolsillo del pantalón; la otra la usé para darle un tiro en la cabeza al venado, luego la aventé al barranco frente a la carretera. No era la primera vez que mataba a un ciervo, cuando era niña mi abuelo me enseñó a cazar pero, nunca lo disfruté en realidad.

Caminé con dificultad a un lado de la autopista con la intensión de detener a un auto, pero después de unos minutos vi a uno de los hombres caminando tras de mí arrastrando una pierna; y aunque sus heridas parecían más graves que las mías; por los golpes que me di en el accidente, me era imposible caminar más rápido. Mientras trataba de huir recordé que tenía la otra pistola en el pantalón; intenté sacarla pero mis extremidades dolían, sabía que una no tenía movimiento; volteé para revisar y me di cuenta que tenía el brazo flojo, la carne desbaratada y algo que parecía un hueso expuesto, un claro signo de fractura; la imagen me dio náuseas y me hizo caer al piso.

Recostada con náuseas por aquella horrible imagen, escuché los pasos del hombre que se arrastraban por la grava, me tendí de un lado, tomé el arma con una mano, le apunté pero al jalar el gatillo se atascó; el hombre la tomó, forcejeamos un poco y cuando estuvo a punto de quitármela, cerré los ojos como por inercia, para jalar el gatillo otra vez. Sentí la explosión salir de mi mano; en la cara el salpicar de gotas tibias que recorrieron mi piel. Al abrir los ojos vi su carne colgando, la mano destrozada y la sangre que corría por su brazo y que estilaba en el suelo. Aunque el estruendo del arma y los gritos del hombre me ensordecieron, también me dieron tiempo para alcanzar una piedra; el hombre se levantó, me pateó el estomago y la cara tan fuerte, que quedé tendida tragándome la sangre que salía de mi nariz, después tomó un puño de tierra y lo lanzó a mi cara para mantenerme a ciegas. Logré abrir un poco los ojos, que además me ardían, cuando él estaba encima de mí, apretando mi cuello con la única mano que le quedaba; empujando su cuerpo con toda su fuerza para lograr asfixiarme. Luego escuché el sonido de un claxon acompañado de una luz cegadora y desperté.

De nuevo estaba en ese sótano oscuro y putrefacto, con una pequeña lámpara vieja que dejaba pasar un poco de luz. Noté que mis pantalones estaban mojados, había tenido una de esas pesadillas  traicioneras.  A los minutos llegaron los cinco hombres con máscaras y cubrieron mis ojos con una venda y a rastras, me subieron al auto. Sólo éramos tres: el hombre al volante, el hombre a mi lado y yo.

-¿Qué hago aquí, a dónde me llevan? – pregunté.

-¡Qué te valga verga pinche perra! – dijo el hombre al volante.

-¡Bueno ya pendejo, pa’ que le contestas! – dijo el otro hombre.

-¡Tú cállate, qué chingados la defiendes! 

-¡Pos nomás digo que le pegues un tiro y ya, pa’ qué tanto pinche pedo!

Los hombres siguieron discutiendo; sentí ganas de ir al baño, les pedí que pararan varias veces y se negaron, después percibí el mismo olor a sudor y cigarro añejo de la alucinación, pero fue hasta que vi la luz cegadora, cuando supe que todo lo que había soñado estaba pasando; comprendí que debía alterar el orden de los acontecimientos para cambiar el resultado, comencé por ponerme el cinturón de seguridad y recordé que justo antes del accidente distinguí el característico aroma a humedad de mis sueños. Cuando llegó el momento grité:

-¡Cuidado!

El conductor frenó abruptamente, el carro se ladeó y comenzó a dar vueltas, ahora más fuerte que en el sueño. Golpeó en un árbol antes de caer al barranco; cuando todo se detuvo me desabroché el cinturón. Salí, vi al venado parado justo frente al carro, me observó detenidamente y levantó su cabeza con imponencia, aparentando comprender lo que había pasado. Recordé que los hombres tenían armas así que regresé al auto por ellas; pero al tomarles el pulso me di cuenta que estaban muertos. Volví mi vista al camino para buscar al ciervo pero ya no estaba; se había esfumado como si solamente hubiese sido una aparición. Un par de minutos después un carro se detuvo para auxiliarme y llamaron a la ambulancia. Pronto llegaron los agentes de la policía y mi familia, quienes dijeron que tenían semanas buscándome.

Estuve treinta y cinco días secuestrada, eso dijeron los agentes; yo ya había perdido la noción del tiempo. He escuchado que cuando alguien te priva de la libertad los primeros momentos son de desesperación, pero más tarde, tu cabeza comienzas a crear historias para intentar sobrevivir al trauma.

Siempre que alguien me pregunta qué fue lo que ocurrió, mi imaginación vuela y siento que despierto de nuevo en ese sótano espantoso, jodida y apestando a cadáver en un avanzado estado de putrefacción. Pero trato de volver de esos momentos y cuento la historia tal y como la recuerdo, o como mi mente traumatizada me obliga a procesarla: antes del accidente tuve un sueño en el que iba en un impala negro y mis secuestradores chocaban con un venado; para que el animal no sufriera le di un tiro. Uno de los hombres me perseguía hasta matarme. Cuando desperté en el sótano donde estaba secuestrada, entendí que, durante el regreso a la realidad, tenía la oportunidad de corregirlo todo, decidí comenzar por proteger la vida del venado; a cambio él, mi sueño y el cinturón de seguridad, salvaron mi vida.