Ilustración de Daniela Villareal Grave

Lo vi ocultándose en la esquina de la habitación, bajo las cortinas que colgaban desde el techo y rozaban el viejo piso de madera. Se movía con sus pequeñas patitas y se enroscaba al ver mis pasos aproximándose a su cuerpecito, oscuro, pequeño, con sus antenas que danzaban de un lado a otro como para estudiarme; sentí asco y miedo, ese miedo que creas al ver algo tan pequeño y desconocido. Tendríamos que convivir en esa casa enorme que guardaba quién sabe qué bajo sus cimientos; la propiedad se extendía a lo largo de aquél tétrico desierto y parecía moverse en el sentido de las tormentas de arena, él y yo solos en esa casa, en esa vieja casa que había pertenecido a mi familia, la propiedad muerta que se alzaba como torres de polvo y recuerdos tenues de un lejano verano al lado de los días de mi mejor vida.

Él y yo, lejanos, él y yo pacientes, esperando el movimiento del otro para atacar en el momento preciso, vi la bolsa de plástico junto a la cortina, en ella sólo había un desinflado globo de helio que se había quedado en aquél cuarto. Con todo el asco del mundo pero con la certeza de que si lo metía en la bolsa, sabría perfectamente donde estaría y no tendría que pasar toda la noche preocupada por su ubicación, lo tomé y lo arrojé rápidamente, corrí a la cocina y me lavé tres veces las manos. Regresé a la habitación y me recosté en la cama con la bolsa en el suelo y la pequeña luz de una lámpara. Sin mayor preocupación cerré los ojos y dormí un rato.

El ruido de unas patas merodeando por la bolsa me sacaron del sueño, estaba molesta, no sabía si habría sido peor déjalo libre o meterlo ahí, donde ahora, su movimiento parecía encerrar cada una de mis peores pesadillas, di vueltas en la cama y él seguía tiñendo el silencio con sus movimientos que parecían súplicas o exigencias, en algún momento de aquella larga noche llegué a sentir pena por él, por su cruel destino, quién era yo para darle aquél trato, qué pasaría si fuera yo el bicho y él mi verdugo. Encendí la televisión y puse en volumen alto un comercial que ofrecía cuchillos y sartenes. Estiré mis brazos y piernas y volví a retomar el sueño; pero unos minutos después escuché unos sonidos más duros que provenían de la bolsa, era imposible, esa pequeña criatura cómo sería capaz de lograr tal revolución; esta vez estaba enfurecida, me había hartado de sus ruidos, así que me levanté para sacarlo a la calle cuando vi que la bolsa estaba completamente inflada, como si aquél globo de helio hubiese retomado el aire que le faltaba, me asomé y lo vi, hinchado, creciendo y riéndose de mi desgraciada fortuna, me alejé horrorizada, pero él seguía creciendo como si sólo estuviese esperando tener un invitado para alimentarse de sus miedos, lo vi crecer en segundos hasta volverse de mi tamaño, traté de huir pero él me siguió y se postró en la puerta, me sonrió con sus dientes negros y sus tenazas que se movían como para alcanzarme, seguía riendo, creando un sonido parecido al de un animal que ruge y se mofa. Corrí hacía él para empujarlo y con sus garras cortó mis brazos y me llenó de una baba oscura y pegajosa, logré abrir la puerta y corrí; me siguió hasta la cocina, tomé un cuchillo y cuando se abalanzó trató de morderme, así que le clavé el cuchillo dentro de la boca; me sujetó con fuerza y comenzó a chillar, al luchar para soltarme cayó encima de mí y al retorcerse escupió una baba verde que me llenó toda la cara. Siguió convulsionándose durante unos segundos y luego dejó de moverse, lo aventé, me limpié la cara y salí de la casa.

Desperté en la ciudad, en mi departamento, justo en medio de mi cama, suspiré y creí que todo había sido un sueño. Preparé un café y la tina para tomar un baño. Al quitarme la ropa me vi al espejo y observé algo verde en mi cabello como una muestra seca de un líquido extraño, sentí comezón en mis brazos y pude observar a través de mi piel, unos bultos que caminaban, y al andar, me ardían como llagas movedizas; vi mis manos transformarse en pequeñas garras; volví mis ojos al espejo pero esta vez ya no estaba mi cara, solamente pude verlo a él y a su sonrisa inmunda, con los dientes pequeñitos y afilados, de los cuales escurría una baba verde, que a su paso todo quemaba.