(Hipotético decálogo de negritud escritural)

Píntalo de negro, cantan los Rolling y sin importar cuántos años transcurran la rolita irremediablemente me prende y me pone arriba.

Píntalo de negro suena a enunciado imperativo. ¿Cuál es el momento exacto en que decido tomarles la palabra a sus Satánicas Majestades? Yo mismo lo ignoro. Veo una puerta roja y la quiero pintar de negro. Podría decir también que estoy escribiendo una historia incolora y de pronto, como no queriendo mucho la cosa, empieza a tomar un color oscuro, una tonalidad sombría que sin decir agua va, degenera en un descarado prieto azabache. Blacker than Darkness. ¿La negritud es una decisión consciente? No lo creo, o al menos no en mi caso. La narrativa toma su propia vereda y de pronto uno repara en que esos párrafos furtivos se engalanan con su falda de tinieblas.

Si le hacemos caso al canon estaremos de acuerdo en que para poder pintar de negro una narración debemos necesariamente embarrarla de lo sórdido y lo marginal, lo mórbido y lo violento. Resolver un crimen perfecto y diseñar una inteligentísima teoría de habitación cerrada con su respectivo mayordomo elegante y la seductora viuda fatal se lo podemos dejar a Agatha Christie. Si el asunto es empaparse de Noir a lo Chandler o Hardboiled a lo Ellroy entonces basta con sumergirse en los puercos fondos de una urbe sanguinaria y corrupta en donde el hampa vive en indigno amasiato con la policía y algo sé yo de una ciudad así. Durante 2018 se cometieron en Tijuana más de 2 mil 600 asesinatos. Ello arroja un promedio de siete homicidios por día. Si este promedio se mantiene (y la macabra tendencia apunta al incremento) mañana serán asesinadas siete personas en esta ciudad. Cuatro personas que en este momento respiran, hablan, piensan, beben, cogen, roncan, sueñan y mañana ya no lo harán. Cuatro personas detrás de las cuales hay una historia, un camino de vida que los llevó hasta esa trágica encrucijada. Si la ciudad ha sido por definición mi territorio narrativo, tengo sólidas razones para poner en duda si por ventura sería posible utilizar a la Tijuana actual como escenario de una narración y no pintarse de negro. No es fácil eludirlo cuando el Noir es nuestro costumbrismo. La novela negra en la Tijuana actual se emparentaría con las postales de lo cotidiano, un ritual de happening puro.

Raymond Chandler

Raymond Chandler mismo tiene su propio decálogo en donde habla de verosimilitud, solidez, realismo, sencillez y honestidad. Podría inventar una historia y decir que sobre mi mesa de trabajo (que es la mesa del comedor de mi casa) hay un retrato de Marlowe con un par de veladoras encendidas y que antes de liberar cada párrafo le pido ilumine mi negro camino narrativo, acaso porque nunca en la vida me he sentado a escribir habiendo diseñado a priori un plan para redondear un Noir perfecto.

En 2016 publiqué una novela cuyo origen fue literalmente una página negra. Desde hace casi tres décadas, semanario Zeta publica en Tijuana un desplegado en donde el periodista Héctor “El Gato” Félix Miranda, asesinado en abril de 1988, le habla en primera persona a Jorge Hank Rhon, el presunto autor intelectual de su muerte. La página es siempre de color negro y el periodista lanza una pregunta acusatoria: Jorge Hank ¿Por qué me asesinó tu guardaespaldas Antonio Vera Palestina? Desde que vi por vez primera esa página intuí que ahí había una novela. Lo que me inspiró fue la idea de un muerto que se niega a morir y como fantasma aparece desde su página oscura para señalar con el dedo al poderoso multimillonario que pudo haber ordenado su crimen. También me movió la idea de enfrentar las dos verdades que como designio fatal suelen emerger en torno a los grandes escándalos criminales en México: la verdad legal de los tribunales y la verdad no oficial de la calle. En cualquier historia mexicana de horror – sea Tlatelolco, Colosio o Ayotzinapa- hay una verdad judicial en la que nadie cree y una verdad callejera que todos masticamos en cafés y cantinas.

Héctor “El Gato” Félix Miranda

En mi novela Vientos de Santa Ana le tomé la palabra a un grandísimo colega llamado Federico Campbell y seguí al pie de la letra lo escrito en su columna Máscara negra: Pensé entonces que, a falta de una novela realista que refiriera estas cosas, el periodismo negro de nuestro fin de siglo ñ bajacaliforniano era el que mejor podía traducir ese mundo siniestro, deprimente y estremecedor que tanto ha venido a perturbar nuestra convivencia. La verdad sólo puede refugiarse en el libro, en un periodismo novelado que, aún sin emplear nombres propios de personajes reconocibles en el teatro de nuestra criminalidad, aproveche la densidad de las 200 páginas y todos los recursos de la narrativa literaria para aspirar a una verdad más profunda y no alcahuetear la verdad sucia de los abogados y jueces: “la verdad conocida y la verdad que se busca”.

Creo que este párrafo del gran Federico explica y define los cimientos de mi novela como si se tratara de una declaración de principios.

A veces un mensaje o un símbolo son la semilla de la narración. Durante un periodo particularmente violento de la historia de Tijuana, la mafia solía mandar coronas fúnebres a las casas de las personas que iban a ser ejecutadas: policías, abogados o simples soplones recibieron flores antes de morir lo que inspiró mi relato Corona de muerto, en donde un apocado juez municipal auxiliar encuentra un arreglo funerario con su nombre en la puerta de su casa.

Todo el entorno laboral del pobre juez lo sabe condenado a muerte y a nadie siquiera le pasa por la cabeza que pueda sobrevivir. La única duda es cuándo y cómo morirá. Guardando la abismal proporción debo admitir que Crónica de una muerte anunciada de García Márquez y El proceso de Kafka fueron mis guías espirituales para conformar la escritura de ese relato que al final se pintó de negro profundo.

¿De dónde vienen las ideas? De los lugares menos pensados. El centro neurálgico de mi relato Muerte accidental de un pasquinero lo soñé con mórbida claridad. En mi sueño, yo investigaba la extraña muerte de un viejo gacetillero sonorense cuya biografía estaba escribiendo, aunque a la hora de narrar su final ocultaba deliberadamente una verdad que sólo yo poseía. Al despertar supe que escribir esa historia era una manda.

Nunca antes ni después he vuelto a tener un sueño así en donde un relato me es revelado. Si tuviera sueños así más a menudo ya habría publicado más novelas que Mankell.

También he escrito otras ficciones que bien podrían ser consideradas el anti-relato negro, un descarado reverso, como es el caso de Dispárenme a Blancornelas, donde un reportero de nota roja sueña con pasar a la historia como un mártir del periodismo, pero como ningún mafioso parece sentirse ofendido con lo que escribe y nadie se toma la molestia de matarlo, entonces él decide ordenar su propia ejecución. Por cierto, uno de los personajes principales de ese relato, un fotógrafo con complejo de cantante de narcocorridos, fue calcado de la realidad.

A veces la misma narrativa negra como género puede inspirar un relato, aunque paradójicamente su estructura no sea la de un Noir. Tal es el caso de La Reina de los Hielos en Maclovio Herrera, que es un homenaje satírico al fenómeno del Noir escandinavo del que he sido un apasionado lector. En ese relato imagino que una hipotética Camilla Lackberg recorre las calles de Ciudad Juárez con un reportero local de pasquín policiaco. Siempre me ha llamado la atención que una de las regiones con menor tasa criminal del mundo, sea una de las mayores productoras de novela negra. En un pequeño municipio como Rosarito, Baja California, matan más gente en un año que en los cinco países escandinavos juntos.

Claro, no siempre las calles que pateo son las inspiradoras de mis relatos. Algunas veces he escrito sobre entornos que hasta ahora no he visitado. Uno de mis sueños postergados es visitar los Balcanes, pero antes de que mis mochileros pasos me lleven a Belgrado y a Zagreb, mis párrafos prófugos ya se fueron de paseo a la Serbia criminal, en donde inventé a Predrag Jerkovic, un aficionado radical del Estrella Roja cuya máxima emoción en la vida es repartir puñetazos a los hinchas de equipos rivales hasta que alguien pone un AK-47 en su mano y de ser un borracho de estadio se transforma en verdugo de un comando paramilitar. En mi novelita balcánica, llamada simplemente Predrag, la historia real de un escuadrón de exterminio llamado Tigres de Arkan inspiró la creación de un personaje ficticio cuya carrera criminal narro a la par de hechos históricos de la guerra yugoslava.

¿Hay algún objeto o suceso que dispare las ideas? Podría hablar de inspiraciones recurrentes, destellos de infiernos individuales que emergen como aletas en la altamar de la vida cotidiana. Una mirada, un sonido o un olor pueden anunciar la presencia de un mundo paralelo que preferirías no conocer. Hay quienes como Chandler, Camilla Lackberg o P.D. James han compartido decálogos de escritura. Acaso desde mi humilde trinchera me sea dado improvisar una hipotética galería de la negra inspiración, un catálogo de situaciones e ideas sembradoras de semillas que en una duermevela cualquiera pueden hacer germinar algún mórbido fruto Noir.

  1. La omnipresencia de la muerte. La muerte siempre ha estado ahí, blanca, en la silla, con su rostro. La puedes ubicar en la primera página de El luto humano de Pepe Revueltas o en el más alegre y ñoño de tus días y la única certidumbre es que la parca estará ahí, caminando a tu lado muy cerquita, siempre a punto de tocarte el hombro. En mi caso, la omnipresencia de la muerte como única compañera es el disparador no solamente de las historias negras, sino de cualquier forma de creación literaria.
  2. El permanente enfrentamiento entre dos verdades. El crimen de alto impacto o el crimen político suelen transformarse en una serpiente bicéfala que arroja una parca verdad oficial estructurada en lenguaje leguleyo y una verdad callejera que a menudo bifurca en infinitas leyendas. Cuando el periodismo topa con la pared de un expediente cerrado, entonces brota la negra fábula como única ruta de escape.
  3. La intuición de infiernos individuales a través de las miradas. Dedica un par de segundos a leer la mirada de un extraño en un lugar público. Demasiados ojos son ventanas donde asoman avernos interiores. Los seres en apariencia más ordinarios e insulsos ocultan espeluznantes historias. A veces me basta la expresión de un rostro en la fila de un supermercado para dimensionar el horror en estado puro.
  4. El fluir de ríos subterráneos. El crimen siempre está ahí, a la vuelta de la esquina. Algunas veces se manifiesta con desparpajo, pero lo común es que fluya como un río subterráneo, un abismal hoyo negro yaciente bajo una delgadísima capa de hielo siempre a punto de romperse. Muchas veces en tu vida has pasado afuera de una casa de seguridad donde un secuestrado aguarda la mutilación o la muerte o te cruzas en la calle con el hombre que será ejecutado esta noche o acaso con su ejecutor.
  5. La eternidad del altar sacrificial. Aún en la época más maquinal y utilitaria donde todo parece supeditado a los designios del mercado y la tecnología, pervive un primitivo y oscuro impulso ceremonial. Sergio González Rodríguez dimensionó como nadie el sentido ritual de no pocos crímenes. El segar una vida no es solamente un acto con fines prácticos, sino un ritual de sacrificio, un símbolo, una liturgia de sangre. No basta con eliminar; cada crimen es en sí mismo una liturgia. Nada errado andaba De Quincey: el asesinato es una de las bellas artes.
  6. El criminal que vive en nosotros. No existe vacuna o conjuro que nos inmunice contra nuestros demonios interiores. Ante determinada alineación de quiebres, derrumbes y circunstancias tú mismo puedas ser el abominable criminal a quien tanto temes. Hay miles de potenciales monstruos que no tuvieron un escenario propicio para brotar. Otros se quedaron en el daño que pudieron causar con una navaja porque nadie puso en sus manos un AK-47. En cualquier caso esas bestias yacen en todas partes. Tú o yo podemos perfectamente ser una de ellas.
  7. La pérfida y caprichosa aleatoriedad. Demasiados crímenes se han consumado por casualidades fatales, por estar, como tantísimas veces ocurre, en el lugar y momento equivocado. La aleatoriedad se viste a menudo con su traje de infierno. Dos minutos de más o de menos en tu ruta habitual, un pequeño olvido que te hace regresar a casa y retrasarte, tomar una calle por error, confundir una dirección, perder un avión, consumar una acción absurda. Como en la película Corre Lola, Corre, el día a día está atiborrado de casualidades y muchas de ellas tuercen o deciden el destino de una vida. Esos caprichos suelen inspirarme a pintar de negro.
  8. La tiranía de un destino hostil. Aunque a la hora de las creencias me declaro partidario de la aleatoriedad pura, confieso que a veces cuesta horrores no creer en el destino, en una irrenunciable fatalidad de tragedia griega marcando cada uno de nuestros pasos. La escena más simple, tierna e inocente de nuestra vida adquiere una tonalidad macabra cuando sobre ella se posa la sombra del infortunio. Hagas lo que hagas no podrás escapar a tu destino. Como en las escenas de Danzas de la Muerte popularizadas en el Medioevo tardío, la sombra fatal te acompaña cuando das rienda suelta al hedonismo. Esa fatalidad también me inspira.
  9. La omnipresencia de los fantasmas. En una ciudad como la mía, donde el crimen ha sembrado de anécdotas cada punto de la cartografía urbana, todos los días cruzas el puente peatonal del que hace un año colgaba un hombre o giras en la esquina donde hace poco ejecutaron a alguien e identificas en el pavimento la tonalidad de los manchones de sangre. Nuestras calles son museos del horror pobladas por fantasmas, surcadas por ríos de aguas negras donde flotan cadáveres, periféricos baldíos donde se pudren osamentas. Alguna vez dormiste en la habitación de hotel de un suicida y posaste tus suelas sobre una fosa clandestina. Los fantasmas están en todas partes y a veces les da por hablarte al oído.
  10. El abismal vacío del hoyo negro. En la mente humana, como en el Universo, hay agujeros negros cuya existencia es inexplicable y cuya profundidad no alcanzamos a dimensionar. Aunque un psiquiatra pueda decir lo contrario, la mente no obedece a designios de ciencia exacta y a veces atraviesa una suerte Triángulo de las Bermudas en donde naufraga y se pierde para siempre. Me seduce la idea del quiebre repentino, del apagón inesperado, del desdoblar sin advertencia de nuestros demonios; tan tercos y omnipresentes, tan fieles compañeros.