Ilustración: Daniela Villarreal Grave

Sonia, elije sus aretes favoritos del alhajero imaginario que está sobre la mesita junto a su cama y se prepara para otro día de audición. Le parece que es tarde pero aún así decide pasar por el área de desayuno, en donde toma un vaso de plástico con café tibio y amargo, de tanto ser recalentado; y un pan duro que ha sido olvidado por todos los demás residentes. Pasa por la sala de juegos y saluda a Martha, una enfermera robusta, de cincuenta años, que eligió este empleo, de entre varios hospitales comunes, gracias a que cuando era adolescente, su madre padeció trastorno bipolar. Martha ha tenido que vivir con el recuerdo del suicidio de una mamá ausente, que nunca fue atendida por su enfermedad. Durante años escondió la marca que le dejó verla colgada, con los ojos saltados y la mierda en el piso que tuvo que limpiar con sus manos y los ojos llenos de lágrimas, después de que los paramédicos se llevaran su cuerpo.

Sonia camina por los pasillos con aroma a fabuloso azul; pavoneándose, orgullosa; sintiendo el aire fresco en su piel. Imaginado que cada uno de los paciente, es un rival para obtener ese papel protagónico. Sabe que nació para ser una gran actriz. Desde que era pequeña jugaba con la ropa de su madre mientras hacía audiciones imaginarias frente al espejo. Nunca jugó como todas las niñas con sus muñecas, ella las sentaba en un silloncito verde que tenía en su cuarto de juegos y presentaba frente a ellas una obra inventada, en la que siempre era la heroína de una historia triste, que más tarde se reflejaría en su vida. A veces era una gran cantante; otras, una actriz de Broadway, pero nunca dudó, que sin importar el papel que interpretara, siempre sería la mejor.  

Carmelita, otra paciente del hospital, se acerca a Sonia desde una de las esquinas de la sala de juegos y se burla de la cicatriz que traza la mitad de su cara. Sonia se lanza, furiosa, para tratar de tirarla al suelo. Las enfermeras se acercan y las separan. 

Martha le dice a Sonia que hoy es día de visitas y que no quiere llevarla al cuarto de castigo. Sonia entusiasmada le responde que es el día de su audición. Martha le dice que  vendrá su hermana, pero Sonia actúa como si no entendiera una palabra. Comienza a balbucear y a decir que la quieren volver loca. Martha, para cambiar el tema y tranquilizarla, le pregunta a Sonia por qué trató de lastimar a Carmelita. Sonia dice que Carmelita quiso robar sus aretes, pero en realidad no quiere admitir que es por la marca que lleva en su cara. Martha observa las orejas de Sonia y se da cuenta que no traen nada; sonríe y le dice que son muy lindos. Sabe que no está permitido tener ese tipo de objetos en el hospital, pero le miente para no perturbarla más. Ella acostumbra a tratar con cariño a Sonia porque de esa forma siente que está cerca de su madre, o que de alguna manera logra salvarla. La observa compasivamente y sosteniéndola de un brazo la lleva a su cuarto, ya que otra vez ha olvidado su bastón. 

Al volver a su escritorio en la recepción del hospital saluda a Sofía, la hermana de Sonia, que viene a visitarla como cada semana. Siempre que la ve siente un hueco en el estómago al notar lo idénticas que son. En más de una ocasión ha estado a punto de gritar cuando la ve pasar por recepción; pensando que Sonia intenta escapar del hospital. Pero luego de unos cuantos segundos recuerda que es día de visitas y que las únicas dos diferencias entre Sonia y Sofía son: la cicatriz y la esquizofrenia.

Martha escucha en el hospital, sin opinar, las historias sobre las dos hermanas. Las otras enfermeras dicen que Sonia se volvió loca cuando su gemela, sin querer, le robó su sueño, después de tener el accidente en auto en el que Sofía iba conduciendo, y que dejaría marcada, para siempre, la cara de Sonia. Pero Martha sabe que una enfermedad como la esquizofrenia no aparece así, como si nada.

Intenta ignorar el paso de Sofía por la recepción, pero ella se acerca tan atenta que no puede negarse a contestar. Sofía le pregunta cómo está su hermana. Martha le responde que no ha sido tan buen día por el altercado con Carmelita y el asunto de los aretes. Sofía se angustia y dice que todo es su culpa, que la semana pasada su hermana estaba molesta por no encontrar sus aretes favoritos y ella, para calmarla, inventó un alhajero imaginario, en donde dijo que estaban los aretes. Martha la observa con un gesto de desaprobación y le dice que toda la semana ha estado bien, pero que hoy es uno de esos días de audición y siempre se vuelve muy volátil, sobre todo cuando otros pacientes le recuerdan lo de la cicatriz y que además no es una actriz famosa.

Martha acompaña a Sofía a la sala de visitas, en donde Sonia está sentada en la mesita más cercana a la ventana, con una bata color lavanda y su cabello suelto que siempre la caracteriza. Observa a las dos hermanas y siente pena por Sonia; trata de imaginar cómo es posible que al ser tan idénticas, se hayan separado tanto sus caminos. En ese momento piensa en su hermano menor, Gustavo; que era demasiado pequeño para tener memoria de la muerte de su madre. Pero a pesar de esto, la culpa por las incontables veces que él ha estado en rehabilitación. Lo recuerda, angustiada, cada mañana cuando toma el autobús para ir a trabajar.

Sonia ve a Sofía, extrañada, pero esta vez la reconoce, aún cuando está teniendo uno de esos días difíciles. Puede ver a su hermana como alguien que ve frente a un espejo y se reconoce; como observar un recuerdo a lo lejos que vuelca un mundo de sentimientos queridos y otros dolorosos. 

Después de aquella visita, sí será un mal día. Porque al reconocer a Sofía, recordará también, que la actriz famosa no es ella, es su hermana.