El hombre mal vestido es el título de la última entrega de Guillermo Fadanelli, novela publicada por la editorial Almadía y aparecida en plena pandemia, síntoma de que la editorial avanza con paso firme a pesar de las circunstancias.

El libro se presenta como novela y lo es, pero también es el resultado de una compleja experimentación técnica, un cajón de sastre donde se encuentran disquisiciones filosóficas en generosas dosis, listas subrepticias de autores de referencia, apuntes de vida cotidiana, alegatos libertarios, debates generacionales e incluso la historia familiar de varios apellidos llegados de Italia a México, como la del propio Fadanelli. De este modo, El hombre mal vestido es, en palabras del autor, una novela, una ficción, pero que se aproxima al ensayo o más bien a la especulación existencial.

Superadas ya las lejanías autobiográficas de Al final del periférico (Random House, 2016) y las andanzas de personajes o alter egos (Fandelli, Cal y arena, 2018) por las calles del centro histórico de la ciudad de México, en El hombre mal vestido, el tradicional barrio de Tacubaya, un barrio que el autor conoce muy bien por vivir durante décadas solo a unas cuadras, se convierte en el escenario de los circunloquios y derivas del personaje principal, Esteban Arévalo, y de todos los demás personajes importantes de la trama. Solo los observadores provienen de otras latitudes, más oreadas, como el propio Blaise Rodríguez, biógrafo accidental de las andazas e intimidades de Estaban y una de las voces sobre las que se articula la trama de la novela y permite vehicular el sólido ideario filosófico del autor.

Esteban es un diletante mantenido, de esquiva presencia y con una empatía de reptil que vive en un cuarto de azotea prestado a cambio de algunos favores sexuales a la casera (su prima Ángela) y una cierta idea de compañía. Esteban es dueño, y quizá sea de lo único que sea dueño, de una rara moral (si algo es absurdo probablemente debe ser verdad), a veces excesivamente pulcra y rigurosa, como de otros tiempos, y que no da ningún tipo de importancia a la apariencia física a partir del vestido.

Muy al contrario, con su desdeñosa actitud Esteban desnuda de su significado social a la vestimenta y ostenta sus prendas raidas como un simbolo de libertad y diferenciación de los demás, tan preocupados siempre por su aspecto y por la mirada del otro, muchas veces cargada de prejuicios y estrafalarios constructos sociales.

Vestirse a propósito mal es un acto de rebeldía para pasar inadvertido y valerse solamente de sus modales y errática formación, entre la que se cuentan algunas lecturas azarosas pero importantes, para no ser tratado a patadas como un perro sarnoso por el resto de la sociedad. Cometido que Esteban no siempre logra, y en muchos casos, su lamentable y desgastado aspecto le dará algún que otro disgusto, un amplio catálogo de ofensas y arbitrariedades que en absoluto serán olvidadas, más bien objeto de secreta venganza.

La novela prescinde de la figura del narrador omnisciente y la trama se cuenta a varias bandas, hecho que diluye la figura del escritor como tal. La historia se construye a partir de las voces de Esteban y sobre todo de su biógrafo accidental Blaise Rodríguez, pero también a través de Ángela y la relación de la adolescente Gloria con el Tarántula, personajes secundarios pero a la postre fundamentales para como en todo buen relato negro tener un final cerrado.

Fadanelli es consciente, así me lo comunicó en una casi desierta cantina hace escasos días, de que El hombre mal vestido no es un libro fácil, no es una literatura que se deje leer así sin más, porque a pesar de que esté escrito como novela, en código ficción, y sea muy diáfana en su lenguaje, el autor plantea problemas de índole filosófico de cierta complejidad y aspereza, una plataforma ideológica construida a base de lecturas, sin llegar a la metaliteratura que practica el escritor Enrique Vila-Matas, autor a quien también cita, o al mismísimo Borges, autores que producen una literatura que se alimenta de sí misma y de sus variadas tradiciones.

Así en El hombre mal vestido el autor combina reflexiones de altos vuelos, algunas conclusiones extravagantes o interpretaciones muy sesgadas, casi surrealistas, de algunas ideas, con detalles de la vida cotidiana de barrio, los comercios, vecinos, paseantes y policías, hasta aparece una tal Tanya Sandler, extraña benefactora a caballo entre lo real y la ficción…

Todo ello se convierte en objeto de atención de Esteban, quien por recibir una pensión no tiene nada más que hacer que vagar por la colonia, urdiendo pensamientos sombríos y soportando agravios, tanto por su aspecto como por las sospechas que recaen sobre él, fundadas o infundadas, al ir aumentando la lista de muertitos que van apareciendo por el barrio.

La novela transcurre con agilidad y las situaciones se suceden de manera tan inesperada como fluida sobre una cartografía personal de calles, bares y negocios de una ciudad que ya no está (como por ejemplo La importadora, “una cantina estrecha como un metrobús) o que está a punto de desaparecer.

Finalmente, Esteban es la representación simbólica de un deseo universal. El deseo de matar a tanto prepotente desalmado que arruinan con su presencia la existencia de los demás. La venganza del miserable es por lo menos soñar con el asesinato para reparar los agravios sufridos. Al no existir el bien como noción, ni nada que lo represente, asesinar se considera un acto de libertad, afirma Guillermo Fadanelli, el gran glosador de la vida en los márgenes de la ciudad de México.

Al fin y al cabo de lo que hablamos es de literatura.