Ilustración: Daniela Villarreal Grave

Las ratas llegaron en un día de otoño, como alguien que llega de visita sin avisar; cuando el trabajo había aumentado en el restaurante y todavía no era tiempo de contratar más personal. Yo comencé lavando platos; sólo me dieron el empleo porque ya tenía experiencia en algunos comedores industriales. A los pocos meses empecé a atender las mesas. Cuando uno de los cocineros enfermó durante varias semanas, mi jefe, el Sr. Méndez, me pidió que cubriera el turno completo en la línea de la cocina. El Sr. Méndez es un hombre gruñón que pasa el día bebiendo café y fumando cigarrillos, a escondidas, en la oficina. El primer día que cociné probó la comida y sin pensarlo me dio el puesto vacante que había.

Se dicen muchas cosas respecto a la plaga de las ratas, pero lo cierto es que nadie está realmente preparado para enfrentar una guerra con ellas.. 

Cuando era niña mi padre me obsequió un hámster. Yo le había pedido un perrito pero como su esposa, Gladis, era una mujer bastante antipática, nunca me dejó tener perros en la casa. Mi madre murió cuando yo nací. De ella, sólo tenía una foto que guardaba bajo mi cama para que Gladis, no la viera. Mi padre decía que Gladis se ponía triste cuando veía la foto de mi madre, porque ella había cuidado de mí como si fuera su hija. Gladis, a pesar de ser muy estricta, tenía muchísimas cualidades, supongo que es la razón por la que mi padre se casó con ella.

Una vez tuve una pelea en el colegio y Gladis se encargó de ir a la oficina del director. Fingió todo el tiempo estar molesta; pero cuando salimos, me llevó a comprar una nieve. Ella pidió de limón y yo de vainilla. Me dijo que si quería ser alguien en este mundo debía aprender a defenderme. Así que nunca le dijo a mi padre el castigo que me habían dado en la escuela.

Mi padre era un hombre dedicado a nosotras, pero debo admitir que no era el mejor esposo con Gladis. Siempre me pareció extraño que sus largos viajes de trabajo, le impidieran volver seguido a casa. Él decía que transportaba cosas y que su trabajo era muy importante para la vida de las personas.

Cuando tuve edad suficiente para beber alcohol, Gladis me confesó la verdadera razón de la muerte de mi padre. Yo creí durante muchos años que él había muerto en un viaje de trabajo, pero la verdad era que lo habían asesinado. Dijo Gladis que cuando estaba transportando el cargamento, lo interceptaron los guachos y lo llevaron con Don Justino, el presídete municipal en aquella época; y ahora; el gobernador del estado. Dijo que estaba segura que Don Justino lo había matado porque a pesar de que mi padre era el mayor distribuidor de armas en la región y nadie se atrevía a tocarlo; Don Justino estaba aliado con otro bando. Mi padre murió así: con dos tiros en la cabeza. Los periódicos dijeron que fue un accidente automovilístico. Hasta los peritos judiciales firmaron el acta.

La plaga desapareció casi de un día para otro, cuando Cleme; la otra cocinera, puso un veneno para ratas en todo el restaurante. Lo colocó en cada esquina, con un poquito de pan y queso. Al día siguiente unas cuantas de ellas aparecieron tiesas con las pancitas para arriba. Yo creo que las ratas son inteligentes, porque después de esas pocas muertes, las otras desaparecieron como si nunca hubieran existido. A veces siento que no son tan malas, porque me recuerdas poquito a mi Tomy, el hámster que me dio mi padre en mi cumpleaños número doce. 

Las ventas bajaron porque se aproximaba la época de fiestas navideñas. Todas las personas estaban ocupada con las compras de regalos. Ese día de mi cumpleaños me tocó trabajar con Cleme hasta cerrar. Las mesas ya tenían varias horas vacías y Cleme aprovechó para ponerle una velita a un pedazo de pastel que sobró del viejo inventario. Cantó las mañanitas y como cada cumpleaños pensé en mi padre, en Gladis y en Tomy, ese lindo ratoncito que sólo vivió durante algunos meses. 

Sonó el timbre de la puerta y un hombre, alto, viejo y mal encarado se sentó en una mesa frente a la ventana que daba a la calle. Cleme fue a tomarle la orden. Y cuando volvió me dijo emocionada que el gobernador estaba en el restaurante. Me asomé por la cocina y lo vi, sentado, bebiendo un café amargo y recalentado que Cleme le sirvió antes de tirar el resto. Luego ella me dijo que Don Jacinto estaba en el restaurante porque se le descompuso el carro; y que iba a esperar por la grúa con un café y un plato de la sopa del día.

De mala gana, fui a buscar más café molido para preparar otras cuantas tazas. En el estante detrás de la cocina donde guardábamos los granos de café y algunas especias, vi el recipiente casi vacío con el veneno para ratas. Le dije a Cleme que la siguiente ronda de bebida yo se la llevaba. Ella calentó la sopa del día: un caldo de queso que tenía el aspecto de ser una delicia y un olor a ajo, cebolla y chile poblano tatemado que tanto me gusta.

Le sirvió como si fuera un invitado de honor en su casa. Calentó Tortillas de harina, de maíz y puso en medio de la mesa un platito con mantequilla. A la mitad de su comida Don Justino levantó su mano señalando que quería más café. Puse una taza limpia en el mostrador, vertí el café recién hecho y agregué dos cucharadas de mi ingrediente secreto: veneno para ratas. Al caminar hacia la mesa pensé que danzaba en una fiesta donde sería coronada. Sentí que mi cuerpo hervía y que todos mis sentidos se exaltaban. Coloqué la taza con café en la mesa y con un tono simple y dulce le dije: buen provecho.