Ilustracion, Daniela Villareal Grave

Si pudiéramos hablar sobre lo que hemos visto, la gente trataría, a toda costa, de evitar comprarnos usados. Los cementerios de carros, inundarían ciudades enteras; la reparación de uno de nosotros, sería obligatoria, hasta que no quedara más que sepultarnos. Porque incluso, el reciclaje de piezas sería como la donación de órganos, y parte de esos recuerdos en el nuevo recipiente pasarían también a su memoria. También sería demasiado peligroso mantenernos muchos años con ellos. Los secretos que guardamos son a veces delicados. Así lo aseguró uno de mis vecinos en la yarda, un pobre auto viejo que ya nadie volteaba a ver. Me contó que a su último dueño, un joven flaco y alto de veintitantos años, le gustaba espiar a las ancianas cuando se cambiaban frente a sus ventanas, ignorantes de que alguien quisiera verlas a esas alturas de su vida. También estaba la historia del deportivo rojo, al que muchos tenían envidia por ser el más solicitado entre los hombres jóvenes que acudían a buscar un auto que impresionara a las chicas. Pero los rumores decían que su pasado había sido peligroso, que uno de sus dueños cruzaba la frontera cargado con drogas, y en muchas ocasiones fue usado para transportar algún cuerpo en la cajuela.

Todos teníamos historias que contar, algunas más divertidas, otras terroríficas. Yo, por ejemplo, he tenido varios dueños. No es que yo sea un modelo nuevo, pero soy uno de esos carros que la gente busca por ser económicos en cuanto al gasto de gasolina y por el gran cuidado que me han dado todos mis dueños.

Además no soy tan nuevo, y por tanto no soy tan caro como otros. Me crearon en el año 2006; el mismo año en que salió El laberinto del fauno en el cine. Ese año en que sonó en cada estación de radio la canción de Shakira: Hips Don´t lie.

Mi color es plateado. Dicen que el color es muy importante a la hora de preferir un auto, y que habla más del dueño que lo elige. Yo no estaba tan conforme con esa referencia, o tal vez es porque sólo aplicó con mi primer familia, que conectaban perfectamente con el perfil de las personas que eligen un carro gris o plateado. Se dice que suelen ser responsables. También dicen que son más sensatos y precavidos al manejar.

Definitivamente la primer dueña fue la mejor: una señora de cuarenta años que únicamente me usaba para recoger a sus hijos de la escuela. Entre trabajos en equipo y entrenamientos deportivos, aquella mujer pasaba sus horas escuchando música para niños y regañando a sus hijos cuando filtraban alguna botana  en mi interior. Luego de un par de años y con el cambio de trabajo del esposo, optaron por venderme para comprar un carro más grande.

Mi siguiente dueño fue un joven que me llevó a muchas fiestas, lo sé porque cada fin de semana olía a cerveza y al perfume de las mujeres que él subía al asiente trasero para penetrarlas por unos cuantos segundos, antes de venirse en mi asiento de piel. Ellas, inconscientes y con el cabello lleno de vómito; ni siquiera se percataban de lo sucedido. Dudo también que al día siguiente lo supieran. Después de esos penosos segundos en los que mi dueño jadeaba y se comportaba como una bestia bruta y sin sentido, todo aquello me hacía creer que, con esa poca destreza para complacer a una mujer, era la única forma de no obtener una burla a tan desastroso momento.

Aún así, él no fue el peor de mis dueños. Cuento a dos como los más viles: uno era un idiota con una extraña y un tanto enferma relación con su madre a sus treinta años, que se dejó influenciar precisamente por su mamá y hermana, para terminar con su prometida, sin saber que ellas lo provocaron todo. Haciéndole creer que su novia y la familia de ella, eran las que se oponían a su enlace. Si ese hombre hubiera escuchado las conversaciones que ellas tramaban en mi interior, planeando sus mentiras y desprestigiando, no solo a aquella mujer, si no a todos los que rodeaban su vida; si este pobre tonto supiera lo que ellas realmente hicieron, tal vez las desconocería, pero esa confianza ciega, no le permitió ver la realidad. Después de lo que he visto, siempre he dicho que no toda la familia quiere sinceramente y no todas las madres aman desinteresadamente a sus hijos.

Pero me atrevo a decir que el peor de mis dueños fue el asesino más buscado de la ciudad, en los últimos cuarenta años. Le llamaban el asesino de las mariposas porque en cada cuerpo dibujó una mariposa con una navaja, casi siempre en el vientre o en la espalda. Él era un biólogo obsesionado con el estudio de los insectos. Algunos de los investigadores del caso decían que dejaba esos dibujos en las víctimas porque era la representación del cambio que efectuaba en ellas, al matarlas las transformaba. Mi dueño escuchaba en mi radio estas noticias, mientras observaba a jovencitas caminar en el parque, y se reía, consciente de que no entendían nada sobre él. Recuerdo muy bien a la primera víctima, aunque estoy seguro, por la edad de mi dueño y lo meticuloso de su crimen, que no fue su primer asesinato.

Cada una de esas jóvenes estará guardada en mi memoria hasta que sea solamente un fierro viejo y vea el final de mis días vendido en partes. A él le gustaba ver el terror en los ojos de ellas, les ataba la boca para que sus gritos no sacudieran el desierto de la Laguna Salada; aún así yo los escuchaba retumbar en mi interior. Las asechaba por días, estudiaba sus horarios y rutas, buscaba siempre a las más vulnerables, las que caminaban solas a casa después de la escuela, esas que vivían con abuelos o parientes cercanos, pero aún así seguían siendo victimas de bajo riesgo, lo que le daba un toque de reto y hacía más evidente su manía. Les ofrecía llevarlas, y como su apariencia era la de una padre de familia, muchas de ellas, por el cansancio o el calor de las tres de la tarde aceptaban. Al entrar en el auto, las golpeaba en la cabeza para que se desmayaran, luego las ataba con nudos sofisticados que seguramente aprendió a hacer en algún entrenamiento o cacería; les ataba la boca y manejaba a su lugar favorito, un despoblado que estaba a unos cuantos  kilómetros de la carretera.

A las que no gritaban y lloraban porque estaban inconscientes, las despertaba para saborear su terror. Les cortaba la ropa con tijeras y luego las penetraba, pero siempre era incapaz de culminar el acto debido a sus inseguridades; después de todo era un hombre con más de cuarenta años que, a pesar de ser económicamente independiente por su gran inteligencia, excelentes estudios y un buen trabajo, todavía vivía con su madre, quien le lavaba, cocinada y manejaba su vida como si fuera un pequeño e indefenso niño. Además que jamás pudo sostener una relación exitosa con una mujer. Luego de sus nulos intentos por satisfacer su deseo, asfixiaba a las jóvenes con sus torpes y gruesas manos. Las dejaba ahí, envueltas con su propia ropa, y manejaba hacía la otra dirección de la ciudad para abandonar los cuerpos en los canales de riego.

Al día siguiente de cada asesinato, encendía mi radio para escuchar la noticia y manejaba por la ciudad buscando a su siguiente víctima.

A la última la recuerdo bien, tenía sólo diecisiete años. La llevó al lugar de siempre, pero ella logró soltarse gracias a que la recogió en una calle un poco más transitada, y por el miedo de que alguien lo viera, no ató el nudo como de costumbre. Ella abrió la puerta cuando él intentaba pasarse al asiento trasero; él me dejó encendido por la prisa de perseguirla y, cuando corrió frente a mí, alcanzó a sujetar su brazo, pero hice algo que nunca antes me hubiera atrevido, aceleré con toda mi potencia y con una de mis llantas le desbaraté el cráneo. La niña logró escapar. Más tarde la policía llegó a la escena para encontrar el cuerpo. Los escuché decirlo, su cara estaba tan destrozada que fue imposible identificarlo con la licencia que portaba; tuvieron que pedir los registros dentales.

Después de aquello, he estado en el estacionamiento de los autos decomisados. Aquí aprendí que muchos de los carros que terminan en este lugar, son vendidos como chatarra o clandestinamente para ser subastados. Uno de mis vecinos dice que así terminaré yo, que algún día un loco vendrá y me comprará para subastarme en algún grupo de perturbados. A veces pierdo la esperanza; ya he estado aquí por mucho tiempo, sucio y triste; angustiado, incluso, por nunca ser desechado; esperando por un dueño que sí me cuide. Pero cada vez que alguien se interesa en mí, uno de los guardias cuenta mi historia con el famoso “Asesino de las mariposas”. Luego voltean hacia otro lado, como si al ignorarme, borraran aquellos meses de terror, que vivió toda una ciudad.