Una reseña sobre el tema “Ángel o demonio” de Hugo García Michel.

Dice la conseja popular: los que pueden, la hacen… y los que nomás no pueden, se vuelven críticos o maestros de universidad e incordian a los que sí la hacen. Existe la creencia de que la crítica sociocultural generalmente ocurre como mera imposibilidad de crear, como pura envidia ante quienes sí pueden crear algo propio. Pero la realidad de las relaciones entre la crítica y la imaginación creativa no son algo así de claro y sencillo, afortunadamente.

Un caso…

Hugo García Michel es un conocido crítico de rock y música popular; pero más que nada, es un buen crítico de rock. Se le discute o acepta, mas no se niega su capacidad de juicio. Desde la revista La Mosca en la Pared fustigó la baja y mala producción nacional y al mismo tiempo informó sobre lo mejor del rock intemporal y sin fronteras, la esencia del canon. A García Michel le debemos la caracterización de lo que se hace en México y otras partes del mundo hispanoamericano como “rockcito”, porque es música que sólo obedece de modo inmaduro, como espejito, lo que dicta el mercado corporativo globalizado y lo hace con calidad subdesarrollada, incompleta, indolente, poquita cosa y auto-conformista. Así que, entre el rock y el rockcito, según García Michel, hay algo así como la diferencia que va de Javier Bátiz a Carlos Santana o de Caifanes a The Cure.

Pero resulta que Hugo García Michel no critica nada más de oídas y desde la barrera. Al mismo tiempo que se ha manifestado como eficiente periodista cultural, se ha demostrado también como cantautor y luego ya de plano como músico rockero, centrado más que nada en la praxis de la quintaesencia del blues con el grupo Los Pechos Privilegiados. Quienes le han escuchado en vivo le reconocen no ser emisor de rockcito, pues la calidad de lo que compone e interpreta demuestra una voluntad de auténtica pureza rockera radical, anticomercial y antipopulachera, lo que lo sitúa como un músico contracultural y subterráneo por completo. De allí la importancia de la aparición pública de lo que ya es su primera grabación de un disco completo, como se decía en mis tiempos, o de un grupo de canciones para Spotify, como se dice ahora.

Esta rolita seguro que no se adueñará del Jit Taréid ni de las listas de reproducciones bobas, pero será digna de escucharse por largo tiempo y cada vez con mayor placer rockero.

La canción se titula “Ángel o demonio” y tiene una duración de cuatro minutos. Es una balada cadenciosa en 4/4, sincopada, no sin dejos caribeños y bossanovescos a la vez, con un imaginativo arreglo de Jehová Villa Monroy.

García Michel aporta la letra y la melodía, también canta y toca la guitarra en la grabación. Le acompaña un selecto grupo formado por José Manuel Aguilera (guitarra principal y voz), Claudia Arellano (voz y coros), Hernán Hecht (batería) y Jehová Villa Monroy (bajo, guitarra y teclados). Esta selección o casting de músicos acompañantes es un acierto crítico de García Michel. Todos destacan como virtuosos y corresponden a un encuadre estético subterráneo y vanguardista; en sí mismos, son un ensamble para público inteligente, toda una posición teórica de compromiso con lo auténtico y no con los relumbres del espectáculo. La trenza del trío de guitarras abre un hipertexto trascendental en la marca estilística del rock ultrabarroco, al estilo de Eagles, por ejemplo, y también de los Allman Brothers clásicos. Y en esto de que el rock auténtico es cosa de guitarras eléctricas, destaca en esta canción el trabajo magistral de José Manuel Aguilera; también es su voz la que resuelve la compleja armonía de la pieza. Pero esto obliga subrayar el trabajo vertebral de Villa Monroy con el bajo, lo que permite una eficaz resolución en la batería del exacto e imaginativo Hernán Hecht. La voz de Claudia Arellano corresponde a un zafiro para el anillo de instrumentos y otras voces.

Se puede bailar con o sin abrazo de pareja, igual que sin pareja o con una infinidad de parejas. Lo mismo sale danzonera para la gente de la enésima edad que sale retadora para quienes vienen descendiendo, de los árboles del perreo y la kizomba, al suelo firme del erotismo cachondo per se.

  La letra bien corresponde a una letrilla hispanoamericana clásica. Son versos libres con rima abierta, todo con un dejo de octosílabo de huapango huasteco, para que no digan que se copia a ciegas lo gringo. El relato es un momento de aporía amorosa. Alguien se enamora de otro alguien y ese otro alguien tiene igual fama de ángel y demonio en el amor, hay que elegir si uno se involucra, entonces la elección es que sea lo que sea, el que elige se lo juega todo, no duda, no le importa si es ángel o demonio, le hará el amor. Los enunciados no tienen género, es válido para todas las posibilidades mentales y corpóreas del amar. De tener que pensar en el binario clásico: la primera estrofa la narra el protagonista varón, la segunda le corresponde a la protagonista mujer y la tercera la resuelve quien narra desde una situación viril que incluye la mente y el cuerpo de los dos protagonistas.Total, aquí hay una obra del crítico García Michel para ser criticada. A mí me gusta, me da sana envidia de músico diletante. La escucho como el trabajo de un noble artesano que ha dedicado su vida a la alquimia de la música, una fina muestra de su maestría. Yo no le he buscado los defectos, si los tiene, porque creo que el resultado los convierte en detalles ultrabarrocos y ya no en simples errores. También yo no escucho esta canción como rockcito. Más bien, la encuentro como una miniatura a escala de buen rock. No es música para llenar estadios ni para vender millones de discos. En cambio, sí lo es para el goce ilustrado de quien escucha con audífonos y piensa en respuestas igual de imaginativas y actuales.

Va un abrazo virtual de cuate real para todas las personas que han hecho posible esta primera entrega del disco de Hugo García Michel.