Ilustración por Daniela Villareal Grave.

En la esquina del bar, limpiando una mesa con sobras de botanas y botellas vacías, estaba Anna. A ratos, con gesto de desagrado trataba de quitar con sus brazos el cabello que le estorbaba en la cara. Ya me habían contado de su personalidad solitaria.

-Otra vez con Anna.  ¿Cuántas veces van que la invitas a salir? – preguntó Juan, mi amigo y dueño del bar.

-Algún dirá que sí. Cada noche al terminar el turno se va con un hombre diferente, es cuestión de tiempo.

-¿Notaste que todos esos vatos nunca vuelven? Está bien friky; igual y los asusta, no sé. Una noche al cerrar me ofrecí a llevarla y me pareció extraño que viviera en esa gran mansión.

-¿Cuál?

-La que nos daba miedo cuando éramos niños, de la calle ochenta y siete; ahora está más horrible y descuidada, podría jurar que está abandonada, pero Anna dice que vive allí con su abuela. No sé, hay algo muy raro con ella.

Después de muchos tragos de whisky tomé valor y le pregunté a Anna si saldría conmigo algún día, ella se acercó y sin respuesta, me sirvió en una copa azulada una bebida rara que olía a frutas y almendras, al verterla esta despidió humo púrpura; aunque estaba consciente de que ya había bebido demasiado y que no debía tomar ese último trago lo hice.

-No te preocupes Tony, corre por mi cuenta – dijo Anna sonriente.

Después de beber el brebaje enigmático y sin una respuesta de Anna, decidí ir a dormir. Estaba tan ebrio que tuve que caminar al departamento, durante el trayecto pasé por la calle ochenta y siete, sentí curiosidad. Molesto con Anna y demás, decidí ir a ver su casa. Al acercarme a la entrada escuché el llanto de una mujer, no era alarmante sino doloroso; me aproximé para encontrarme con Anna tendida junto a la puerta; traté de reconfortarla, le pregunté mil veces qué ocurría, pero ella seguía llorando; cuando tomé su mano la noté fría así que le puse mi saco en su espalda; luego acaricié su cabeza para tratar de consolarla; al pasar mi mano se vino con ella cabello y pedazos de piel, me levanté asustado, no pude moverme más; su llanto se transformó en risa, una larga y macabra risa. Desesperado le pregunté qué pasaba; comenzó a desvestirse, yo me quedé estaqueado al suelo. Siguió riendo, jaló su cabello hasta arrancarlo por completo, con sus dedos que ahora parecían garras extirpó la piel de su cuerpo y cara; su verdadera piel, la de abajo, era verde escamosa, con un brillo peculiar que parecía baba; su boca era grande, con dos colmillos enormes y una lengua larga como de se serpiente. 

Se acercó a mí, me tomó de la mano, luego pasó su lengua por mi cara; su saliva quemó tanto mi piel, que se desprendió a pedazos, el dolor era insoportable; quise gritar pero con sus garras apretó mi cuello hasta tirarme al suelo; abrió la puerta y me arrastró con ella al interior de la casa.