Soy homotextual. No, un escritor queer, LGBTI, ni ninguna de esas etiquetas que los medios colombianos han puesto en mi cuero bovino desde que me dedico a escribir libros. Pero, debo aceptar que esa estigmatización me ha servido para mantenerme lejos de los caporales de la literatura colombiana, ese club de machitos de prosa flácida y aburrida.

Soy una “Narratríz”, así me bautizó Pedro Lemebel, soy la heredera de la rabia.

Alguna vez, en una entrevista declaré que soy La “memoria marica” del Caribe colombiano, la colectiva, por supuesto. La memoria del marica raso, del travesti cuya única herencia fue los trapos rasgados de su madre y hermanas. La del chico mariflor que su padre escupió a la cara y predijo su muerte en un callejón víctima de una manada homofóbica, la de la loca feliz que cortó y tinturó cabellos por más de cuarenta años en los barrios más calientes de Barranquilla, y que hoy se encuentra jubilada, sentada en la terraza de su casa, echándose fresco con un abanico hecho con plumas de juveniles pájaros.

Soy un “marica al borde,”-como diría Christian Howard, la mara activista cartagenera.-al borde de un precipicio, de un ataque de nervios, de una gran pinga morocha, de una colina con una hacha en la mano, de una bala y una navaja. Al borde de mí mismo: la más vertiginosa de las alturas.

Una marica a bordo de una galera que navega sobre un fétido rio de muertos. Una marica herida que aúlla e invoca a su camada, para que emerjan de donde se encuentren y enseñen juntas los colmillos.

A partir de ahora, escribiré en este espacio que me ofrece gentilmente la revista Juguete Rabioso, un marica también es eso, un juguete con rabia, cansado del juego lúgubre del infortunio. Estas, serán columnas bífidas, retorcidas, rotas. Vestigios de un antiguo reino que reconstruiré desde los frágiles espejos de mi memoria. Instantáneas efímeras del éxtasis, la felicidad el miedo y la tristeza, de personajes que hacen esa otra “literatura” que miran de reojo los altos inquisidores de las letras. Aquí, estarán presentes, para deleitaros o darles un pastelazo en la cara.