Llueve sangre en la ciudad,

las venas del amor están tapadas:

nos alcanzaron ya.

Ayer le dispararon a una hermana,

a otra la metieron en una maleta descuartizada,

hay comentarios que dicen que es pasional.

(“Llueve sangre en la ciudad”. Coyo Licatzin, 2018)

Ana mató a su padrastro a los 17 años de edad. Lo golpeó con todas sus fuerzas con un machete oxidado en el cráneo en repetidas ocasiones –de lo único que me arrepiento es de no haberte arrancado la verga hace muchos años− gritaba descontrolada. El asesinato fue trending  topic tres días enteros. Ocupó la primera página de “ El Rojo” el periódico más amarillista de la región, incluso publicaron la foto de Felipe Angulo descuartizado con la cabeza reventada como mina de guerra. En la bendita patria no es extraño que aparezcan cuerpos cercenados en las secciones policiacas de los diarios. Muchos de ellos son dejados conscientemente a la vista de la sociedad para construir un estado sitiado de terror donde el narco deja claro quién gobierna. Se han avistado cadáveres colgados en los puentes, en las plazas públicas, en la puerta de las oficinas gubernamentales, en las estaciones de policía y sobre todo, y esto ya es un clásico: diluidos en sosa caústica de 35 pesos el kilo dentro tambos de doscientos litros sobre las carreteras más transitadas. Pozolear no sólo es un sustantivo hecho verbo que deviene de un platillo típico. Pendegos, bAn a valer Bergaz. BeNimoz poR Todoz. No noZ iNporta qien aiga sido el que mato al cHoris. Nozotros agararEmoz pareGo con loS pendeGoz deL KlAn JuareS Y GaliscO. Puede leerseescrito con navaja sobre los cuerpos que aparecen cercenados en distintas ubicaciones del país.

La historia de Ana tiene algunos lugares comunes con las del crimen organizado. Existe en ella un cuerpo destazado, un tambo de acero y la idea altiva de terminar con el enemigo. Sin embargo, Ana se convirtió en la heroína del Talión para los mexicanos. La gente aplaudía a su justiciera urbana e hicieron decenas de memes que simpatizaban con su accionar. Ella no fue la primera madre que asesinaba por amor a un hijo. Sin embargo el acontecimiento se volvió mediático por las proporciones épicas de la misoginia en un país de feminicidios y abusos sexuales que quedan impunes. En un país donde la violencia se ha normalizado al punto de convertir a la víctima en culpable de su propia suerte a partir de declaraciones de odio que se sustentan en lo provocativo de un escote. Ana evitó que su padrastro violara a su pequeña niña dejando un mensaje claro. El video que colgó en su muro de FB fue considerado una obra maestra de justicia. Su discurso sin duda fue conmovedor y una mentada de madre en contra de los que ejercen el poder y la fuerza sobre cualquier otro ser humano.

En las entrevistas realizadas a Ana cuenta que pudo soportar por años el miembro oblongo de su padrastro en la garganta. Incluso pudo sobrellevar el que le hubiera hecho una hija. Lo que Ana no pudo tolerar fue encontrar al nauseabundo sujeto tocando el clítoris de la pequeña. Por eso actuó resolutiva recordando su propia historia. El machete estaba tirado en el patio, justo enseguida del tambo de doscientos litros que hacía las veces de sauna; lo tomó sin titubear.

Yo tuve la oportunidad de escuchar en la viva voz de Ana los antecedentes de su historia y decidí narrarla desde la estética del relato para que no se perdiera  en el abismo diario de la violencia introyectada como una nota roja más: 

La noche era fría. En ese cuarto de lámina y de remaches oxidados la inclemencia del clima se potenciaba. El acero de las paredes conducía el frío hacia el piso de cemento y el cemento en los cuerpos parecía recordarles que la piel siente, que la piel sufre y reivindica la sensibilidad de un objeto de carne que ha tenido el infortunio de nacer en la pobreza absoluta. Ana aún es una niña y no tiene la conciencia de que algún día se convertirá en madre de una pequeña mujer que tendrá que sobrevivir en un mundo desequilibrado.

La madre de Ana tiene una manada de mocosos desnutridos. La realidad es que nunca le gustaron los niños pero no sabía que existían formas para evitar tenerlos. Repudiaba sus caras lastimeras, la debilidad de sus huesos frágiles, ese constante y atonal llanto por hambre, pero sobre todo: el centelleo inocuo de sus ojos luminosos. No podía resignarse a advertir en ellos un dejo de mínima esperanza. Sabía que al igual que ella sus hijos terminarían jodidos porque la vida es injusta. Tal vez no comprendía qué era lo que le hacía volver la vista al lado cada vez que alguno de sus sucesores la miraba con ternura; lo que sí sabía es que no podía controlar ese impulso de querer estrellarles la cabeza contra el suelo o de reventarles la mandíbula con su puño seco cada vez que la luz era desprendida a través de sus pupilas de niños pendejos y soñadores. Tal vez por eso mismo los golpes de su madre seguían decorando gran parte del cuerpo de Ana. Su padrastro sin embargo, descubrió la manera inefable para erradicar ese brillo molesto en sus ojos. Fue sencillo presionar el botón de apagado. Con sólo un roce en las piernas de Ana el mundo que observaban esos ojos refulgentes se tornó opaco.

A los once años su abdomen de niña creció. Dentro de sí habitaba un pequeño ser humano que compartiría sus genes con los del hijo de puta que le acarició la vulva desde los tres años. Todas las noches la acercaba a su cuerpo y en un cálido abrazo la “protegía” del frío. Ana temblaba de miedo cuando comenzaba a escuchar la reiterativa respiración agitada muy cerquita de su cuello impúber. Desde ahí podía advertir un olor fuerte, desagradable y amargo que emanaba el hombre por su piel y por la boca. Su aliento olía a construcción, a alcohol, a llanta quemada, a cuerpos descompuestos guardados bajo su lengua. Ana pensaba en los cocuyos y en su luz inacabable mientras su padrastro restregaba su cuerpo contra el suyo.    

 ̶ No digas nada Anita porque te quiebro. Te quiebro y a tus carnales de paso –le decía el hombre por las noches cuando terminaba de eyacular sobre o dentro de su cuerpo. Ella sentía un alivio sorprendente al escuchar estas palabras: la amenaza perdía fuerza precisamente porque la sentencia determinaba la conclusión de esa labor rutinaria. Al despertar le decía quedito que era una niña hermosa y que cuando creciera un poquito más la iba a hacer su mujer. Ana experimentaba un  asco desmedido y muchas ganas de desaparacer para dejar de sentir a su padrastro en medio de los huesos de sus piernas.

Una tarde caliente la madre de Ana se fue y jamás regresó. A decir verdad  su abandono no fue algo impresionante. Como muchos partidarios del humo en las bombillas de luz se fue buscando a dios en los bienes ajenos. Desde antes de irse ya hablaba de santería y robaba para no perder la sensación de poder que la metanfetamina le regalaba a consignación de su propia alma. Lo que sí resultaba evidente era que por esas fechas su madre ya estaba en los huesos, muy cerca del hoyo, muy cerca del espacio de tierra destinado a guarecer lo que quedaba de su cuerpo fragmentario. Por eso algo en ella recordaba a un muerto. A través de sus ojos se reflejaba un vacío sin formas, era como si el mundo exterior hubiera desaparecido de repente y la nada absoluta fuera el nuevo paisaje irradiado en esos ojos incrédulos ante el cataclismo de la vacuidad; de una vacuidad insulsa, en la que el único fundamento era la necesidad absoluta de dejar de ser, de dejarse en la tierra. Sus pasos eran lentos y arrítmicos, parecían dolerle. Cada espacio que recorría con sus pies constituía el embate del sistema locomotor contra la voluntad de avanzar. La piel ocre, los pocos dientes huérfanos simulaban al cartón mojado donde su no sonrisa. Al irse la madre de Ana, su padrastro cumplió con aquellas palabras que le decía despacio al oído desde pequeña. Ahora Ana era la mujer de la casa. Mujer del ex marido de su madre. Pareja de su propio violador.

Eran pasadas las doce de la noche. Ana apenas llegaba del trabajo. Desde la ventana sin cortinas pudo observar el cuadro repugnante en el cual se vio reflejada. Su padrastro y padre de su hija, metía sus sucios dedos bajo los calzones de la niña que era también su nieta. Ana tomó el machete sin pensarlo. Con éste destruyó la cabeza del abusivo. Le quebró las manos a golpes con el mango del machete. Descuartizó el pene en pedacitos uniformes y metió uno a uno los restos en la boca del cadáver, hasta la tráquea. Con la paciencia del poder entre sus manos hizo entrar al cabrón en el tambo de doscientos litros: una regadera improvisada terminó siendo su cajón mortuorio. No hubo cantos, ni rezos, sólo una paz especial. De esas euforias tranquilitas que hacen que la vida se reconstruya. Los ojos de Ana brillaban. Sabía que la vida a pesar de ser tan desgraciada podía tener sus momentos gratos, como éste, el momento en que de forma heroica, Prometea, conservó el fuego brillante en la mirada de su hija. Ojo por ojo, diente por diente.