Me senté en la mesa de siempre, pedí para iniciar mi clásico pastel de chocolate y mi café. Era un domingo como cualquier otro, soleado y fresquito al mismo tiempo. Tempranito como siempre salí a correr, a aspirar un poco de ese aire fresco en solitario y luego de una ducha me fui a mi lugar favorito a desayunar.

Iría a la mitad de mis chilaquiles verdes con doble ración de crema, cuando una voz llamó mi atención. Era una mujer de estatura mediana y caderas redondas, senos turgentes y unos labios rojos y gruesos que gritaban pasión.

La observé durante un rato, pidió un café y un plato grande de frutas frescas. Tenía las uñas largas y pintadas con colores llamativos. Aún sentada y desayunando no se quitó las gafas de sol. Tenía un encanto extraño a pesar de ser una mujer realmente común, quizás su perfume, su tono de voz, no sé qué sería, pero me atrapó.

Dude un poco, pero finalmente me decidí a escribirle una nota:

“Disculpe usted mi atrevimiento Señora, sucede que al verla entrar me han subido de golpe los calores y entre el movimiento de sus caderas y su pecho altivo he tenido una inevitable y potente erección ¿será posible que usted tenga entre sus haberes, un remedio para mi inesperado mal?”

Le llamé a la mesera y le pedí que llevara mi nota a la mujer. Sí, de hecho sí estaba nervioso, sucederían dos cosas: o se levantaría a bofetearme a la vista de todos en el lugar o bien… ¡quién sabe! sus pechos valían el riesgo, cualquiera de las dos cosas las disfrutaría.

Le llegó mi mensaje, lo leyó sin hacer gesto alguno, lo dejó junto a su plato y siguió comiendo.
“Qué pena” pensé. Ni un sí, ni un no.

Terminé mi desayuno, pedí mi cuenta, pagué y me marché.

Salí caminando con calma del lugar y llegando a la esquina escuché que me llamaban. Volteé de nuevo hacia atrás, era ella.

– Sí señor, sí tengo un remedio muy efectivo para su mal ¿aún lo necesita?

No dijimos más nada, le di mi brazo para que lo tomara y caminamos en silencio, a dos cuadras del restaurante había un hotel. Entramos a la habitación, sin decir nada revisó que la puerta estuviera cerrada perfectamente. Se sentó en la cama y se quitó los zapatos, con un dedo me indicó dónde quería que me colocase, obedecí.

Tomó todo mi mal entre sus manos y con una dulzura inexplicable lo introdujo en el mar de su boca. Eran olas cálidas las de su lengua, era de pronto un mar en calma y luego de apoco se convertía en tempestad.
Cerré los ojos, acaricié suavemente su cabeza, como indicándole que me gustaba, que estaba volviéndome loco, que no parara… que no parara, por piedad.

No se detuvo ni un momento, parecía disfrutarlo más que yo, parecía que lo tenía preparado, que sabía exactamente cómo volverme loco, cómo arrancarme los gemidos, cómo…

Grité… no pude evitarlo, grité y entonces me tiró en la cama, su mirada cual leona sedienta me atemorizó, no habíamos terminado todavía, me sabía su presa, indefensa y vulnerable, sin poder siquiera decir que no.

Se las arregló para que mi cuerpo le respondiera nuevamente y estando justo como le apetecía, arrancó a galopar.

– Esto es solo para que, en el resto de la tarde, no le regrese aquel mal.

Me dijo coqueta, con apenas un hilo de voz. Sudaba, gemía, galopaba sobre su presa, me deshacía el cuerpo, el alma, la vida en ese precioso instante cuando la vi venir. Sus pechos bailaban, su ser entero voló… voló alto, voló sin mí. ¡Qué espectáculo más maravilloso!

– ¡Hola! … Sí cariño no te preocupes, papá está conmigo. Llegaremos un poco más tarde ¿de acuerdo? Cuídate cielo.

– ¿Ya te extrañó?

– A ti más bien, llamó para preguntar si estás conmigo…

– ¿Nos vamos a casa juntos mi amor?

– Discúlpeme caballero, a penas y lo conozco yo.

Me dijo guiñándome el ojo mientras se vestía.

Salió de la habitación del hotel, caminando derechita como siempre, moviendo esas caderas tan enormes, tan mías, tan indecentes… A penas y me lo creo ¡Qué bella que es mi mujer!