El número ocho aparecía una y otra vez en la pantalla de luz intermitente, fijé la vista para ver el papel que tenía en la mano como si esa acción fuera a acelerar el tiempo. Me levanté de la silla gastada de plástico y arrojé el número al salir de la oficina. Había escogido el día más caliente del año junto a un aire acondicionado descompuesto y adolescentes hormonales esperando obtener, por primera vez, su licencia de conducir. Me culpé por dejarlo en la cajuela; recordé por qué nunca lo hago en verano. Un empleado de seguridad se acercó a mí en el estacionamiento y me dijo con una voz burlona:

-¿Tiene mucha prisa, joven?

-Tengo que darle de comer a mi gato, si no lo hago a la una en punto, se sale por la ventana y no vuelve en tres días.

-Creo que debería llevar el carro a que lo revisen.

-¿Qué? – contesté pasmado y discretamente con la mano toqué el cuchillo de caza que guardaba en el pantalón.

-Bueno, es que tal vez necesita un cambio de aceite porque noté un olor raro como a algo quemado – respondió preocupado y dejé el cuchillo en el pantalón.

-Gracias.

Entré al auto y manejé apresurado, mis manos estaban temblando al sostener el volante; el pie que apretaba el acelerador comenzó a vibrar. Logré serenarme después de unos minutos, después de todo, mi encuentro con el guardia había sido amigable y no había tenido que intervenir por lo que llevaba en el carro.

 Una patrulla se acercó y casi recé para que no me parara, aún cuando mi relación con el “todo poderoso” es bastante complicada. Encendió la torreta y la sirena, dudé un instante si parar o escapar, pero de cualquier forma me estacioné.

-¿Sabes por qué te paré? – dijo serio.

-No – respondí perturbado y desafiante.

-Es que quiero saber cuánto cuesta uno de estos carros – dijo con un gesto amistoso.

-No sé, era de mi abuelo – respondí nervioso pero discreto.

-¿Y no andas buscando un comprador?

-No, no por el momento.

-Toma, te daré mi teléfono por si cambias de opinión – dijo al escribir en un papel: “Agente Sánchez” y su número particular – cuando era niño mi jefe manejaba uno parecido, pero era verde y no tenía este olor raro como a animal muerto, será que en ese entonces el carro era nuevo – dijo con nostalgia.

Se despidió, regresó a la patrulla y se fue. Permanecí estacionado un par de minutos, temblando; sudando. Ya no por el calor que inundaba la ciudad desde algunos días. No. Era por pánico.

Al llegar a casa me recibió como siempre, con tibios besos, mi perro Toro. Entré a la cocina y descubrí al gato, que un par de semanas atrás había adoptado, gimiendo y convulsionándose; con espuma saliendo de su hocico.

Luchando a modo de arañazos y espasmos lo subí al carro y lo llevé al veterinario que estaba a un par de cuadras. Estuve casi una hora sentado en esas sillas frías de plástico, preocupado por el gato, pensando en lo breve de su existencia; hacía apenas dos semanas que nos habíamos conocido en aquella calle, la de la casa de la última mujer que observé durante días. Cada noche al verme llegar, se subía al cofre del carro y mientras yo observaba y hacía mis anotaciones, él se acostaba a verme, como si de verdad comprendiera cuál era mi propósito. Al final, cuando todo terminó, no puede dejarlo ahí, después de todo, parecía no tener dueños. Salió el veterinario con un gesto de tristeza como si hubiese perdido alguna batalla importante. Eran las 16:52 cuando mi gato, todavía sin nombre, había muerto.

Regresé a casa, me recosté en el sillón favorito de Toro a tomar café y ver una serie de suspenso de la televisión británica. Recordé que el guardia del fraccionamiento, me había contado que Don Carlos, mi vecino de al lado, había envenenado a los gatos de Sandra, una señora que vende pasteles y vive sola. Más tarde fui al área del jardín que colindaba con el patio de Don Carlos, vacié el contenido de la cajuela de mi auto en su bote de basura; ese viejo borracho probablemente estaba dormido encima de su propio vómito.

Tomé el número del Agente Sánchez y lo llamé alegando ruidos extraños como gritos y peleas durante varios días en el domicilio de al lado; unos veinte minutos después llegó la policía, revisaron a conciencia toda la vivienda; al descubrir el contenido en el bote de basura, lo arrestaron.

Creo que la muerte del gato fue un golpe de suerte, que me llevó a encontrar la manera perfecta, de deshacerme del cuerpo que había estado escondiendo durante días, y que ya comenzaba a apestar.