Limbo” (Edi. Seix Barral), de John Templanza Better

—Toc toc.

—¿Quién?

—Una bruja.

—¿Qué busca?

—Hilo y aguja.

—¿Para qué?

—Para zurcir mi capa.

—No tengo.

—Traje pastelillos, miel y cecina.

—Uhmm, sí, hasta acá llega el aroma.

—Entonces, ¿qué esperas para abrir?

—¿Promete no hacerme daño?

—Lo prometo.

—Eso dijo el alacrán a la rana cuando juró que no la lastimaría al pasarlo al otro lado del estanque.

—Creo que yo correría más peligro allá dentro.

La puerta de la cabaña se fue abriendo lentamente, la luz de la mañana iluminó su cara; era un hombre largo como una espiga, pálido y con dos ojos del tamaño de un durazno.

—¡Kassandra Larkv! —dijo el tipo. La mujer entró y lo abrazó de esa forma en que solo puede hacerlo la gente que se ama. El fuerte olor a óleos, resina y pintura lo inundaba todo.

—Perdón por no llegar ayer como te prometí, pero estuve acompañando al sobrino de las Kowaslka; estaba algo enfermo.

—Te has encariñado con el muchacho —dijo el tipo.

—Es casi un preso en esa horrible casa, ayer me di cuenta de por qué lo han mantenido en ese encierro y por qué nunca le han dado un nombre. Ese chico es excepcional, desde que le di tu pintura no ha parado de preguntarme cómo fue que los alienígenas te llevaron de aquí.

—Deberías ser más cuidadosa con lo que le cuentas, podrías inquietarlo.

—Por el contrario, solo trato de darle herramientas para que escape de allí, así sea abstrayéndose de su realidad.

—¿Y qué descubriste?

—Hay un término clínico para definirlo, pero no me interesa. Reducirlo a él a lo que otros consideran anómalo sería un error, digamos que en él confluyen el río y el mar, el sol y la luna, tú y yo fusionados en uno.

—Tú eres la excepcional —dijo el tipo y se acercó a ella para besarla.

—Me dijiste que me mostrarías el nuevo cuadro.

—Ya lo terminé.

—¿Puedo verlo?

Juntos fueron hasta un rincón de la cabaña donde un lienzo reposaba cubierto por una sábana. El tipo lo descubrió:

—¡Esto es lo más perturbador que has hecho! —dijo Kassandra.

—¿Crees que podrás venderlo?

—No lo dudo.

—Es una pintura sobre un hecho muy oscuro.

—¿Quiénes son las niñas del cuadro? ¿Es un hombre pájaro el que lleva a una de las niñas entre su pico?

—¿No te lo imaginas?

—Las niñas son…

—Gemelas…

—¡Las Hermanas Duplicadas!

—Así es. Este cuadro narra una terrible historia familiar. Hace tiempo, cuando vivía con mi madre, había periodos en que su enfermedad parecía darle tregua, y la convivencia se hacía pacífica. Eran días en los que podía pintar con libertad. Me gustaba hacerlo en el patio, muy cerca al pozo, como sabes. A veces mamá me acompañaba por horas, se sentaba en una silla y cantaba una que otra canción, otras sacaba algún periódico antiguo y lo leía hasta quedarse dormida. En una de esas ocasiones, viendo que oscurecía, la ayudé a ir hasta su cama, ella dejó caer el periódico al suelo, después yo lo recogí y me puse a hojearlo. Databa de 19**, era un diario de Ciudad Capital con noticias de la época. Cuando llegué a la sección judicial quedé sorprendido al ver aquel titular; “Horror en Crisantemo”… Espera, aún conservo el periódico, mejor léelo tú misma.

Kassandra tomó el periódico y empezó a leerlo; el semblante de su rostro iba cambiando a medida que avanzaba.

—¡Ese mal nacido violó a una de las hermanas cuando era solo una niña!

—dijo Kassandra al finalizar el artículo.

Fiesta de té por el no cumpleaños de Maggie Simpson, pintura de Andrú S. Laner

**

—¡Es un monstruo! —decía todo aquel que se topaba con el niño calabaza.

El chico veía la cara de Kassandra como a través de un vidrio de aumento, sus ojos, nariz y boca cambiaban de forma y tamaño a medida que él parpadeaba.

—¡Es un engendro! —dijeron a coro Las Hermanas Duplicadas, quienes agitaban un abanico de plumas hecho con pequeños pájaros vivos.

—¡Croc! —dijo algo parecido a una sombra.

—¡Larga vida a Farfax! —rumió el fenómeno de dos cabezas.

—¡Hay que extirparle el error! —comentó el padre Dixon.

—Se los cambio por nada —dijo una horrible mujer vestida de negro.

—Denle de beber agua del pozo, eso lo curará —comentó Mitran Laner.

—Deberíamos estar descasando en nuestras casas, viendo TV y bebiendo cerveza —comentó una voz sin rostro.

Todo era confuso, como un carrusel siniestro de cabezas parlantes que lo atormentaban. El chico miró la pared donde reposaba el cuadro que Kassandra Larkv le había regalado, y vio que estaban todos los personajes fantásticos, excepto el conejo. El animalito estaba en su cama y le dijo con voz aguda:

—¡Ven, vamos, sígueme o llegarás tarde!

Juntos salieron de aquel cuarto, entraron por la puerta del patio y atravesaron el largo corredor dejando atrás la vieja casa de madera donde había crecido. El conejo iba a toda velocidad, mientras el muchacho trataba de no perderle de vista. Pasaron varios minutos en la loca carrera, de repente se vio en mitad de un bosque de pinos; el olor a resina lo cubría todo. Los árboles eran tan altos como nunca los había visto, algunos tenían ojos y pestañeaban al verlo. El conejo se había detenido a pocos pasos de una cabaña, algo de humo salía desde la alta chimenea.

—Pasa, te estamos esperando —dijo el conejo.

Al interior de la cabaña y alrededor de una mesa con viandas y té servido, estaban los personajes de aquel cuadro que tanto cariño le había tomado desde que Kassandra se lo dio como regalo atrasado en su cumpleaños número trece. En las paredes del lugar había añejas fotografías, en casi todas dos niñas vestidas de forma idéntica aparecían al lado de un hombre con apariencia extranjera. El chico tomó asiento.

—Estoy feliz de conocerles, esto es sin duda un maravilloso sueño —dijo. —Kaoneshi, el de la máscara blanca, le extendió sus largos brazos negros entregándoles algunas monedas de oro que él rechazó con amabilidad.

—¿Sueño? ¿Eso crees que es todo esto? —dijo la chica de buzo verde y gafas de aumento.

La homenajeada bebé de color amarillo había descendido de la mesa y ahora gateaba torpemente por el piso, a veces se intentaba poner de pie y caía graciosamente al suelo. Todos lo celebraban con un brindis de té.

—Tal vez somos nosotros quienes soñamos contigo, no creas que somos seres irreales. Alguien nos reunió en esta pintura con una misión, todo tiene un porqué. ¿Crees que es solo azar? —preguntó el conejo.

—Todo esto me toma por sorpresa, lo último que recuerdo es un dolor intenso en mi vientre y luego un estremecimiento. Fue André S. Laner, el hijo de Mitran, quien los pintó en este cuadro; pero no sé mucho sobre su vida, solo lo que Kassandra me ha contado.

—Pues es momento de que le conozcas, porque está aquí como nosotros —dijo el conejo.

—Gracias por venir —dijo la chica de ojos melancólicos, que parecía siempre estar mirando un barco hundiéndose sin remedio.

—¿Pero por qué estás vestido de esa forma? —No es hora de preguntas inocuas, ya pronto anochecerá y el bosque no es confiable, es hora de que regreses —fue lo último que pronunció el conejo.

—Ya está despertando, una de ustedes tendrá que explicarle todo lo que sucede —dijo Kassandra Larkv y se retiró del cuarto.