Para Aome de la Cruz, jardín en mi pecho

Cuando despertaron por primera vez, creían, tontos, que sólo ellos existían, porque frente de los dos, un gran horizonte terroso se distendía hasta donde su vista por todas partes podía acaparar. Experimentan el mundo de las sensaciones; el arte de la vida pareció les hacía sentir dolor, y tuvieron que cubrirse un poco para no sentir cristales rotos en la mirada. Se fueron acostumbrando, hasta que dejaron de taparse. No estaban seguros de qué entraba en ellos cuando sentían como el globo aerostático, en cualquier momento iban a dejar de tocar la tierra. Es la sensación que les producía desconocer lo que ahora veían pasar enfrente. Estaban seguros de lo que son y de lo que veían que no se parecía en nada a ellos. En el avance energético para intentar comprender la situación, hombro con hombro, al mismo tiempo, ambos se asoman por el hueco de una piedra en la que estaban metidos, situados desde una posición incómoda, donde se quieren hacer paso, pero consiguen más que no avanzar y quedarse atorados en el hueco. Con la mano libre se vuelven a tallar los ojos porque lo que podían ver no lo creían y de lisonja trataban aquel truhan que pensaban quería manipularlos, desprestigiarles el descubrimiento de la mirada.                       

Una mujer pasa caminando con un hilo de la mano sujeto a una cosa que en el suelo, colorida y multiforme, avanza a ras. Al estar frente, hay una conexión de miradas de todos con todos. Hace una reverencia de cabeza, salen despegados corriendo a su encuentro. La ven, la distinguen como a uno de ellos pero ellos no llevan un acompañante colorido más que sólo son ellos que se miran, de pronto, entre sí, de arriba abajo y de regreso. Ella también es distinta a ellos que entre ellos tampoco son iguales. Tocan la cosa, que en realidad, dice ella, con una voz que primero les hizo sentir una composición de orquesta en oposición, antes de saber lo que significa lo que estaba diciendo. No tardaron en comprenderse con el lenguaje de todas las cosas aunque todas las cosas apenas estaban por existir. Se inclinan para volver a tocar a lo que ella dice son plantas que antes fueron una mascota de nombre Rojo. Rojo tenía la costumbre, como pueden constatar, de amar en su cuello la asfixia del collar abrazándolo con amor. Era una mascota que dice ladraba y para verificar lo que es el ladrido, la chica, enérgica, con todo su cuerpo y sobre todo con mucha voz, imita al animal con seguridad cínica de la que se cree la bella del montón. Retoma la forma y la compostura. Explica cuál era la composición primera de Rojo antes de ser lo que llama animal de botánica. Recluidos una vez más entre el escombro de sus manos tallándose la mirada, no atinan con la imagen de la explicación en sus cabezas. Ella dice que tiene que avanzar pero ellos quieren descubrir qué es y lo que hace. La cantidad de plantas, flores, frutas, cactus su nariz: explica la mutación. Toda esa fauna sale ahora del cuerpo del perro y toda raíz de tal naturaleza ahora abraza el interior de sus órganos vitales que piensan, en retorica vieja, están echos de madera.                                        

Se dio cuenta porque el animalito no se dejaba de rascar, de oler una parte del cuerpo donde pensó habitaba una alimaña. Encuentra una hoja no más larga que uno de sus cabellos. La toma y estira. El perro conoce el llanto y ella también. Desde entonces no volvió a arrancar ni rama ni raíz que le viera. Así, cada una que le vio poco a poco se fue convirtiendo en una planta muy bien formada y nutrida para contemplar. En él ahora hay frutos, hierbas fumables, bebibles, alegóricas, y ahora piensan que jamás podrán dejar de verla porque algo hay en el animal de botánica que les produce cierto estado de paz. La persona de igual manera les produce una sensación de frescura y piensan que tampoco nunca podrán dejar de mirarla, de respirar ese perfume que emana a emperatriz cuando vírgenes se mantienen ocultas en los jardines del palacio. Su piel, conocen ese color en el velo que mueven cuando se internan de lleno en los sueños como exploradores que se hacen paso en la noche de los caníbales.                                                                             

Qué clase de mujer primaveral pasa frente a ellos provocando una sublevación de ideas y una revolución del pecho contra el corazón. La mujer y el perro se volvieron un suceso digno de suplantar la oralidad de antiguas guerras de hombres contra dioses por el hurto de las mujeres.                                                                                                                          

Supo de sus cuidados, al ver que poniéndole agua todos los días, la felicidad y la belleza de las plantas acrecentaban con cada buen trato. Las plantas no tardaron en crecer moderadamente, de manera que del perro no quedó más que el movimiento y ya todo lo demás de él es maleza creciendo por todo su ser; emanando la felicidad de los colores y los aromas. Pudo apreciar su mirada empezar a ser un paisaje de cuarzos y de su boca no quedó más que espinas de un rosal muy floreado. Su actitud empezaba a ser la de una planta que solo está más quieta que ladrando de inquieta. Rojo, cuadro de Giuseppe Arcimboldo, tuvo una batalla con otros animales más pequeños pero en cantidad todos juntos tomaban hasta el doble del tamaño y proporción. La pelea se tornó desgarradora, bella por llena de muerte insectil y al final el perro de las mil aventuras sobrevivió polinizado.                                                                                              

Se despiden, amándoles cuando dice que el perro botánico ya es viejo y sabe desde que los cuarzos en el paisaje de su mirada se fueron opacando, es la muerte que es la vida, ya llegó. Por eso vinieron a lo que dice es la reforestación cósmica, que su silbido de marcha fúnebre acompaña y termina cuando la tranquilidad brota de su corazón, que ahora nos late en este bosque de Rojo, el perro botánico que han plantado y a donde nos gusta venir a respirar.