Qué culerísima la vieja, ¡no  puede ser!, uno enterándose por otros lados de lo que hablan de ti, le dice a su amiga. Ella permanece en silencio con la expresión fresca, como la de un heraldo que ha cumplido su misión. Pero se la va a llevar la chingada y de lo lindo,  ya verás…, Mayela continua su monólogo.  A mí no me cargan muertitos que no son míos…, que le siga la cabrona,  tengo muchos trapitos que sacarle, concluye.

Mayela Rodríguez es médico internista y le gusta su trabajo. Lleva cinco años en un hospital al que entró pocos meses después de su primer divorcio. Con el tiempo se ha ganado la confianza de los pacientes aunque a veces los intimida con su porte severo. Todos en el trabajo la sufren. Ella no tiene límites y acusa a quien dejó un par de migajas en el comedor, quien llegó tarde, los que no llenaron correctamente sus reportes, hasta al barrendero que colocó la escoba fuera de sitio.

Fernanda Ortega es de sus pocas amigas, aunque sólo la tolera. Incluso con los años ha alimentado una especie de resentimiento, como si en ella viera el origen de sus infortunios. Sin embargo, no puede abandonarla. Sabe que a ella jamás la ha expuesto, por el contrario, hasta prevenido. La mejor prueba de su amistad la tuvo cuando se enteró de que su marido se revolcaba con cuanta enfermera o practicante tenía a la mano. Inmediatamente y sin rodeos fue y se lo dijo. El resto de sus amigas habían callado por prudencia, porque querían estar bien seguras, por no lastimarla. Pero Mayela no, ella, a riesgo de ser tachada de intrigante y perder la amistad, le contó lo que ya corría de boca en boca. Por eso Fernanda le debe un poquito de lealtad, aunque la deteste.

 Sus otras amigas no sólo aborrecen a Mayela, sino que la apodan la Bitch. Con frecuencia se burlan de la forma extravagante en que viste y disfrutan las noticias de sus desavenencias. Por ejemplo, hace un año, cuando nuevamente se estaba divorciando,  escuchaban de lo más felices los detalles que Fernanda no tenía reparo en filtrar. Decían que la Bitch se lo merecía. En esos momentos en vez de defenderla, Fernanda participaba de las burlas convenciéndose de que tenían razón al decir que Mayela era una arpía. Sin embargo, se conocían desde la universidad y no era tan sencillo sacarla de su vida; existía allí un lazo de nostalgia y complicidad difícil de disolver. Mayela la acompañaba desde antes de que su padre falleciera, en ese tiempo cuando aún compartían ideas y se construían un futuro en cual su amistad sería inquebrantable. 

 Cuando Fernanda se iba a casar, Mayela le aconsejó que no lo hiciera. ¿Por qué no haces la especialidad?, entiendo que no te quieras ir a otro sitio pero aquí mismo puedes, espérate. El padre de Fernanda había sido un hombre previsor y el seguro de vida cubría lo suficiente para financiar sus estudios. Sin embargo, ella argumentaba que no podía continuar ya, requería estar más al tanto de su madre. Ésta había cedido de tal forma al alcoholismo que ahora debía permanecer en una clínica bajo cuidado y supervisión. ¿Por qué no intentaba comprenderla?, pensaba Fernanda. Ya no quería pasar más tiempo así, sola.

De todas las pruebas de esa amistad, la más difícil había sido varios años atrás. Fernanda llegó inesperadamente a casa de Mayela viendo hacia todas direcciones y preguntando si se encontraba sola. Ella le respondió que sí. Entonces las lágrimas iniciaron su curso mientras hablaba, ¡La maté Maye, la maté!, te juro que yo no quería, pero ya me tenía harta, ¡harta! Quería que se callara, que ya no me hablara más. Fernanda recitaba aquello sin detenerse. Me van a descubrir…, no quiero ir a la cárcel, Maye…, por favor, ayúdame. Su amiga la sacudió de hombros. Tienes que explicarme qué pasó y calmarte, le dijo con autoridad, Nadie te va a hacer nada.

Alonso había ido a una convención de médicos y no deseaba que ella se quedara sola, por eso su suegra estaba pasando unos días en casa de ellos. Sin embargo, Fernanda intuía que la vieja sólo quería vigilarla. Llevaba tiempo intrigando con la idea de que engañaba a su hijo. Fernanda no podía esperar el momento de verla desaparecer.

Por la mañana la mujer despertó con un fuerte dolor en el estómago. Fernanda sólo le preparó un té de manzanilla, ¿acaso no era lo que siempre recomendaba su suegra cuando ella intentaba expresar alguna queja? Le decía de manera repetida que  se tomara un tecito y relajara. Ese era el momento para devolverle un poco de su sabiduría.

Pero el día transcurrió y durante la noche las cosas empeoraron. El dolor fue insoportable al amanecer.  Suegra, déjeme que la revise, se había ofrecido a examinarla con genuina preocupación. Si bien Fernanda sólo había trabajado un año antes de tener al primer hijo, por los síntomas tuvo la intuición de que era apendicitis. No obstante, la señora se rehusó a escucharla y luego adoptó su típica actitud soberbia. Le dijo que la llevara con el Dr. Manríquez, el amigo de su hijo, que sí era un médico con experiencia. A Fernanda la invadió un reverbero ácido. Yo pienso que mejor deberíamos ir al hospital, dijo. Luego preguntó, ¿le han quitado ya el apéndice? La señora dijo que no recordaba y luego permaneció en silencio reclinada sobre uno de los sofás.

Fernanda quiso prepararse alguna bebida, se estaba volviendo loca. Tomó un vaso de plástico, vertió generosamente de la botella de vodka y agregó un par de hielos. Después de un rato le preguntó otra vez, ¿cómo se siente? La señora le respondió que se había tomado unas pastillas y ahora estaba mucho mejor. ¿Qué pastillas?, ¿cuáles?, Fernanda sabía lo peligroso de ocultar el cuadro clínico con algún medicamento. ¡Ay, pues unas que siempre tomo!, respondió sin dar más detalles.

Entonces Fernanda estalló de enojo, cogió las llaves del auto y se fue. Aún quedaban horas para recoger a los niños de la escuela, así que con especial empeño se entretuvo recorriendo todos los pasillos de un centro comercial, visitando tienda tras tienda. Ya estaba harta de ser menospreciada. Si no hubiera sido por el nacimiento de su primer hijo y luego del segundo, probablemente ella también tendría un consultorio como el de Alonso y hasta andaría en alguna convención médica.          

Al regresar por la tarde a casa, encontró a la mujer sobre los azulejos del baño. Llamó a la ambulancia y a su esposo. Todo fue inútil, el apéndice había reventado contaminando los órganos. Lo sabía, lo sabía, lo sabía, Insistió con estas palabras a su amiga mientras reavivaba el llanto.

Mayela ordena un mousse de limón y se lleva a la boca una gran cucharada. No sé cómo puedes meterte todo eso, tiene un montón de azúcar, Fernanda le reprocha con saña. A ver, ¿qué quieres que haga?, tuve un día del infierno, tú me cuentas que una de mis colaboradoras va ayudar para que me demanden y por si esto no fuera suficiente, el cabrón de Roberto quiere quitarme el consultorio, ¡estoy harta! Suelta con furia la cucharita y ésta rebota contra la mesa. Perdóname, comenta Fernanda de modo solemne, Pero luego estás sufriendo en el gimnasio, concluye.

Se despiden y Mayela se encamina al auto con todas las ideas revueltas, ¿cómo es posible que la estén demandando?, ¿por qué sus compañeros se portan así? Sube a su camioneta y apoya la frente contra el volante. Llora. ¿Por qué el cabrón de Roberto le hace esto? No había sido suficiente con la humillación de atraparlo en sus mentiras como para además, tenerle que ceder su patrimonio. ¡No es justo!, se repite mientras humedece las mangas de su blusa. ¡No es justo y no me voy a dejar!

Al doblar la cuadra ve cómo Fernanda prende su auto y se enfila sobre una de las avenidas adyacentes. Se pregunta si ella también la traicionará en algún momento. No es tonta y percibe cierta aversión aunque siempre ha hecho lo posible por cuidarla, por entender la naturaleza de sus desdichas. Como esa tarde cuando a Fernanda la perseguía el temor de haber dejado morir a su suegra. Mayela le había brindado las palabras justas, incluso, aconsejado la estrategia que emplearía para liberarse de toda acusación. También aquella vez del engaño de Alonso, cómo había soportado todos sus insultos en medio de la frustración; dominado para no responderle cuando la llamó víbora cizañosa. A estas alturas, no dudaba que ese apodo con el que las conocidas de Fernanda la nombraban hubiera surgido de la boca de su propia amiga, en medio de algún berrinche. Quizá es tiempo de ponerlas en su sitio, piensa. A ti y a la otra culera también, suspira.

Fernanda, después de la separación de Alonso, intentó volver a su carrera tomando cursos y revisando opciones para alguna especialidad. Sin embargo, lo que mejor le había venido fue montar una clínica de belleza donde fungía como directora. Poco a poco el negocio ganaba clientes y la sensación de estar por encima de su amiga la llenaba de orgullo. Esa especie de manía se había acentuado tanto, que durante los últimos meses las conversaciones terminaban ya porque una o la otra, se reprochaba algo. Desde la inmersión en los asuntos de belleza, Fernanda vivía con la obsesión de ridiculizar a Mayela. Le criticaba su figura, su cutis, su alimentación. Era como si buscara a toda costa terminar con esa amistad, no sin antes dejarle claro que ella era mejor.

Al llegar al trabajo la invade la sensación de estar siendo observada. Se dirige como siempre a su consultorio y entonces un hombre le sale al paso, le entrega un citatorio para acudir a las autoridades. Ella lo toma sin preguntar y lo va leyendo mientras continua su camino. Quiere, por un momento, volverse invisible y asesinar a su exmarido, luego, encaminarse a la sección K del hospital y tomar de las greñas a la pinche vieja metiche que atestiguará contra ella por mala praxis. Bebe café bullente. Sonríe. Todos la están subestimando, piensa. Pero me los voy a chingar, se dice.

Por la tarde, al llegar a casa, sigue con la bilis espumando. Se siete sola. Fernanda al menos cuenta con sus hijos. Por ellos es que debería recapacitar y bajarle a su actitud, piensa. Sabe por experiencia que los pequeños luego pagan por los errores de los padres, por ejemplo, ella que al ser hija de un defraudador, ha vivido todo el tiempo dando explicaciones sobre su honradez.

 En cierta manera comparte con Fernanda el dolor de estar sin papá. El de su amiga murió y el de ella, se fugó a quién sabe dónde cuando aún era chica. Por eso rivalizar es absurdo. Se va a dormir planeando la forma en que podrá cobrarle venganza a cada uno de sus enemigos.

Por la mañana, casi a punto de irse al hospital, Fernanda la llama. Antes de saber el motivo piensa de qué manera podrá alejarse de su amiga, es enfermizo llevarla como rémora. ¿Cuál será el “apuro” a esta hora?, se dice. Maye, perdóname que te interrumpa, sé que ya vas rumbo al trabajo, le dice con voz apagada, como hecha harina. Dime, le responde en tono seco. Ayer mi mamá tuvo una crisis muy grave, no sé cómo lo consiguió, pero estuvo bebiendo por varios días. De forma inmediata le responde con furia, Pero, ¿y las personas del Centro?, ¿dónde estaban?, ¿cómo pasó? No sé Maye, créeme que lo voy a averiguar, tú me vas a ayudar, ¿verdad?, no puedo con esto, ven por favor.

Entonces a Mayela se siente culpable de lo pensado la noche anterior, un calorcito le invade las manos y se le acorta el aliento. No va a llorar. Avisa que llegará tarde a su trabajo y toma camino al Centro de Retiro donde se encuentra la madre de su amiga. Conduce de manera cautelosa, ya le han ocurrido accidentes en momentos donde las emociones apremian.  ¡Qué importa que a Fernanda la rodeen un millón de personas! Es a ella a quien reclama en casos mayores, quien verdaderamente está en su corazón.

Al entrar a la habitación, Mayela encuetra a su amiga acurrucada en un pequeño sofá. Tiene el pelo revuelto y viste ropa deportiva. No trae maquillaje. Se acerca a ella y le da un abrazo. Puede percibir su tufillo a alcohol. Le acaricia el cabello. Perdóname Mayela, no te merezco…, le dice Fernanda mientras se prende de su cuello. Es como si adivinara todos los pensamientos que Mayela ha elucubrado durante estos últimos meses de combate.

La madre es un cuerpo gastado puesto a dilución. Mayela recuerda las imágenes de su propia madre antes de fallecer. Es ridícula tanta beligerancia entre nosotras, reflexiona. Primero mi padre, luego el de Fernanda, primero mi madre, luego…, no puede concluir con ese pensamiento. ¿Dónde dejaste a los niños?, pregunta intentando volverla a la realidad. Están con su papá, le pedí que los cuidara,  responde Fernanda, apenas con energía. Van a estar bien, Alonso seguro los llevará alguna parte, agrega Mayela y luego se arrepiente. ¿Tú qué sabes de ese cabrón?, le responde Fernanda con un impulso de ira. Tienes razón, perdóname. Guarda silencio.

Pasan todo el día juntas. Mayela ya no se presenta al trabajo. Le lleva ropa limpia y también algo de comer. ¿Crees que se recuperará?, le pregunta su amiga en más de una ocasión.

Mayela percibe cómo al avanzar las horas, Fernanda va modificando la cadencia de su hablar. Arrastra cada palabra al conectarla con otra. Mayela Adivina cómo en la taza de café, en la botella de agua que su amiga ha bebido durante el día o, en alguna ánfora escondida en su bolso, ha vertido licor. La conoce. ¿Va a estar bien?, le vuelve a preguntar. Entonces Mayela la abraza aguantando su hedorcillo a alcohol mezclado con vigilia.

Por la noche le ofrece traerle algo más, una dona, café, cigarros. Su amiga le dice que sí.  Mayela se encamina hacia el estacionamiento, se toma el tiempo suficiente para aspirar el aire frío del exterior y organizar sus ideas. Lo necesita. Fernanda aprovecha ese momento para verter generosamente alcohol en un vaso que contiene soda. Nuevamente es un asunto de complicidad y nostalgia. Un juego de paciencia que lleva años. Es preciso para ambas, esperar y observar el campo antes de asestar el siguiente golpe.