Ello implica, por lo demás, que para

hacer un diagnóstico de la época es

necesario intoxicarse de su época.

Ensayo de la intoxicación, Peter Sloterdijk

Juventud, serotonina, ketamina, feromona y la primavera como droga en polen. Jhonny Handsome de Walter Hill en las pantallas grandes y roídas de los autocinemas; el cine drive in como motel itinerario vouyerista alucinatorio donde Micky Rourke era el dueño indiscutible de la mampara blanca y gelatinosa; desfigurado, convertido después en Adonis por un cirujano tras las rejas, completamente a la inversa de la realidad. Prostitutas negras, violentos robos, motines de oro y bragas sucias; crímenes de Estado, asesinatos que nadie llora, frenos que chirrían al contacto con el pavimento, dealers con nombres inspirados en El libro de los Muertos;el cine de los 80 y sus monstruos, aunado todo a la música de Alaska y Dinarama con su Fan Fatal, el 101 de Depeche Mode, el Doolittle de Pixies, el Desintegration de The Cure y el Languis de Soda Stereo, con aquella droga sonora llamada “Lo que sangra (La cúpula)”, que no podíamos dejar de reproducir tras los oscuros vidrios de una limousine.

1989, LSD, cocaína y tranquilizantes equinos. Es Van Basten consiguiendo el balón de oro y Thomas Bernhard colgando los tenis, pero no el antinacionalismo furibundo que se engendraría en los Países Bajos pudriendo Austria. Mientras que en Francia, la galería de Larry Gagosian exponía The maps of Jasper Johns que marcaría un hito en la historia del arte contemporáneo. Yo conozco ese lugar donde revientan las estrellas.

¡Wird sind das Volk! Surgía una generación, ¡Wird sind das Volk! La Generación del Derrumbe. ¡Nosotros somos el Pueblo!, clamaban miles de alemanes concentrados en la plaza Alexander Platz de Berlín al momento en que el periodista Riccardo Ehrman preguntaba —en la que fue la madre de todas las ruedas de prensa—: “¿Cuándo será efectiva la ley?” —nueva reforma que procuraba permisos para viajar al exterior sin condiciones previas—. Günter Shabowski —miembro del politbüro de la RDA—, nervioso, entorpecido, improvisó: “!Ahora mismo…!”. Se levantaron los masos, y el Muro desmoronó. Los guardianes pierden el honor mientras desfilan.

La caída del Muro de Berlín, como escribió Ricardo M. Martín de la Guardia en 1989, el año que cambió el mundo: los orígenes del orden internacional después de la Guerra Fría (Akal, 2012): “Fue un símbolo anticipado de las transformaciones de los régimenes políticos de Europa del Este, la desaparición de la Unión Soviética, y, por extensión, del fin de la Guerra Bipolar, surgido tras la Segunda Guerra Mundial”. Pero sabemos que la democracia no ganaba nada con la caída del muro. Es amor lo que sangra desde el cielo hasta la cúpula.

En suelo Azteca se privatizaba la Banca, anunciada por el presidente Carlos Salinas de Gortari, en plena negociación del Tratado de Libre Comercio (TLC); se funda un lastre más: el Partido Revolucionario Institucional (PRD). Las primeras emisiones latinas de la creación de Matt Groening llegaban a los televisores mexicanos y clasemedieros. Empresas editoriales inventaban el Boom Latinoamericano en la literatura —otro lastre—, y en el campo del arte, daban sus primeros pasos el neo-mexicanismo y el realismo mágico —meta-lastres—. Yo conozco ese lugar donde todos se la creen.

¿Qué hacías a los 23  en el 89, sucia chica Punk? La falda lo más distante de las rodillas, los pezones erectos, puntiagudos hacia el futuro que se levantaba contigo en las carreteras del conocimiento. El ácido sobre tu lengua y la música trotona entrando por cada orificio de tu cuerpo, literalmente. La revolución ficticia, líquida, emergía a manera de sudor, semen y endorfina. La verdadera revolución gestábase en la química de tu organismo. Muchacha del derrumbe de 1989, de la caída del 2001, nacida en  La casa del Sol naciente, en un granero amurallado: Te rescataré. ¿Qué hacías a los 23 en el 89, esquinera? Ser libre, remar en un mar ausente de esperanza, a contracorriente, dentro de una balsa llamada desilusión; porque sabemos que la falta de ilusión vale más que el desencanto: la desilusión crea insurrección.

Es así que en 1989 tú tenías 23. ¿Recuerdas? Creciste con la generación del primer derrumbe. Sabías que ningún slogan publicitario podía cambiar nada. Creíste en el arte. Te creaste un antimundo y sobreviviste para contarlo. Yo conozco la salida de emergencia que nos salvará.

Aquí empieza la magia, reza la escultura de un hechicero a la entrada del Resort Grand Velas en la Riviera de Nayarit. Pero es en la periferia donde realmente debía respirar la magia. En la efigie urbana que convive con el humor corrosivo de las ciudades; los oscuros lenguajes estéticos: lo feo que alimenta lo bello, lo mundano en lo profano y el carácter iconoclasta. Aquí es donde entra el Maestro de Ceremonias, el presentador de circo, el artista incitador. Aquí es donde se incorpora el pintor del verdadero derrumbe: máquina sin dirección, sin maquinista, etílico seductor.

Se dice que algún día Alejandro Colunga asistió a la función de un circo de arrabal, y que en ese circo conoció a una trapecista; se dice también que Colunga quedó enamorado de las piernas de aquella trapecista; se dice que a partir de ahí se traza el surrealismo como lo conocemos ahora: la transgresión del pensamiento, las líneas y el cuerpo, el alcohol, la espiral y la locura. El payaso que no alcanza las caderas de una sensual trapecista, pero que logra manosear Suburbia con su pincel en un eterno show circense y una risotada esquizofrénica.

La de Alejandro Colunga es una escultura agridulce, una carcajada doliente congelada en las carpas del tiempo. Es amor lo que sangra en el techo, en la cúpula.

Se dice que el estudio de Alejandro Colunga era una “empresa familiar”. Tías, primos y amigos dibujaban maduros en la antigua casa de la abuela; el segundo piso de esa estancia se había convertido en una extraña factoría de arte comandada por locos.

En 1989, Colunga, mejor conocido como “El Alex”, colaboraba en la galería de Alejandro Gallo, que en ese tiempo contaba ya con una cartera de clientes tan completa como las letritas en el Mapamundi —con las señalizaciones de los países a los que había viajado— que colgaba de uno de sus muros. Y así, El Alex fue invitado a la Feria Internacional de Arte Contemporáneo (FIAC) en París. La factoría familiar, “La Perrada”, tenía que viajar con él a la par de sus amigos: Oscar Zamarripa, Francisco Barreda —fotógrafo de cabecera— y coleccionistas de Puebla, Guadalajara y Monterrey. Se hospedarían en el Saint Honoré en la Rue Rivoli. Una de sus sobrinas recuerda con cariño los mimos de las camareras francesas, pero sabía muy bien que estaban dirigidos más a Colunga que a sus jóvenes acompañantes. En esa época, la ciudad de París le abría las piernas al mago anarquista tapatío, las camareras no eran la excepción. Los rayos X no penetran.        

Mientras se esperaba que la obra a exponer fuera liberada por la aduana francesa, las sobrinas de Colunga vagaban por Champs Elysées. Compraban perfumes, ropa y zapatos con la estética de la Perestroika y el Punk, que se negaba a morir. Cenaban Quenelle con feromonas de recamarera franca. Aprovechemos.

Las aduanas de París se encontraban en huelga debido a las elecciones del Parlamento Europeo, el tour de Francia y el estercolero musical llamado Eurockeénnes —festival que reuniría a personajes como Nina Hagen, Noir Désir y Elvis Costello—. Debido a todo ello, la obra no podía ingresar al país, por lo cual, El Alex decidió salir a comprar lino y óleo. Volvería a pintar in situ, gran parte de la exposición. Cruje tu nombre en la pared, si sé que esperas, no podré dormir.

Durante 72 horas no salió del Grand Palais, entretanto, las demás galerías montaban ya sus exposiciones. Las chicas le acarreaban sendas botellas de champagne, era un encierro en una cúpula creativa con olor a parra, óleo y París Saint Laurent.

Para el día de la exposición en el vernissage, la obra de Alejandro Colunga era completamente idéntica a la que se había quedado varada en la aduana, sólo que sin marcos; los lienzos estaban aún frescos y eran sostenidos por clavos. Los abrigos de las matronas y francesas burguesas quedaban teñidos con los matices y aceites de Colunga, esa textura complementaba la obra. Una exposición que hubiera deseado Alejandro Jodorowsky para sus películas surrealistas. Comprenderás.

En la feria corría el rumor de que un artista mexicano había pintado en su alcoba toda su obra a exponer en tres días, debido a los conflictos políticos. Rumores que atrajeron a mucha más gente; en el stand no cabía una ninfómana más. Incluso el presidente Francois Mitterrand asistió a la galería para conocer a El Alex. Lourdes Almendariz, galerista, marchante de arte y sobrina de Alejandro Colunga Cuenta que: “Yo deambulaba por esos pasillos de la FIAC, champagne en mano, y no, no estaba dentro de una burda cinta de Jodorowsky, sino, en Pleno Margen (1943), el libro de poesía de André Bretón. Una mujer emperifollada, maquillada a conciencia con cosméticos de alta gama y el olor característico del Saint Laurent, se acercó a mí para chocar copas, ¡salud!, me dijo con la voz ronca de Olga Lang en La Estrella Vacía (1969). Se trataba de “La Doña”, mejor conocida en las pantallas y los oscuros lugares de mugre y orín del Centro Histórico de México como: María Félix”. Pinté tu nombre en las paredes.

La fama es una gárgola que el artista agarra al vuelo para no caer al vacío sin saber por qué, Alejandro Colunga se afianzó bien de sus garras, y la gloria terminaría convirtiéndolo en misterio.