Sin reivindicar el plagio artístico —entendido como la apropiación ilícita y alevosa de una obra ajena— quisiera advertir que hay muchos tipos de plagios y por más que algunos sean verdaderos crímenes, otros han sido muy valorados en ciertas épocas, como el Renacimiento o el Barroco. Según el criterio moderno —de origen burgués capitalista—, podría demandarse a Virgilio, Sterne o Shakespeare por “copiar” a Homero, Cervantes o Plutarco. En concreto, Shakespeare solía poner en escena sus lecturas sin acreditar la fuente, como hizo en su drama Julio César, cuyos personajes, acciones y escenarios fueron extraídos de las Vidas paralelas de Plutarco. ¿Habría que condenarlo o aplaudirlo por convertir en obra de arte un texto histórico? Según el criterio barroco, existen plagios que son auténticos prodigios, por cuanto rescatan una obra poco conocida y la transforman a tal grado que no solo divulgan a la original sino la complementan, la homenajean o la refutan.

Como intentaré demostrar, eso pudo ocurrir con Si una noche de invierno un viajero (1979) de Italo Calvino, por sus similitudes (y diferencias) con El hipogeo secreto (1968), la segunda novela de Salvador Elizondo.

I) Si una noche de invierno un lector

Era una noche de invierno cuando empecé a leer la última novela escrita por Italo Calvino: una novela muy lúdica que trata sobre otro Lector que en otra noche de invierno leía otra última novela de otro Italo Calvino. Fue extraño leerme (sentirme leído o leer que me leía) hasta que ese Lector con mayúscula descubrió que su novela (a diferencia de la mía) estaba mal compaginada. Ansioso por conocer el desenlace, el Lector regresó a la librería para que le reemplazaran su ejemplar, y le informaron ahí que, por un error de la editorial, el libro que había empezado a leer era otro, escrito por otro autor. Este enredo no fue vano, pues le permitió al Lector conocer a una Lectora —Ludmilla— a la que empezó a cortejar para vivir su propia novela de amor: una historia en torno a otras historias, siempre inconclusas, que conformaban la hipernovela que yo (el lector real) finalmente leía.

Fábula sobre la lectura y sobre la escritura, Si una noche de invierno un viajero pronto me aprisionó en una reflexión sobre ese arte que refleja y reflexiona la realidad sobre el espejo de la palabra. En uno de los capítulos encontré la clave de esta metáfora: aquél donde un hombre construye, para esconderse, una intrincada casa de espejos: «estas páginas que estoy escribiendo», nos dice el narrador, «deberían también transmitir una fría luminosidad de galería de espejos, donde un número ilimitado de figuras se refracta y se invierte y se multiplica» (Calvino, p. 183). Este personaje no hablaba solamente de sí mismo: sino también de Silas Flannery, su supuesto creador: un irlandés que falsificaba el estilo de un novelista belga y era plagiado por un anónimo escritor japonés. Más aún: supuse que todos estos plagiarios eran reflejo de Italo Calvino, cuya imagen se multiplicaba para confundir al Lector y a sus (hiper)lectores —después de todo, «el autor de cada libro es un personaje ficticio que el autor existente inventa para hacer de él el autor de sus ficciones» (Calvino, p. 200).

Entre todos estos novelistas que había inventado para disimular su ubicua presencia, Calvino escoge a Silas Flannery para transcribir una escena que estremeció mi memoria:

En una tumbona, en la terraza de un chalet al fondo del valle, hay una joven que lee. Todos los días antes de ponerme a trabajar me quedo un rato mirándola con el catalejo […]. A veces me asalta un deseo absurdo: que la frase que estoy a punto de escribir sea la que la mujer está leyendo en ese mismo momento. La idea me sugestiona tanto que me convenzo de que es verdad: escribo la frase a toda prisa, me levanto, voy a la ventana, asesto el catalejo para comprobar el efecto de mi frase en su mirada […] A veces me convenzo de que la mujer está leyendo mi verdadero libro, el que hace mucho tiempo debería escribir, pero que no lograré jamás escribir… (Calvino, p. 189-190).

II) Si una noche de invierno un intertexto

En cuanto leí el episodio anterior me detuve, como en un flashback mental, convencido de que había leído antes esa imagen: a una Lectora, a través de la cual el autor puede (o quiere o consigue) leerse. Supuse que se trataba de un efecto provocado adrede por Calvino, pero durante el resto de mi lectura tuve que cargar ese malestar a rastras. Sólo cuando concluí el volumen y lo integré a mi biblioteca, el instinto me llevó hasta El hipogeo secreto, de Salvador Elizondo, donde encontré la imagen que buscaba:

En ese saloncito hay una mujer. Está de espaldas. Está reclinada en una especie de diván. Es imposible que sepamos quién es. Esa mujer está leyendo un libro. Un libro de pastas rojas de tafilete […] La imagen de esa mujer leyendo está rodeada de un aura que alude a un hecho que la convierte en parte de las imágenes que forman el libro en el que estamos siendo escritos.

Te miro allí, reclinada […]. Quizás me estás soñando que te escribo, que te recreo mediante las palabras que mi mano traza en la página. Tal vez estás soñando que tú eres uno de los personajes de El hipogeo secreto, que es la historia, dicen, de un sueño y de un personaje que lo sueña (Elizondo, p. 33).

Las semejanzas son notables. Más aún: sospechosas. En ambos fragmentos la Lectora se convierte en personaje mientras el autor la observa leyendo la novela que él está escribiendo. Más aún: tanto Elizondo como Calvino tutean a su Lectora («Lectora, ahora eres leída. Tu cuerpo se ve sometido a una lectura sistemática», Calvino, p. 174) y, a semejanza de Calvino, Elizondo alude varias veces al lector real de su relato («Se preguntará el lector de este libro, ¿ese otro libro de qué se trata?», Elizondo, p. 37). Si ahí terminaran las similitudes, podría conjeturarse una relación intertextual acaso inconsciente, entre los textos. De hecho, las diez novelas incompletas de Si una noche de invierno un viajero contienen homenajes explícitos a ciertos autores predilectos de Calvino: la tercera parece escrita por Thomas Mann, la quinta fusiona la sordidez de Raymond Chandler con el humor de Boris Vian, la séptima homenajea a Jorge Luis Borges y la novena amalgama a Pedro Páramo con personajes propios de García Márquez (ver Zuñiga, 2001).

Pero este no era el caso. No solamente. Ambas novelas comparten también el concepto general, algunos recursos técnicos, ciertas situaciones y demasiados caracteres particulares… hasta rozar peligrosamente el umbral entre el homenaje y el plagio. Enumero enseguida las semejanzas más significativas.

III) Si una noche de invierno seis semejanzas

a) Como lo comenté antes, Calvino concibió su novela como «casa de espejos» donde el autor, los lectores y los personajes constatan, multiplican y confunden su presencia. Elizondo, de modo análogo, imaginó su novela como «ciudad de espejos», cuya arquitectura «es como un espejo y su naturaleza es similar a la del mundo. Simplemente estamos reflejados en él» (Elizondo, p. 118): «un espejo en el que las palabras se reflejan y supones que esas palabras van trazando lentísimamente, no tu figura, sino tu significado» (p. 101).

b) En cuanto al «autor concebido como personaje», o «autor in fabula», Calvino real crea a otro Calvino para que escriba otra obra llamada «Si una noche de invierno un viajero», pero Elizondo va más lejos cuando afirma: «el escritor imaginario que me está imaginando a mí, el que nos imagina a Salvador Elizondo, autor de El Hipogeo Secreto y al autor de este libro, sólo tiene en común con nosotros este álbum con pastas de piel roja, esta sucesión de vocablos dispuestos sobre el papel» (Elizondo, p. 54-55). Además, como creadores, ambos se reconocen supeditados a otra instancia superior, una especie de «meta-autor»: por eso el italiano imagina a un mítico «Padre de los relatos» —«fuente universal de la materia narrativa»— (p. 155), y el mexicano al «Pantokrátor» —el demiurgo que escribe una novela cósmica y el único que no está siendo escrito (Elizondo, p. 99).

c) Respecto a la estructura, Calvino incluyó en su texto diez novelas inconclusas (una por cada capítulo), mientras que Elizondo alude dentro del suyo a siete proyectos novelísticos también truncados («El hipogeo secreto», «Les 500 millions de la Begum», «El hombre proferido», «La carta anónima», «Una crónica de Polt», «La flor de fuego» y «Las pirámides de Egipto»).

d) Si comparamos a las protagonistas, la Lectora del italiano (Ludmilla) y la del mexicano (Mía, o «La Perra») se muestran como «el objeto de deseo» ante los sujetos masculinos: la primera es codiciada por el Lector, el novelista Flannery y el traductor Marana; la segunda por Elizondo, el pseudo-Elizondo, el Sabelotodo y el pseudo-T. En el primer caso, Ludmilla encarna la «lectura ideal» del texto literario —en tanto es perseguida por lectores, autores y traductores. En el segundo, Mía tiene un sentido más ontológico y misógino, pero igualmente relacionado con la escritura: los protagonistas masculinos pretenden crucificarla porque todo el universo está implícito «en esa carne hecha para alojar, a la vez, las caricias y las torturas que son como proposiciones últimas acerca del significado de todas las palabras» (Elizondo, p. 64).

e) Ambas obras contienen, como personaje, a un traductor deficiente que está afiliado a una hermandad hermética: en la primera, Ermes Marana traduce mal las novelas que le son asignadas por la editorial donde trabaja —aunque lo hace a propósito, pues desea inundar el mundo con una literatura «de apócrifos, de falsas atribuciones, de imitaciones y falsificaciones» (Calvino, p. 179) por lo cual fundó la Organización del Poder Apócrifo, una secta «consagrada al culto y a la búsqueda de libros secretos» (p. 137). En la segunda, el Pseudo-T. (es decir, el «pseudo-traductor») es incapaz de descifrar la borrosa inscripción que aparecía en una foto de «La Perra» —lo cual entorpece las actividades de la Urkreis, una fraternidad secreta que pretende «apoderarse del mundo mediante el empleo metódico, sistematizado, de comunicaciones anónimas» (p. 75).

f) En la sexta novela inconclusa de Si una noche de invierno un viajero, el protagonista espera con angustia un telefonazo que deberá contestar «incluso con la certeza de que sólo se derivará para mi pena y malestar» (Calvino, p. 151); para evitarlo sale de su casa pero, al pasar por cualquier lugar donde timbra un teléfono, piensa que lo llaman a él: «hay un telefonazo que me está persiguiendo, hay alguien que busca en la guía de calles todos los números de Chestnut Lane y llama a una casa tras otra para ver si me alcanza» (p. 154). En El hipogeo secreto el teléfono es también un objeto amenazador: incluso la voz narrativa reconoce que «El plan original del libro sufre modificaciones esenciales a partir del día en que Salvador Elizondo recibió la primera llamada telefónica anónima» (Elizondo, p. 76), y el autor imagina «la existencia de una ciudad total desde la que es posible comunicarse directamente con todos los teléfonos del mundo» (p. 92).

IV) Si una noche de invierno un hipogeo secreto

Ante un ensayo donde se evidenciaban las similitudes entre El nombre de la rosa y La rosa de Bratislava de Emile Henriot, Umberto Eco manifestó que desconocía la existencia de esa novela, y que la búsqueda de un manuscrito misterioso, así como el incendio de una biblioteca, eran recursos literarios tan comunes que nadie debería sorprenderse de que fueran utilizados por ambas obras. No obstante, aceptó que «el Lector Modelo podría convenir en que cuatro coincidencias (manuscrito, incendio, Praga y Berengario) son interesantes, y como autor empírico yo no tendría ningún derecho a reaccionar. Podría poner a mal tiempo buena cara y reconocer formalmente que mi texto tenía la intención de homenajear a Emile Henriot. Mi novela es tan rica en citas intertextuales que una más o una menos no marcan gran diferencia» (Eco, p. 130-131).

En el caso de Si una noche de invierno un viajero y El hipogeo secreto hay más de cuatro coincidencias, y todas atañen no a su superficie, sino a su esencia —a lo que ambas tienen de originales: lo que comparten son recursos literarios nada comunes. Como autor empírico, no podemos ya preguntarle a Calvino si conocía la obra de Elizondo… pero podemos conjeturar que sí pudo hacerlo, pues tenía traducciones a su alcance. A finales de los años sesenta y principios de los setenta la obra narrativa del mexicano atrajo a los lectores europeos: René L.-F. Durand tradujo al francés Farabeuf en 1969 y El hipogeo secreto en 1971, ambas para ediciones Gallimard; en 1970, Enrico Cicogna vertió Farabeuf al italiano para la editorial Feltrinelli y, por último, su cuento «La historia según Pao Cheng» fue traducido en 1973 al italiano, para la editorial Vallecchi. Además, Calvino era colaborador de la revista Vuelta cuando Elizondo formaba parte del consejo editorial; de hecho, en el primer número (diciembre 1976) los dos publicaron sendos textos.

Aunque los indicios no comprueban ni refutan la hipótesis, la vuelven bastante verosímil. Como sea, la mejor prueba de que Calvino pudo inspirarse en la obra de Elizondo —y que quiso preverse contra cualquier comparación maliciosa— proviene de su propia novela. En el capítulo viii, el ya aludido Silas Flannery imagina una fábula con «dos escritores, que viven en dos chalets en vertientes opuestas del valle [y que] se observan recíprocamente […] Uno de los dos es un escritor productivo, el otro es un escritor atormentado» (Calvino, p. 193). Ambos, por cierto, se envidian: el productivo siente que su obra es superficial comparada con la del atormentado, y éste quisiera poseer la facilidad de aquél para transmitir sus historias. En consecuencia, cada uno de ellos concibe una novela tal y como piensa que la concebiría el otro, y al concluirla ambos le piden su opinión a la Lectora. Silas Flannery imagina varios desenlaces: por ejemplo, la Lectora se da cuenta que ambos manuscritos son dos ejemplares de la misma obra; o bien, la Lectora confunde los manuscritos y cuando los ordena «sale una única novela, bellísima, que los críticos no saben a quién atribuir» (Calvino, p. 194).

Parafraseando esta fábula, podemos ver a Calvino el productivo y a Elizondo el atormentado como dos escritores que vivían en dos países distintos pero que escribieron una misma novela —excepto porque el atormentado (sin observar al productivo) escribió la suya once años antes, y porque ambos se mantuvieron fieles a su respectivo estilo. En ese sentido, no sería justo señalar solamente sus semejanzas, puesto que las diferencias son igualmente significativas. Si una noche de invierno un viajero es un texto diáfano aunque complejo, cuya multiplicidad de planos narrativos fue ensamblada, con virtuosismo y geometría, por un autor en la plenitud de su larga y prolífica trayectoria. En cambio, El hipogeo secreto es «una novela tortuosa y necesariamente confusa» (Elizondo, p. 63), escrita por un narrador que se encontraba en los inicios de su carrera y había emergido apenas de una crisis mental.

De hecho, una sentencia de Calvino podría resumir su posible opinión sobre Elizondo: «Al escritor productivo nunca le han gustado las obras del escritor atormentado; al leerlas, le parece siempre estar a punto de aferrar la clave decisiva, pero esa clave se le escapa y le queda una sensación de malestar» (Calvino, p. 194).

V) Si una noche de invierno un plagio prodigioso

Como corolario final de esta noche de invierno, quisiera proponer un proyecto novelístico —una alegoría— para reinterpretar la fábula de Silas Flannery y del Pseudo-Elizondo. Hace muchos años un artífice se internó por las grutas y hendiduras de su consciencia, hasta alcanzar el hipogeo secreto en sus capas geológicas más abismales. Ahí encontró una gema insólita, una idea clara y distinta que, debido a la naturaleza de su carácter, no tuvo energías para extraerla. Debió pasar casi una década antes de que otro artífice se atreviera a tomarla entre sus manos para arrancarla de la piedra, quitarle sus impurezas, labrar sus caras y pulir sus aristas —de tal modo que su belleza fuera irrefutable. Pero, debido a la naturaleza de su carácter, este segundo artífice ocultó el origen de su joya, acaso porque confiaba que, en la mente de algún lector, tarde o temprano se manifestarían, los simétricos resplandores de su poliedro y las sutilezas de sus operaciones textuales.

Bibliografía

Calvino, Italo. (1993). Si una noche de invierno un viajero. Madrid: Siruela.

Eco, Umberto. (1998). Los límites de la interpretación. Barcelona: Lumen, 2ª edición.

Elizondo, Salvador. (2000). El hipogeo secreto. México: Fondo de Cultura Económica, 3ª edición.

Zúñiga, Dulce María. (2001). La intertextualidad en Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.