Ilustración, Daniela Villarreal Grave

Compré un libro usado, viejísimo. Dentro de él venía la invitación para una boda. Se casaban Pablo y Adela, en Sevilla, España. El 15 de octubre de 2005. Al ver esta tarjeta me pregunté si después de quince años seguirían juntos. ¿Será que un asistente usó la invitación como un separador de libros porque no hay nada mejor que reciclar papeles inservibles? ¿Habrá asistido o no? ¿Habrá comprado un bonito regalo? ¿Fue invitado de la novia o el novio? ¿O ésta fue una invitación que llegó, inesperada, por el correo postal, para avisarle a unos ojos ya tristes, que su ex pareja se casaba con otro? ¿Es éste el destino de todas las invitaciones? O tal vez; ese libro que la guardaba era un bloque que sostenía el hogar de Pablo y Adela. Que después de varios años de intentar revivir un matrimonio destinado al fracaso desde el noviazgo, fue expulsado de ese hogar; al igual que casi todos los objetos que mantenían unidos a esos dos seres frágiles y complejos. Es común que cuando el amor se disuelve entre dos personas, la separación también arrastre a los objetos que los rodean o los aprisionan.

Por todas esas preguntas sin contestar decidí ir a Sevilla. Pensé que todo aquello era una invitación del destino que me preparaba para una gran aventura. Después de todo sólo estaba a tres horas en tren. El año pasado conseguí una beca para estudiar artes en Madrid. Lo que me permitió recorrer casi todo el país. Me gustaba viajar en tren porque de esa manera dibujaba retratos de personas que, ignorando que las observaba, posaban de maravilla, con gestos desconsolados al ver por las grandes y tristes ventanas. En ese tren a Sevilla conocí a Amalia, una señora de más de setenta años, que viajaba sola de regreso a casa para cuidar a su hermana Greta. Decía que era una retribución por lo que Greta había hecho por ella. La cuidó desde que era muy pequeña cuando sus padres murieron en un accidente. “La gente de hoy no soporta andar en tren” dijo Amalia como si yo fuera una jovencita. Pero no quise inquietarla con mi edad, casi podía escuchar los sermones de las amigas de mis tías, que susurraban mientras me veían llegar sola a las fiestas y preguntaban con vergüenza mi edad.

Le conté a Amalia que estaba en España como turista y estudiante. Que estudiaba pintura pero que me encantaba hacer retratos de desconocidos en los trenes o los parques. También le mostré la invitación de la boda, que era la culpable de que quisiera visitar Sevilla. Amalia se rió de mí. Me contó que ella nunca se casó porque su hermana Greta, enfermó cuando todavía era muy joven, y como era su única familia, le correspondía cuidar de ella. Había estado en un hospital durante un par de años, pero Amalia no soportaba estar lejos de su hermana y la llevó de nuevo a casa con enfermeras a cargo de su salud. Parecía que Amalia había sido muy bella cuando joven; traía unos aretes de esmeraldas que colgaban de sus pequeñas orejas. No usaba lentes, lo que me pareció algo extraño, ya que durante todo el camino cargó con un libro extraño y viejo, que leía a ratos; además la gente de su edad, con un hábito por la lectura, siempre usa lentes. Esto me obligó a observar a detalle sus ojos que eran de un color marrón rojizo, y su cabello corto y canoso dejaba ver el buen cuidado que le había dado toda su vida. Era delgada, pero no esquelética, tenía sus brazos llenos de pecas y su piel parecía algo así como una tela delgada y suave. Sonriente pero serena, me contó sobre sus pretendientes de juventud. “Los amores imposibles” los llamó ella.

Antes de bajarnos del tren, me pidió que la acompañara. Me ofreció bastante dinero por pintar el retrato de su hermana y quedarme unos días en su casa. Además me prometió investigar sobre la invitación de la boda, ella había vivido en Sevilla toda su vida y pensé que tal vez podría regresar a casa con una buena historia que contar. Me advirtió que Greta estaba muy enferma y la pasaba dormida. Pero que de vez en cuando la sacaban a que tomara el sol frente a la fuente en el jardín. Acepté sin pensarlo mucho, porque aunque realmente era una desconocida, con el dinero que me ofreció pagaría la renta de todo un mes.

Un chofer serio y elegante llegó por nosotras a la estación, en un auto antiguo y negro pero muy bien cuidado. Cuando llegamos a la casa quedé asombrada, estaba un poco lejos de la ciudad, a unos veinte minutos, en un pueblo llamado Carmona. Era una casona muy antigua y grande, con un olor peculiar a tierra y humedad pero con ventanales enormes que dejaban entrar la luz en la salita de estar.

Amalia me llevó a mi habitación, un cuarto amplio e impecable, con muebles bellísimos y antiguos. Un tapiz verde claro decoraba las paredes de la habitación, y unos retratos viejos, aparentemente de la familia, adornaban el pasillo que llevaba al balcón. Tomé un baño en la tina, me puse un vestido corto, color menta, con flores grises y un cinto azul.

Bajé a tomar el té con Amalia; ella tenía frente a la mesita del té varias fotografías de ella y su hermana, me pareció correcto pedirle algunas para pintar sus retratos de juventud. Amalia estaba muy emocionada. Sirvió el té en dos tazas pequeñas y colocó dos terrones de azúcar en cada una. “Terrones de azúcar” pensé. Ni si quiera sabía que todavía los usaban para el té. Me contó sobre Joaquín, el joven con el que estuvo a punto de casarse, pero por el gran compromiso que tenía con su hermana, se arrepintió y decidió quedarse a vivir con ella en la casona.

Antes de que atardeciera, Amalia se sentó frente a la fuente para dejarme pintar su retrato, saqué el pequeño caballete y tracé con lápiz las principales formas de su rostro. Luego le di volumen, luces y sombras con la acuarela. A Amalia le encantó. Llamó a Celia, la encargada de la casa. Le pidió que cuando fuera a la ciudad por las compras le dijera a Paco, el chofer, que la llevara a enmarcar la pintura.

Celia sirvió la cena. Y nos contó cómo había llegado a España desde Colombia, cuando era niña. Cenamos pato al horno y crema de salmorejo (una especie de sopa que se come fría y se prepara a base de tomate con pan y aceite de olivo). Bebimos una copa de vino blanco, y después de probar el postre: una tarta de naranja; Amalia y Celia hablaron sobre Abril, la joven enfermera que cuidaba a Greta. Al parecer era descuidada con los horarios de Greta, y dijeron que hacía ruidos extraños durante la noche. Comencé a sentirme mareada y me despedí de Amalia y Celia para ir a dormir.

Al día siguiente Amalia parecía estar molesta. Porque cuando le pedí que me llevara a conocer a Greta, ella se levantó furiosa y con su mano golpeó la mesa mientras negaba. Me asusté y no insistí más. Pensé que tal vez Greta había amanecido muy enferma y por eso Amalia estaba preocupada.

Celia y Paco fueron a la ciudad. Yo estuve paseando por los jardines que rodeaban la casona, y leí un rato frente a la fuente mientras esperaba que Amalia bajara de nuevo a la sala. Pasaron las horas y la oscuridad trajo la luna, que pintó de luz fría las hojas de los árboles. Celia me sirvió la cena: langostinos y cigalas. Y de postre tarta de pera. Pregunté por Amalia. Celia dijo que ya estaba dormida. Me fui a la cama justo al terminar mi comida y cuando me acosté, escuché un ruido seco, espantoso, como si un muro se hubieses derrumbado. Salí de la habitación, caminé por los pasillos oscuros y el crujir del piso de madera acortaba mi respiración que estaba cargada de miedo. Vi una puerta medio abierta y una luz que marcaba la entrada de la habitación. Seguí con pasos cautelosos, me temblaron las manos; aventé ligeramente la puerta y un hedor repugnante hizo que quisiera vomitar. Caminé dentro de la habitación y al voltear vi una silla vieja en donde pensé ver a Greta. Tenía sus manos tiesas y carcomidas, un vestido a rayas que dejaba sobresalir los huesos de sus piernas que parecían astillas filosísimas. Me acerqué para ver su rostro, pero estaba tan deteriorado que pensé estar frente a un cadáver. Tenía la boca abierta, los labios secos, el cabello largo y enmarañado; uñas rotas que parecían haber crecido durante meses; la piel gris y marchita, completamente pegada a sus pómulos. Me dieron náuseas y vomité sobre el tapete fino de ese cuarto nauseabundo. Al levantarme, vi parada frente al cuerpo consumido, a Greta. La Greta de las fotos de juventud, la hermosa y sonriente Greta.

Salí corriendo por aquel pasillo helado y oscuro. Tomé mi maleta. Corrí hasta el recibidor, abrí la puerta y atravesé con urgencia los largos trechos del jardín. Traté de abrir el portón pero tenía un candado. Tomé la maleta y la aventé del otro lado de la puerta, subí a un árbol que estaba a un lado de la barda y salté. Caí fuerte contra el suelo. Me dolió la espalda, pero me levanté lo más rápido que pude y corrí para llegar hasta la carretera. Justo antes de logar ver las luces del camino, un fuerte viento levantó la tierra que me cegó y dejó inmóvil. Al cesar el soplo, vi frente a mí a Amalia, alegre y radiante. Me quedé quieta, aterrada. Era la joven Amalia, esa que reía junto a Greta en las fotos antiguas donde aparecía de fondo la casona. Esa gran mansión que guarda más secretos que un viejo retrato, dentro de los pasillos de un triste y sombrío castillo encantado.